Dentro de la cueva hay poca luz. Clara enciende la linterna de su teléfono. Las paredes están mojadas y el suelo tiene piedras y arena. El canto del viento es ahora más fuerte.
—¿Hola? —dice Clara—. ¿Hay alguien?
Nadie responde. Solo se oye el agua y el viento.
Caminan despacio. Al fondo de la cueva, la luz del teléfono ilumina a un hombre. Es el hombre del abrigo negro. Está de rodillas, delante de una pared de piedra, y tiene una pequeña linterna en la mano.
El hombre se levanta. Ya no lleva las gafas de sol. Es mayor, tiene unos sesenta años, el pelo gris y los ojos muy tristes.
—Por favor, no tengáis miedo —dice—. No soy un ladrón.
—Entonces, ¿quién es usted? —pregunta Clara—. ¿Por qué me sigue?
—Me llamo Antonio. Vivo en Argentina, en Buenos Aires. Hace un mes, encontré unas cartas entre las cosas de mi padre. Mi padre se llamaba Andrés. Nació aquí, en Villamar.
Clara piensa en el banco de la iglesia.
—«R y A» —dice en voz baja—. Rosa y Andrés.
Antonio asiente.
—Mi padre y tu abuela estaban enamorados. Pero en 1963 mi padre tuvo que irse a Argentina a trabajar. Prometió volver. Nunca volvió. En sus cartas habla de una caja que escondieron juntos en esta cueva. Yo solo quería verla. Quería entender la historia de mi padre.
Clara mira a Mateo. Mateo se encoge de hombros.
—Yo tengo una llave —dice Clara.
En la pared, detrás de unas piedras, hay un pequeño hueco. Dentro del hueco hay una caja de metal. Tiene un candado oxidado.
Clara mete la llave del faro en el candado. Las manos le tiemblan. La llave gira con dificultad y, por fin, la caja se abre.
Dentro no hay oro ni joyas. Hay un montón de cartas atadas con una cinta roja, una foto en blanco y negro y un sobre nuevo, con el nombre de Clara.
En la foto, dos jóvenes sonríen delante del faro. La chica tiene los ojos de Clara.
—Es mi abuela —dice Clara, emocionada.
—Y ese es mi padre —dice Antonio.
Clara abre el sobre. Es una carta de su abuela, escrita pocos meses antes de morir.
«Querida Clara: Si lees esta carta, has seguido el mapa hasta el final. Estoy muy orgullosa de ti. Estas cartas son la historia de mi primer amor. Andrés se fue y yo me quedé, y después conocí a tu abuelo y fui muy feliz. Pero nunca olvidé este lugar. El verdadero tesoro no está en esta caja. El verdadero tesoro es tener el valor de vivir la vida que quieres. Tú no eres feliz en esa oficina, cariño. Lo sé. Esta casa es tuya. Este pueblo también. Con todo mi amor, tu abuela Rosa.»
Clara llora en silencio. Mateo pone una mano en su hombro.
Antonio mira las cartas sin tocarlas.
—Son de los dos —dice Clara, y le da la mitad de las cartas—. Las de su padre son para usted.
—Gracias —responde Antonio con la voz rota—. Gracias de verdad.
De repente, Mateo mira hacia la entrada.
—¡La marea! ¡El agua está subiendo!
Salen de la cueva corriendo, con el agua por los tobillos. Cuando llegan a la playa, el sol se está poniendo detrás del faro. El cielo está naranja y rosa.
Dos meses después, Clara ya no vive en Madrid. Ha dejado su trabajo en la oficina. En la planta baja de la casa de su abuela, ahora hay una pequeña librería con una puerta verde. Se llama «Donde el mar canta».
Todas las mañanas, Mateo le trae pan de maíz recién hecho. Don Ramón viene a leer el periódico en el sillón rojo. Y cada mes llega una carta de Buenos Aires, de un nuevo amigo llamado Antonio.
Clara por fin es feliz.