A las nueve, Mateo me espera frente al café. Lleva la cámara y dos botellas de agua.
—Buenos días, Inés. ¿Cómo estás?
—Bien. Vamos a empezar aquí.
Mi voz parece la de una guía con veinte turistas. Hoy solo tengo uno. Mañana se va. No quiero pensar en eso. Hoy solo voy a ser su guía.
—¿Vamos a la plaza? —pregunta.
—Sí. Por aquí.
Mira mi cara. Después abre una botella y me la ofrece. No pregunta nada más.
En Getsemaní, la mañana huele a pan y a calle mojada. Dos vecinos llevan una mesa hacia la Plaza de la Trinidad. Una señora cuelga papeles de colores entre dos ventanas.
—Son para la fiesta de esta noche —explico.
—Sí. Qué bonitos.
Levanta la cámara, pero primero habla con la señora.
—Buenos días. ¿Puedo tomarle una foto con los papeles?
—Claro. Pero espera. Este rojo está al revés.
Mateo espera. Yo también. La señora cambia el papel tres veces.
—La belleza necesita tiempo —dice ella.
Mateo sonríe y toma la foto.
—Hoy hay mucha gente —comento.
—Sí. Y ahora quiero fotos con gente.
Lo miro. Ayer quería una ciudad vacía.
—¿De verdad?
—De verdad. He esperado demasiado tiempo para tomar fotos sin gente. Pero la gente también es parte de la ciudad.
Seguimos caminando. Mis respuestas ya no son tan cortas.
De vuelta en el café, Rosa intenta levantar una cesta de flores.
—Inés, ven. Necesito llevar esto afuera.
La cesta es grande. Las flores me tapan media cara.
—Tía, has comprado un jardín.
—No. El jardín era más caro.
Nos reímos. Agarro un lado y Rosa lleva el otro. Caminamos despacio hasta una mesa junto a la puerta.
—¿Puedo tomar una foto? —pregunta Mateo.
Mi sonrisa desaparece un momento.
Él no levanta la cámara.
—No hace falta —añade—. Podemos seguir.
Miro las flores y luego a Rosa.
—Mientras trabajamos, sí. Pero no voy a posar.
—Perfecto.
Rosa busca sitio para la cesta. Una flor se me queda en el pelo.
—Ahora no necesitas sombrero —dice.
Me río y casi suelto la cesta.
La cámara suena.
Detrás tenemos las casas amarillas, una puerta azul y los vecinos. Un hombre lleva sillas. Los papeles de colores se mueven sobre la calle.
Mateo mira la pantalla. Esta vez no busca otra calle ni otra luz.
—Esta sí —dice bajito.
Dejamos la cesta y nos acercamos.
En la imagen, Rosa me mira con una sonrisa enorme. Yo tengo los ojos medio cerrados de tanto reír.
—Mi cara no parece muy seria —digo.
—Tu cara parece tuya —responde Rosa.
Mateo me enseña la foto otra vez.
—¿Puedo elegir esta para la exposición?
La miro despacio. Me gustan las flores, los colores y nuestras manos en la cesta.
—Sí. Me gusta de verdad.
Rosa entra para preparar todo para imprimir la foto.
Darío aparece con su tambor.
—¡Esta noche, todos a la música! ¡Hay sitio para todos!
—Yo no voy a bailar —respondo.
—Ya lo sé. También hay sillas, mujer.
Entra detrás de Rosa. Mateo se queda conmigo junto a las flores.
—Puedes quedarte un rato esta noche —dice—. Podemos hacernos compañía.
—¿Sin bailar?
—Claro.
Lo miro. A lo mejor no he entendido nada. A lo mejor no busca una pareja de baile. A lo mejor quiere estar conmigo.
La idea me devuelve la sonrisa.
—No tienes que bailar —dice Mateo—. Pero quiero estar contigo. ¿Tú quieres?