La primera tarde, Tortuguero huele a lluvia y a mar. He llegado en barco desde otra comunidad. Aquí los canales son caminos entre los árboles.
Tengo veintidós años y soy de San José. Me llamo Clara. Soy nueva en el proyecto de tortugas.
En la entrada, un hombre carga una caja.
—Soy Tomás. Ayudo con los barcos. ¿Esto va dentro?
—Sí, gracias. Son materiales del proyecto.
Tomás mira mi cuaderno y sonríe.
—¡Qué cuaderno más grande! ¿Vas a escribir sobre todas las tortugas?
—Y sobre todos los barcos —respondo.
—Entonces necesitas otro.
Me río. Tomás parece muy amable.
Desde una cocina pequeña llega un olor delicioso: arroz y frijoles con leche de coco. Pero primero tenemos una reunión con Elena.
Ella coordina las patrullas y tiene formación para proteger a las tortugas. Conoce bien la playa.
—Esta noche vas conmigo —me explica—. Caminamos despacio. Usamos poca luz y apuntamos hacia la arena.
Levanta una linterna pequeña.
—No vamos a acercarnos a las tortugas sin necesidad. Ellas necesitan espacio. Nosotros también necesitamos volver a casa sin problemas.
Al anochecer, la sigo por la playa. Otros adultos del proyecto caminan cerca. El mar suena fuerte. Bajo los pies, la arena está húmeda.
De pronto, veo un agujero junto a unas marcas.
—Elena, mira. ¿Es un nido?
Ella se detiene. Yo también. Mantengo la linterna hacia abajo.
Elena mira la arena con cuidado, sin tocar nada.
—Sí. Es un nido. Y aquí faltan huevos.
Siento frío, aunque la noche es cálida.
—¿Ha venido una tortuga?
—Estas marcas no son de una tortuga. Alguien ha abierto el nido.
Pienso en el huevo blanco del dibujo del proyecto. Cada huevo puede ser una pequeña tortuga.
—¿Faltan todos?
—No lo sabemos todavía. Voy a avisar.
Elena comunica el lugar por radio. Habla del nido abierto y de un posible robo. Después avisa a las autoridades.
Yo veo algo más.
—¡Una huella! Aquí, junto al agujero.
La luz muestra una marca larga en la arena.
—Y hay otra huella. Podemos seguirlas.
—No, Clara. Muchas personas caminan por esta playa. Una huella no nos dice quién ha robado los huevos.
Cierro la boca. Ya tengo una historia completa en la cabeza.
—Primero observamos —añade Elena—. Después buscamos respuestas. Tu cuaderno puede esperar.
Por primera vez, no escribo nada.
A la mañana siguiente, la lluvia golpea el techo de metal. Cerca del edificio, un niño dibuja bajo un pequeño techo.
En su papel hay tres barcos.
—Hola. Soy Clara.
—Nico.
—Dibujas muy bien.
Él mira mi cuaderno.
—Es grande.
—Sí. Ya me lo han dicho.
Nico sonríe un poco. Luego deja el lápiz.
—¿Una persona puede tener problemas por salir de noche?
Me siento a cierta distancia.
—A veces. Depende.
Mira la lluvia.
—Anoche salí a buscar mi balón. Sin permiso.
Su pregunta ya no parece una pregunta cualquiera.
—Te escucho —digo.
Espero. Nico dibuja una línea junto a un barco.
—Anoche vi algo en la playa.
No abro el cuaderno.
—Vi un nido... —Nico deja de dibujar—. He visto a una persona sacar huevos.
Mi corazón late muy rápido, pero hablo despacio.
—Gracias por contármelo.
—No he visto su cara. Con tan poca luz, no he podido.
Nico aprieta el lápiz.
—Tengo miedo de tener problemas por salir —dice.
—Podemos hablar con Elena. Ella escucha con calma.
—Pero conozco los barcos —añade.
Espero otra vez.
—He visto al ladrón. Sé dónde está su barco —dice Nico en voz baja.