Aprieto los auriculares contra las orejas.
—¿Quién sos?
—Por teléfono, no. Tenemos que tener cuidado.
—Acabás de decir que conozco al hombre que provocó el incendio. No podés dejarme así.
La mujer respira despacio.
—Podríamos encontrarnos cuando salga el sol. ¿Conocés el café de la esquina de la radio?
—Sí.
—Voy a estar junto a la puerta. Llevaré una bolsa azul.
La llamada termina. Durante unos segundos, solo escucho el ruido de la línea.
Bruno busca las grabaciones de la semana. Abre archivos, revisa fechas y escucha pequeños fragmentos. Yo miro su mate frío.
—Raúl fue el único invitado varón —dice al fin.
—Podría ser alguien que llamó.
—Dijo que estuvo en tu programa. No dijo que fuera un invitado, pero deberíamos revisar su entrevista.
—Raúl compró una silla nueva cuando se rompió la mía.
Bruno me mira.
—Una silla no demuestra mucho, Vera.
Lo sé. Pero recuerdo a Raúl trayendo facturas, preguntándome por mi espalda, hablando de la radio como de una familia. Me cuesta poner esa cara junto al recuerdo del fuego.
—Tampoco sabemos quién es ella —agrego.
—Por eso hay que comprobar lo que dice.
Le cuento lo del encuentro.
—Deberíamos ir juntos —propone.
—El café estará lleno. Quiero escucharla primero.
Bruno no parece contento.
—Entonces avisame. Y sentate cerca de la puerta.
Cuando salgo, el cielo ya está claro. Un colectivo frena frente al café y deja una nube gris. Adentro huele a café recién hecho y a pan caliente.
La mujer de la bolsa azul está en una mesa junto a la puerta. Se levanta apenas me ve. Después vuelve a sentarse y rodea su taza con las manos, pero no bebe.
—Soy Inés Ferreyra.
El apellido abre una pequeña puerta en mi memoria.
—¿Ferreyra? ¿Sos la hija del encargado?
—Sí.
Me siento frente a ella.
—Vos vivías arriba.
—Sí. Yo tenía dieciséis años cuando fue el incendio.
Un mozo deja dos vasos de agua. Esperamos hasta que se aleja.
—Te encontré detrás del tanque de agua —dice Inés—. Estabas contando hacia atrás. No querías moverte.
El café desaparece por un momento. Vuelvo a sentir el piso mojado bajo las rodillas.
—Mi mamá me sacó.
Inés baja la mirada.
—Tu mamá ya estaba en la calle. Yo te saqué.
Recuerdo una manga áspera contra la cara. Mis dedos estaban cerrados alrededor de esa tela. Mi madre llevaba un vestido aquella noche.
—La manga —digo—. Era marrón.
—Una campera de mi papá. Me quedaba enorme.
Nos quedamos calladas. Durante años recordé una mano. Ahora, por primera vez, recuerdo también a la chica.
—Gracias —digo.
Inés aprieta los labios.
—Me alegra haberte encontrado otra vez.
Abre la bolsa y saca un casete dentro de una caja transparente.
—Mi papá murió hace dos meses. Encontré esto entre sus cosas. Lo tenía escondido.
—¿Qué hay?
—Una conversación con Raúl Soria. Él administraba la empresa dueña del conventillo. Quería sacar a las familias.
Miro el casete.
—¿Y tu papá lo grabó?
—A escondidas. Raúl le ordenó que ayudara a provocar un incendio.
La cucharita de la mesa vecina golpea una taza. El sonido me hace saltar.
—¿Estás segura de que es él?
—Había escuchado la grabación varias veces. La voz era más joven. Después oí tu entrevista por la radio y la reconocí. Era la misma manera de hablar.
—Podrías equivocarte.
—Sí —responde—. Por eso traje el casete. Quiero que me escuches antes de decidir.
Me cuenta que su padre recibió amenazas después del incendio. Dejaron Buenos Aires pocas semanas más tarde.
—Cuando llamé, tuve miedo de dar mi nombre. Pensé que alguien podría estar escuchando.
—¿Por qué me buscaste a mí?
—Porque estuviste ahí. Y porque tenés un micrófono. Yo no sabría con quién hablar.
Siento ganas de tocar el casete y miedo de hacerlo.
—Bruno podría hacer una copia —digo—. Graba todos nuestros programas y sabe trabajar con estas cosas.
—¿Confiás en él?
—Sí. Más que en sus chistes.
Inés sonríe por primera vez.
Le escribo a Bruno. Responde enseguida: puede venir.
—Antes de pasar nada por la radio, deberíamos hacer una copia y hablar con la policía —digo.
—Sí. Tenemos que tener cuidado.
Guardamos el casete en la bolsa. El encuentro me ha dado respuestas, pero ahora cada respuesta pesa.
Nos acercamos a la puerta para esperar a Bruno. Mi teléfono vibra. Veo el nombre del dueño de la radio.
El mensaje de Raúl dice: «Espero que el café esté rico. Ahora decime qué quiere Inés».