—¿Has visto a ese hombre? —pregunta Clara.
—Sí —responde Mateo—. No es de aquí. Lleva tres días en el pueblo. Duerme en el hostal de la plaza y hace muchas preguntas.
—¿Qué tipo de preguntas?
—Preguntas sobre tu abuela. Sobre su casa.
Clara siente un poco de miedo, pero también mucha curiosidad.
—Vamos a la iglesia. Ahora mismo.
La iglesia de Villamar es antigua y pequeña. Está en lo alto del pueblo, y desde allí se ve todo el puerto. Dentro hace frío y hay mucho silencio. Huele a velas.
Clara y Mateo buscan por todas partes: detrás del altar, debajo de los bancos, al lado de las ventanas. No encuentran nada.
—Quizás la pista no está dentro —dice Mateo.
Salen por una puerta lateral. Detrás de la iglesia hay un pequeño jardín con flores y un banco de piedra. En el respaldo del banco hay algo escrito. Las letras son pequeñas y están medio borradas.
Clara se acerca y lee en voz alta:
—«R y A. Verano de 1962.»
—R de Rosa —dice Clara—. Pero ¿quién es A?
—No tengo ni idea —responde Mateo.
Debajo de las letras hay una flecha. La flecha señala hacia el mar, hacia el faro.
—¡El número dos! —dice Clara—. ¡Vamos!
El faro está fuera del pueblo, al final de un camino de tierra. Caminan durante media hora. El viento es cada vez más fuerte. A la derecha del camino, las olas golpean las rocas con fuerza.
El faro es alto y blanco, con una puerta roja. Ya no funciona. La puerta está cerrada con un candado viejo.
—¿Y ahora qué? —pregunta Mateo.
Clara mira el mapa otra vez. Al lado del faro, su abuela dibujó una pequeña piedra con una estrella.
Clara camina alrededor del faro. Detrás, en el suelo, hay muchas piedras grises. Pero una es diferente: es blanca y tiene una estrella pintada.
Clara levanta la piedra. Debajo hay una lata vieja. Dentro de la lata hay una llave pequeña y una nota:
«La marea baja a las seis. No llegues tarde.»
—¿La marea? —pregunta Clara—. ¿Qué tiene que ver la marea?
—En la playa de Villamar hay una cueva —explica Mateo—. Cuando la marea está alta, el agua cubre la entrada. Solo se puede entrar cuando la marea está baja.
—¿Y qué hora es ahora?
Mateo mira su reloj.
—Las cinco y cuarto.
—¡Tenemos que irnos ya!
Corren por el camino de vuelta. Cuando llegan a la playa, son las seis menos cinco. El mar está lejos, y en las rocas del fondo se ve la entrada de una cueva.
De repente, Clara oye un ruido extraño. Viene de la cueva. Es un sonido largo y suave, casi como una canción.
—¿Lo oyes? —pregunta Clara.
—Sí —responde Mateo—. Es el viento que entra en la cueva. Los pescadores la llaman «la cueva que canta».
Clara sonríe.
—Donde el mar canta…
Caminan hacia la cueva. Pero cuando llegan a la entrada, Clara se para de golpe.
En la arena hay huellas de zapatos. Huellas grandes y recientes.
Alguien ha entrado en la cueva antes que ellos.