Mi tía Rosa limpia una mesa cuando entro en su café. Huele a café y a comida caliente. Fuera, Getsemaní prepara las fiestas de la independencia. Es noviembre. Dentro, un hombre mira una pared vacía.
—Inés, este es Mateo —dice Rosa—. Viene de Bogotá. Necesita una guía.
—Y una foto —añade él.
Lleva una cámara grande. Tiene una sonrisa tranquila, pero mira mucho su reloj.
—Una sola —explica Rosa—. Le he pedido una foto para nuestra exposición. Es mañana por la tarde, aquí, antes de la música.
—¿Qué quieres fotografiar? —pregunto.
Mateo habla despacio.
—Una calle con colores. Una luz bonita. Y… sin gente.
Me río. Rosa también, pero sigue limpiando.
—Esto es Cartagena —le digo—. No es una habitación vacía.
—Ya lo sé. Voy a buscar un lugar tranquilo.
—Buena suerte —dice mi tía—. Inés conoce todo el barrio.
Salimos. En la calle, el sol calienta las paredes amarillas. Una puerta azul está abierta. Dentro, alguien canta mientras cocina. Huele a pescado.
Camino entre dos bicicletas y saludo a una vecina. Llevo grupos por estas calles cada día. Conozco las historias y también los mejores sitios para descansar.
—Aquí —dice Mateo—. La luz es perfecta.
Levanta la cámara. Un señor sale por la puerta azul con cuatro sillas.
—Buenas tardes, Inés. ¿Más turistas?
—Solo uno. Pero busca una ciudad sin gente.
El señor mira a Mateo.
—Entonces he salido en un mal momento.
Mateo baja la cámara y sonríe.
—Todavía no he tomado la foto.
Seguimos hasta una esquina. Hay una pared rosa y flores sobre una ventana.
—Ahora sí —dice.
Una mujer llega con una cesta de mangos.
—¡Fruta dulce!
—La calle no está vacía ni un segundo —comenta Mateo.
—La gente del barrio tiene muy mal horario.
Él me mira. Después se ríe.
En la Plaza de la Trinidad, unas vecinas preparan mesas. Otras ponen cintas de colores entre las casas. Mañana celebramos la independencia, y nadie tiene tiempo para estar quieto.
Mateo encuentra otra pared.
—Voy a tomar una foto aquí.
Esta vez pasa Darío con su tambor.
—¡Inés! ¿Has comido? Yo todavía no. Es una situación terrible.
—Son las cuatro, Darío.
—Mi estómago no sabe leer el reloj.
Ve la cámara y se queda muy derecho.
—¿Voy a salir en una foto?
—Buscamos una calle sin gente —explico.
Darío mira alrededor.
—Aquí hay muchas calles. Sin gente, ninguna.
Mateo ya se ríe antes de bajar la cámara.
Volvemos al café. Rosa nos sirve arepas de huevo calientes. La primera me quema los dedos. La segunda también. Aprendo poco cuando tengo hambre.
—¿Has encontrado tu foto? —pregunta ella.
—Todavía no —responde Mateo—. He tomado muchas fotos hoy. No me gusta ninguna.
—¿Ninguna? —pregunto.
Dice que no con la cabeza.
—Ayer llegué con muchas ideas. Ahora… no sé.
Su voz suena cansada. Dejo mi arepa en el plato.
—Podemos ir a las murallas, junto al mar. Cuando baja el sol, la luz es preciosa.
—Me gusta la idea.
Me mira unos segundos. Luego mira la cámara.
Yo conozco esa mirada. Prefiero enseñar la ciudad. No me gusta tener todos los ojos encima. Salir en una foto me gusta casi tan poco como bailar. Y bailar no me gusta nada.
Mateo levanta la cámara.
—¿Y tú? ¿Vas a salir en la foto?