A la una de la madrugada, Buenos Aires todavía hace ruido. Un colectivo frena frente a la radio y un camión pasa con algo suelto que golpea contra el piso. En el estudio, Bruno le da un pequeño golpe a un parlante.
—Listo. Reparación profesional —dice.
Le paso el mate y abro el micrófono.
—Seguimos acá, en Barracas. Tenemos a Marta en línea. Nos pregunta qué puede hacer con su vecino, que canta todas las noches.
Bruno, detrás del vidrio, se tapa los oídos.
—Marta, podrías acompañarlo con una cacerola —digo—. Si no podés dormir, por lo menos tendrás una banda.
La oyente se ríe antes de cortar. Pongo una canción, cierro el micrófono y me saco los auriculares.
—Sos una mala influencia —dice Bruno al entrar.
—Y vos arreglás equipos a golpes. No podemos elegir a nuestros amigos.
Queda media factura en una bolsa. Bruno la divide con mucho cuidado y me ofrece la parte más chica.
—Para cuidar tu voz.
—Qué generoso.
En la pantalla, una línea verde avanza mientras suena la música. Bruno graba cada programa. El sistema empieza solo a medianoche y guarda todo: canciones, llamadas, silencios.
—Algún día vas a agradecerme estas grabaciones —dice siempre.
—Sí. Cuando necesite recordar cuántas veces dijiste que un cable estaba bien y no estaba bien.
Esta semana también quedó guardada la entrevista con Raúl Soria, el nuevo dueño de la radio. Vino el martes, con una camisa impecable y facturas para todos. Habló de por qué había comprado la radio y de sus planes: mejores equipos y más cuidado para nuestras voces.
—Esta radio es una familia —dijo al aire.
A mí me prometió una silla nueva. La mía protesta más que algunos oyentes.
Bruno vuelve a su lugar. Levanta un dedo: hay una llamada.
—Una mujer. No quiere decir el nombre.
Me acomodo los auriculares. Cuando termina la canción, abro el micrófono.
—Buenas noches. Ya podés salir al aire.
Durante unos segundos solo escucho una respiración.
—¿Todavía contás hacia atrás cuando tenés miedo?
Miro el reloj. La aguja sigue andando, como si nada.
—¿Perdón?
—Contar hacia atrás. Desde diez. Lo hacías de chica.
Aprieto los dedos contra la mesa.
—¿Nos conocemos?
—Llevabas un piloto rojo. Te quedaba grande. Las mangas te tapaban las manos.
El estudio está caliente, pero siento frío.
Tenía diez años. Aquella noche llovía y yo llevaba el piloto de mi prima. En nuestra habitación había una vela encendida porque no teníamos luz. Mi madre salió al patio y yo me quedé mirando la llama.
Después vino el humo.
—Te escondiste detrás del tanque de agua —continúa la mujer—. En el fondo del conventillo.
Me quedo sin palabras.
En los diarios hablaron del incendio, de las familias que perdieron sus cosas. Nunca hablaron del piloto. Ni del tanque.
Bruno me mira desde el otro lado del vidrio.
—¿Quién sos? —pregunto.
—Alguien que estuvo ahí.
Vuelve el olor. Ropa quemada. Madera caliente. Yo estaba detrás del tanque, con las rodillas contra el pecho. Contaba hacia atrás porque mi madre decía que eso ayudaba cuando tenía miedo.
Diez, nueve, ocho.
Una mano apareció entre el humo y me agarró del brazo. Alguien me sacó de allí. Durante años pensé que había sido mi madre.
Pero la vela seguía encendida cuando dejé la habitación.
Yo la había dejado encendida.
—Vera, escuchame.
Corto la llamada.
—Tenemos un pequeño problema técnico —digo al micrófono—. Ya volvemos.
Bruno pone música y cierra mi micrófono. Después entra sin hacer preguntas. Me acerca el mate, pero no lo agarro.
—Te tiemblan las manos —dice.
Las escondo debajo de la mesa.
—Debe ser el frío.
Mira mi ventilador encendido. No hace ningún chiste.
—Podemos escuchar la grabación acá, sin salir al aire. Solo nosotros.
—No quiero escucharla otra vez.
—Está bien.
Se queda a mi lado. Afuera pasa otro camión. Nunca sentí la calle tan lejos.
—El incendio fue a unas cuadras —digo—. Yo vivía ahí.
Bruno asiente despacio.
—¿Querés contarme?
Estoy por responder cuando suena el teléfono. Los dos miramos la luz.
—Podés no atender —dice.
Pero quiero saber quién recuerda aquel piloto rojo. Quiero saber por qué llama a esta hora de la madrugada.
Me pongo los auriculares. Bruno vuelve a la consola y me pasa la llamada, esta vez sin sacarla al aire.
—Estoy acá —le digo a la mujer.
—Vos no provocaste el incendio, Vera. Pero el hombre que lo hizo estuvo en tu programa esta semana —dice la mujer en voz baja.