Cuento los asientos del vagón. Uno, dos, tres, cuatro… Hay demasiados.
Cuando estoy nerviosa, cuento cosas. Esta noche cuento también las luces.
Voy de Madrid a Granada. Estudio cocina y mañana voy a ver a mi madre.
Mi maleta está arriba, en un estante sobre mi asiento. Es vieja y marrón. Tiene una cinta amarilla en el asa. Cerca de la cerradura hay una marca redonda.
La cinta es importante. Muchas maletas son marrones. Pocas llevan un pequeño sol en el asa.
Más allá hay otra maleta marrón, también vieja.
—¿Quieres una galleta?
La mujer de enfrente abre una bolsa.
—Soy Carmen. Las galletas no son buenas, pero hay muchas.
Cojo una.
—Gracias. Soy Inés.
La galleta está buenísima.
—Has dicho una mentira —comento.
—Una pequeña. Así quedan más para mí.
A nuestro lado, un chico golpea sus rodillas con los dedos.
Tac, tac, tac.
Tiene el pelo oscuro y una sonrisa rápida.
—Soy Leo. ¿Molesto?
—Todavía no —dice Carmen—. Después de medianoche, cobro por escuchar.
Leo deja las manos quietas. Tres segundos después, empieza otra vez.
Un hombre con uniforme entra en el vagón.
—Buenas noches. Los billetes, por favor.
Busco el mío en el bolsillo del abrigo. No está.
Busco en el bolso. Tampoco.
—¿Dónde está? —digo.
—En tu mano —responde Leo.
Miro mi mano. Tiene razón.
—Es un lugar muy seguro —dice el hombre.
Su nombre, Rafael, aparece en una pequeña tarjeta del uniforme.
Le doy el billete.
—¿Hasta Granada, Inés?
—Sí.
—Llegamos al amanecer. Puedes dormir un poco.
Dormir. Buena idea. Mi cabeza tiene otros planes.
Rafael comprueba el billete de Carmen y después el de Leo.
Mi teléfono se ilumina.
«¿Cómo ha ido el examen, hija? ¿Has guardado mi delantal?»
Miro el mensaje. Después miro la maleta.
Dentro está el delantal de mi madre. Lo he arreglado esta tarde. Ahora está limpio y bien doblado.
El examen es otra historia.
Guardo el teléfono sin responder.
—¿Problemas? —pregunta Carmen.
—Un mensaje.
—Ah. A veces ocupan más espacio que una maleta.
El tren sigue entre campos oscuros. En la ventana veo mi cara cansada.
Entonces aparece una pasajera con una bolsa enorme.
—Perdón. Mi asiento está ahí. No puedo pasar.
Todos nos levantamos. Leo mueve su mochila. Yo recojo mi abrigo. Carmen baja una maleta marrón y la pone bajo su asiento.
—Aquí está bien —dice.
Rafael ayuda a la pasajera a guardar la bolsa arriba.
Durante un momento solo veo brazos, abrigos y una bufanda roja.
Después volvemos a nuestros asientos.
Carmen pone su abrigo sobre las piernas. Leo empieza otro ritmo.
Miro el teléfono otra vez. El mensaje sigue allí.
Voy a sacar mi cuaderno de cocina. Puedo estudiar un poco. Los huevos no hacen preguntas difíciles.
Me levanto y levanto la mano hacia mi maleta.
Toco el metal frío del estante.
Nada más.
Miro arriba. El espacio sobre mi asiento está vacío.
Uno, dos, tres. Cuento las bolsas.
—¿Dónde está? —pregunto en voz baja.
Más allá sigue la otra maleta marrón. No tiene cinta amarilla.
Busco en el suelo. Miro junto a mis zapatos.
Entonces veo algo en el abrigo de Carmen.
Es un trocito de cinta amarilla, cerca de un botón.
Dejo de contar.
Mi maleta no está. Pero Carmen tiene una cinta amarilla en el abrigo.