Clara tiene veintiséis años y vive en Madrid. Trabaja en una oficina grande, en el centro de la ciudad. Todos los días hace lo mismo: se levanta a las siete, toma el metro, trabaja ocho horas y vuelve a casa muy cansada.
Un lunes por la mañana, su teléfono suena. Es un número que no conoce.
—¿Diga?
—Buenos días. ¿Es usted Clara Fernández?
—Sí, soy yo.
—Me llamo Luis Ortega. Soy el notario de su abuela, Rosa.
Clara se sienta. Su abuela Rosa murió hace tres meses. Clara la quería mucho, pero hace años que no va a su pueblo.
—Su abuela le deja su casa en Villamar —dice el notario—. Es para usted.
—¿Para mí? ¿La casa entera?
—Sí. Y también una pequeña caja. La caja está en la casa. Su abuela dice que es muy importante.
El viernes por la tarde, Clara toma un autobús a Asturias. El viaje es largo, casi seis horas. Por la ventana ve campos verdes, montañas y, al final, el mar.
Villamar es un pueblo pequeño de pescadores. Las casas son blancas y azules, y están en una colina, muy cerca del mar. En el puerto hay barcos de muchos colores.
Cuando Clara baja del autobús, empieza a llover.
—¡Qué mala suerte! —dice en voz baja.
Un chico joven se acerca con un paraguas grande. Tiene el pelo negro, los ojos oscuros y una sonrisa simpática.
—Hola. ¿Eres Clara, la nieta de Rosa?
—Sí. ¿Cómo lo sabes?
—Este pueblo es muy pequeño —responde él, y se ríe—. Aquí todo el mundo sabe todo. Me llamo Mateo. Tengo la panadería de la plaza. Tu abuela compraba pan en mi tienda todos los días.
—Encantada, Mateo.
—¿Sabes dónde está la casa?
—No muy bien. La última vez que vine tenía doce años.
—Vamos, te acompaño.
Caminan juntos por calles estrechas. La lluvia cae sobre el paraguas. Al final de una calle muy empinada, Mateo para delante de una casa blanca con una puerta verde.
—Es aquí.
Clara abre la puerta con una llave vieja. Dentro, la casa huele a madera y a mar. Hay fotos en las paredes, libros por todas partes y un sillón rojo al lado de la ventana.
—Tu abuela leía en ese sillón todas las tardes —dice Mateo.
Clara toca el sillón. De repente, recuerda los veranos en esta casa: las galletas de su abuela, los paseos por la playa, las historias antes de dormir.
—Gracias por acompañarme, Mateo.
—De nada. Si necesitas algo, estoy en la panadería. Mañana hay pan de maíz. Es el favorito de tu abuela.
Mateo se va. Clara está sola. Busca la caja por toda la casa: en la cocina, en el salón, en el dormitorio. No la encuentra.
Al final, sube al desván. Es pequeño y oscuro. Hay muebles viejos, maletas y mucho polvo. En una esquina, debajo de una manta, hay una caja de madera.
Clara abre la caja con cuidado. Dentro hay un papel viejo, doblado varias veces. Es un mapa dibujado a mano. Clara reconoce el pueblo: el puerto, la plaza, la iglesia, el faro.
En el centro del mapa hay una cruz roja. Y debajo, con la letra de su abuela, hay una frase:
«Para mi querida Clara. El tesoro está donde el mar canta.»
Clara mira el mapa durante mucho tiempo. Fuera, la lluvia sigue cayendo.
—¿Un tesoro? —piensa—. ¿Qué tesoro?