A la mañana siguiente, el sol brilla sobre Villamar. Clara se levanta temprano, se ducha y se viste. Luego guarda el mapa en su mochila y sale de casa.
Primero va a la panadería de la plaza. La tienda es pequeña y huele muy bien. Mateo está detrás del mostrador.
—¡Buenos días, Clara! ¿Has dormido bien?
—Más o menos. Escucha, Mateo, tengo que enseñarte algo.
Clara saca el mapa y lo pone sobre el mostrador. Mateo lo mira con atención.
—Es la letra de tu abuela —dice—. ¿Dónde lo has encontrado?
—En el desván, dentro de una caja de madera. Mira la frase: «El tesoro está donde el mar canta». ¿Tú sabes qué significa?
Mateo piensa durante unos segundos.
—No lo sé. Pero hay una persona que conoce este pueblo mejor que nadie: don Ramón. Era el mejor amigo de tu abuela.
—¿Dónde vive?
—En una casa al lado del puerto. Todas las mañanas está en el banco del muelle, mirando los barcos. Si quieres, voy contigo. A las diez cierro la panadería una hora.
—¡Perfecto!
Mientras espera, Clara desayuna un café con leche y un trozo de pan de maíz. Está delicioso. Ahora entiende por qué era el favorito de su abuela.
A las diez, Clara y Mateo bajan al puerto. Hace viento y las gaviotas gritan sobre el agua. En un banco, al final del muelle, hay un hombre mayor con una gorra azul. Tiene la cara morena y muchas arrugas.
—Buenos días, don Ramón —dice Mateo.
—Buenos días, chico. ¿Y quién es esta señorita?
—Me llamo Clara. Soy la nieta de Rosa.
El hombre se levanta despacio y la mira a los ojos.
—Clara… Tu abuela hablaba de ti todo el tiempo. Estaba muy orgullosa de ti. Lo siento mucho, hija.
—Gracias, don Ramón.
Clara le enseña el mapa. Don Ramón se pone unas gafas viejas y lo estudia en silencio. Cuando lee la frase, sus manos tiemblan un poco.
—Donde el mar canta… —repite en voz baja.
—¿Sabe usted qué significa? —pregunta Clara.
Don Ramón no responde enseguida. Mira el mar durante un momento largo.
—Tu abuela y yo éramos amigos desde niños —dice por fin—. Cuando teníamos tu edad, hablábamos mucho de un lugar secreto. Pero eso fue hace muchos años.
—¿Qué lugar? —pregunta Mateo.
—No puedo decíroslo. Es una promesa. Rosa quería que Clara lo encontrara sola.
Clara está un poco decepcionada.
—Entonces, ¿no puede ayudarme?
Don Ramón sonríe por primera vez.
—Puedo darte una pista. Mira bien el mapa. Hay tres dibujos pequeños: la iglesia, el faro y la playa. Tienes que visitarlos en ese orden. Tu abuela siempre hacía las cosas en orden.
Clara mira el mapa otra vez. Es verdad. Al lado de la iglesia hay un número uno. Al lado del faro, un dos. Y al lado de la playa, un tres.
—¡Muchas gracias, don Ramón!
—Ten cuidado, hija. Y otra cosa…
—¿Sí?
—No eres la única persona que busca ese lugar.
Clara y Mateo se miran, sorprendidos.
—¿Qué quiere decir? —pregunta Clara.
Pero don Ramón ya camina hacia su casa, despacio, con las manos en los bolsillos.
En ese momento, Clara ve a un hombre al otro lado del puerto. Lleva un abrigo negro y gafas de sol. Está mirando a Clara. Cuando ella lo mira, el hombre se da la vuelta y desaparece entre los barcos.