Me llamo Daniel y tengo treinta años. Vivo en Madrid, pero mi familia vive en otro país. Hoy tengo un vuelo muy largo. Son las ocho de la mañana y estoy en el aeropuerto.
Tengo una maleta grande, una mochila y mi teléfono. También llevo mi pasaporte y mi tarjeta de embarque. Siempre reviso mis documentos dos o tres veces porque no quiero olvidar nada importante.
Hay mucha gente en el aeropuerto. Algunas personas están hablando con sus familias. Otras están tomando café o mirando sus teléfonos. Un niño está llorando cerca de mí porque no quiere subir al avión.
Primero voy al mostrador para dejar mi maleta.
La mujer del mostrador me pregunta:
—Buenos días. ¿Adónde viaja?
—Viajo a Karachi —respondo.
—¿Tiene equipaje para facturar?
—Sí, una maleta.
—Perfecto. ¿Puede ponerla aquí, por favor?
Pongo la maleta en la báscula.
—Son veintidós kilos. Está bien.
Después, la mujer me da mi tarjeta de embarque y me dice:
—Su puerta es la B24. El embarque empieza a las diez y cuarto.
—Muchas gracias.
—De nada. Buen viaje.
Todavía tengo casi dos horas, así que decido desayunar. Entro en una cafetería y miro el menú.
El camarero se acerca.
—Hola, buenos días. ¿Qué quiere tomar?
—Un café con leche, por favor.
—¿Algo para comer?
—Sí. Una tostada con tomate y aceite.
—¿Algo más?
—No, gracias. Eso es todo.
Mientras desayuno, miro por la ventana. Veo los aviones despegar y aterrizar.
Me gustan los aeropuertos porque hay personas de muchos países y cada persona tiene una historia diferente.
Pero no me gusta volar durante muchas horas. No puedo dormir bien en los aviones. Normalmente veo películas, escucho música, leo o intento aprender algo nuevo.
Hoy tengo una idea: voy a practicar español durante el vuelo.