Miro el abrigo de Carmen. Su mano sigue sobre la maleta.
Rafael se sienta al otro lado del pasillo.
—No vamos a abrir nada —dice—. Cada persona tiene sus cosas.
Carmen asiente, pero no aparta la mano.
—Inés, ¿cómo es tu maleta? —pregunta Rafael.
—Marrón. Vieja. Con una cinta amarilla.
—Las maletas pueden parecerse. ¿Tiene algo más?
Cierro los ojos un momento. Veo mi maleta sobre mi cama.
—Tiene una marca redonda, cerca de la cerradura.
Dibujo un círculo pequeño en el aire.
—¿Y la cinta? —pregunta Rafael.
—Está en el asa. Pero ya se ha soltado una vez.
Miro el trocito amarillo que Carmen me ha devuelto.
—Mi madre dice que hago los nudos demasiado rápido.
—Esa cinta tiene mucha prisa —dice Leo—. Siempre quiere escapar.
Sonrío un poco. Solo un poco.
Busco en mi bolsillo y saco una llave pequeña.
—Tengo la llave. Pero no tengo la maleta.
—Guárdala bien —dice Rafael—. Primero vamos a buscar la marca.
Leo se levanta y señala la maleta del estante.
—¿Puedo mirar esa por fuera?
Rafael asiente. Leo la gira despacio, sin abrirla.
El tren se mueve. La maleta golpea el borde del estante.
—Es marrón y vieja —dice Leo—. Pero no veo ninguna marca redonda.
—La mía también es marrón y vieja —dice Carmen.
—Se parecen mucho —contesta él.
Carmen mira hacia la ventana. Fuera está todo oscuro.
—Una maleta buena dura muchos años.
Guardo la llave. Mis dedos están fríos.
Uno, dos, tres. Cuento los botones de mi chaqueta.
—Dentro está el delantal de mi madre —digo.
Nadie habla. Solo oigo el ruido del tren.
—Me lo ha dejado para las clases de cocina.
—¿Y tienes clase mañana? —pregunta Carmen.
Niego con la cabeza.
—He tenido un examen. Un examen práctico.
Ahora hablo más bajo.
—He suspendido.
Leo deja las manos quietas sobre las rodillas.
—Lo siento —dice.
—He quemado la comida. Y también una parte del delantal.
Miro mis dedos.
—Lo he arreglado esta semana. He trabajado despacio, con mucho cuidado.
—Entonces has aprendido algo —dice Carmen.
—Sí. Pero mi madre todavía no sabe nada del examen.
Carmen aparta un poco el abrigo.
—Equivocarse es fácil —dice—. Contarlo cuesta más.
Ya no parece enfadada.
—Yo también estoy aprendiendo.
Levanto la cabeza.
—¿Qué estás aprendiendo?
Carmen toca el cierre de su bolso.
—A leer.
Lo dice muy bajo. Después nos mira a los tres.
Nadie se ríe.
—Llevo un cuaderno de ejercicios en mi maleta —añade—. Es para empezar.
—Un cuaderno para aprender —dice Rafael—. Está bien.
—A mi edad parece raro.
—Yo he quemado una sopa en un examen —digo—. Tampoco parece normal.
Carmen sonríe.
—No quiero abrir la maleta delante de todos. No quiero risas.
—No tienes que abrir nada —digo—. Solo buscamos una marca.
Carmen respira despacio.
—Bueno. Vamos a mirar.
Quita el abrigo. Después tira del asa con las dos manos.
Leo la ayuda. Sacan la maleta de debajo del asiento.
Veo un hilo amarillo, muy corto, atado al asa.
Toco la llave dentro de mi bolsillo.
Me agacho.
Allí está el círculo, junto a la cerradura.
—La marca —digo.
Carmen se inclina. Acerca la cara a la maleta.
Por primera vez, la mira con atención.
Carmen mira la marca redonda.
—Entonces… ¿dónde está mi maleta?