—No, gracias. No quiero salir en la foto.
Mateo baja la cámara enseguida.
—Está bien. Vamos a las murallas.
Lo miro. Espero otra pregunta. No llega.
—¿Así de fácil? —pregunto.
—Claro. Hay que pedir permiso.
Salimos juntos del café. Yo llevo agua. Él lleva su cámara.
En las murallas, el aire huele a mar. Abajo pasan carros. Arriba, una niña corre detrás de su sombrero.
—Aquí también hay gente —le digo.
—Ya veo.
Nos sentamos a esperar. El sol todavía está alto.
—La luz va a cambiar pronto —explico.
Mateo deja la cámara entre nosotros.
—Podemos esperar. No tengo prisa.
La brisa me mueve el pelo. Cierro los ojos un momento.
—Esto me encanta. El aire del mar.
—En Bogotá, por la mañana, el aire es frío.
—Aquí abrimos la ventana y entra calor. A veces, un mosquito.
Mateo sonríe.
—Allá tomo café para entrar en calor.
—Aquí también tomamos café. Pero seguimos con calor.
Se ríe. Me gusta su risa tranquila.
—¿Has visitado Bogotá? —pregunta.
—Sí. Fui una vez, hace dos años. Llevé una chaqueta muy fina.
—¿Pasaste frío?
—Mucho. Compré otra el primer día.
—Yo traje dos chaquetas a Cartagena.
—Puedes venderlas. Como recuerdo de una ciudad fría.
Ahora nos reímos juntos. Ya no miro su cámara.
Sobre el mar aparecen unas nubes oscuras. El viento cambia.
—Tengo ganas de ver esa luz —dice Mateo.
—Yo tengo ganas de llegar seca al café.
Una gota cae sobre mi brazo. Después, otra.
Nos levantamos. Caminamos rápido por las calles. Las banderas de las fiestas de noviembre vuelan sobre nuestras cabezas.
Llegamos justo cuando empieza a llover fuerte.
Abro la puerta del café. Mateo entra y protege la cámara.
—¡Justo a tiempo! —dice Rosa.
Darío está junto a una mesa, con el tambor entre los pies.
—He esperado diez minutos por una arepa. Diez minutos muy difíciles.
Rosa lleva un plato hacia él. Yo sujeto la puerta contra el viento.
Mateo se queda junto a la entrada. Levanta un poco la cámara.
—¿Puedo tomar una foto de ustedes?
—Por mí, sí —dice Rosa.
—Sí, pero rápido —responde Darío—. Voy a comer.
—¿Inés? —pregunta Mateo.
—Así está bien. Estoy ocupada con la puerta.
Me gusta que pregunta otra vez.
Rosa le acerca la arepa a Darío. Él la agarra y le da un mordisco enorme. La cámara hace clic.
Después miramos la imagen juntos.
Está un poco borrosa. La mano de Rosa casi no se ve.
—Mi boca está perfecta —dice Darío.
Todos nos reímos.
La lluvia golpea la calle. Cerramos la puerta y buscamos sillas.
Darío habla de la música de mañana.
—Voy a tocar en la plaza. ¿Vienes, Inés?
—A bailar, no.
Mateo me mira, pero no parece sorprendido.
—Para mí, bailar es trabajar —explico—. Demasiado ruido. Demasiados ojos. No lo disfruto.
—No tienes que bailar —dice él.
Nada más. No ofrece enseñarme. No promete cambiar mi opinión.
Me siento más cómoda a su lado.
—¿Tienes ganas de otro café? —me pregunta.
—Sí. Podemos esperar aquí.
Quiero esperar mucho.
Rosa recoge los platos.
—¿Y tu viaje, Mateo? ¿Cuándo tienes que irte?
Él baja la taza.
—Mi bus sale la mañana después de la fiesta. Tengo trabajo en Bogotá.
Mañana es la exposición. Cuento los días despacio.
—¿Pasado mañana? —pregunta Rosa.
La noticia me sorprende. Es muy pronto.
Mateo me mira.
—Sí. Me voy pasado mañana.