—Sí —respondo—. Quiero estar contigo.
Mateo sonríe. Yo también. Durante unos segundos, no hablamos. Es bastante fácil estar a gusto con él.
Rosa aparece con la foto.
—Muy bonito todo. Ahora necesito ayuda con las sillas.
El amor puede esperar. Las sillas de mi tía, no.
Antes de la música, Rosa coloca la foto en la ventana. Debajo pone un papel: «Getsemaní: nuestra casa y nuestra gente».
Me acerco para verla otra vez. Allí estamos, entre flores y paredes de colores. Rosa tiene una mano sobre la cesta. Yo me río.
—He salido muy bien —dice mi tía—. Eso es difícil.
—¿Por la luz? —pregunta Mateo.
—No. Mi sobrina me hace fotos y siempre salgo sin cabeza.
Señala mi teléfono y se ríe. Tiene razón. Siempre corto alguna cabeza en mis fotos.
Dos vecinas paran delante de la ventana.
—¡Rosa! ¡Es tu cesta!
—Y esas son mis flores —dice la otra.
Mateo escucha sus comentarios. Parece más contento con cada palabra.
—Ahora sí me gusta mi foto —me dice.
Darío llega con el tambor y mira la ventana.
—Flores en vez de mi cara. Una decisión muy triste.
—Las flores no piden comida —responde Rosa.
—Por eso están tan delgadas.
Mi tía le entrega una arepa. Él la recibe con las dos manos.
Poco después, la música llena la Plaza de la Trinidad. Hay luces, vestidos de colores y niños entre las mesas. Huele a comida caliente. La fiesta de noviembre ya está aquí.
Mateo y yo elegimos una mesa junto al café. Desde aquí vemos la plaza, pero podemos hablar. Él no me lleva hacia los que bailan. Ni siquiera lo intenta.
—¿Estás a gusto? —pregunta.
—Mucho. Tengo silla, agua y buena compañía.
—Yo también.
Mira mi mano sobre la mesa. Pone la suya cerca. Yo le tomo la mano.
—Me gustas —le digo—. Por eso no me gustó la noticia del bus.
—Tú también me gustas, Inés.
Lo dice despacio, pero sin dudas.
—Mañana voy a volver a Bogotá —añade—. Tengo trabajo el lunes.
—Lo sé.
Durante un momento, escuchamos el tambor de Darío.
—Pero quiero volver aquí el próximo mes —dice Mateo—. Tengo un fin de semana libre.
—¿De verdad?
—Sí. Podemos hacer planes.
Saco mi teléfono. Hacer planes me gusta más que contar días.
—Primero, vamos a hablar el domingo —propongo—. ¿A las siete de la tarde?
—Perfecto. Te voy a llamar yo.
—Y el próximo mes vamos a caminar por las murallas.
—Contigo, sí. Con gente alrededor también.
Me río y me acerco. Le doy un beso breve. Cuando me aparto, todavía sonríe.
—Eso no estaba en nuestros planes —dice.
—Soy guía. A veces cambio el camino.
El beso me deja las orejas calientes. Por suerte, ya es de noche.
Más tarde, volvemos al café. Antes de salir, Mateo busca su cámara.
—Rosa, ¿puedes hacernos una foto?
—Sí —respondo antes que ella.
Nos ponemos junto a la ventana. Detrás pasan vecinos con sillas y un perro pequeño.
—Hay mucha gente —digo.
—Está bien así —responde él—. Quiero una foto contigo.
Rosa levanta la cámara.
Después nos enseña la imagen. Estamos juntos, con la ciudad alrededor. Me gusta verme allí.
En la plaza empieza otra canción. Mateo me ofrece la mano para salir juntos.
—No voy a bailar —le digo.
Mateo sonríe.
—¿Y otro beso?
Esta vez, no tengo que pensar.