Le muestro el mensaje a Inés. Mira hacia la calle, pero le toco el brazo.
—Volvamos adentro.
—¿No vas a mirar quién está afuera?
—No sabría a quién buscar. Y acá hay gente.
Elegimos una mesa lejos de la entrada. Una camarera nos pregunta si queremos otro café.
—Sí —digo—. Y un día más sencillo, si queda alguno.
Inés no sonríe. Tiene la bolsa apretada contra el cuerpo.
Le mando a Bruno un mensaje: «Entrá directamente. Tenemos un problema».
Llega diez minutos después. Lee el mensaje de Raúl dos veces.
—Hay que avisar a la policía —dice—. Después escucharemos el casete y guardaremos una copia. No voy a ponerlo en cualquier aparato.
Llama desde la mesa. Explica la amenaza y da nuestros nombres y la dirección de la radio. Le piden que conserve el mensaje y que llevemos la grabación a una comisaría.
Salimos juntos. Durante las pocas cuadras hasta la radio, un camión nos tapa el sol. Inés camina entre nosotros.
En el estudio, Bruno encuentra un aparato viejo dentro de un armario.
—Hace años que no lo uso. Tendré que limpiarlo.
Me siento frente al micrófono apagado. De pronto estoy agotada.
Bruno trabaja despacio. Prueba un cable, cambia otro y le da un pequeño golpe al aparato.
—Es una técnica muy moderna —explica.
Pero el aparato no funciona. Bruno llama a un amigo que repara equipos. Tiene otro, aunque no podrá traerlo hasta la noche.
Nos quedamos en la radio. Comemos unas facturas y, por turnos, dormimos un poco en el sillón. Afuera cambian los ruidos; llegan más colectivos, después menos. Yo miro el teléfono demasiadas veces.
El amigo de Bruno llega cerca de medianoche. Con el otro aparato, por fin, el casete empieza a girar. Se oye un ruido como lluvia. Después, una voz joven, pero conocida.
—Dejá abierta la entrada de atrás.
Inés cierra los ojos.
—Ese es Raúl.
Otra voz responde:
—¿Para qué?
—Entrará un hombre esta noche. Encenderá el fuego y saldrá por ahí. Después del incendio, el edificio quedará vacío.
Se oye el ruido de una silla.
—Pero todavía hay familias adentro —dice la segunda voz—. Hay chicos.
—Tu trabajo es abrir la entrada. Nada más.
Bruno detiene el aparato. El silencio parece más fuerte que la grabación.
—Mi papá se negó —dice Inés—. No dejó la puerta abierta. Pero el incendio ocurrió igual. Después llegaron las amenazas. Sabían dónde trabajaba yo, a qué hora volvía. Nos fuimos.
—¿Por qué guardó el casete?
—No sé. Tal vez esperaba poder usarlo algún día sin ponernos en peligro.
Bruno conecta el aparato a la computadora.
—Voy a guardar una copia digital. Después haré otra.
Esta vez no tenemos que esperar mucho. Cuando termina, Bruno vuelve a llamar a la policía. Explica lo que escuchamos y sigue las indicaciones para enviar el archivo y una imagen del mensaje de Raúl.
—Mandarán a alguien —nos dice al cortar—. Nos pidieron que nos quedemos juntos y que no toquemos más el original.
Miro mis manos.
—Yo dejé una vela encendida aquella noche.
Los dos se vuelven hacia mí.
—Tenía diez años. Estaba leyendo. Cuando empezó a entrar humo, corrí. Después pensé... Siempre pensé que había sido por mi culpa.
Inés acerca su silla.
—Vera, cuando fui a buscarte, había fuego junto a la entrada de atrás. Tu habitación estaba del otro lado del patio.
—Pero la vela...
—Dejar una vela encendida fue un error —dice Bruno—. Ordenar un incendio fue una decisión de un adulto. No es lo mismo.
No desaparece la culpa. Lleva demasiados años conmigo. Pero, por primera vez, no ocupa toda la habitación.
—Yo me escondí —digo.
—Y yo te encontré —responde Inés—. Eras una nena con miedo. No tenías que resolver nada.
Ya es la hora de mi programa. Bruno pone música.
—La radio seguirá en marcha. No anunciaremos el casete.
—Tampoco llamaremos a Raúl —digo—. Cuando llegue la policía, le entregaremos el original.
Inés guarda el casete en la bolsa y la deja junto a mi mesa. Bruno comprueba que la grabación automática esté funcionando.
Entonces oímos una llave en la puerta de la radio.
Unos segundos después, Raúl aparece en la entrada del estudio, con el abrigo sobre un brazo. Mira la bolsa.
—Dame el casete, Vera.
Nadie responde.
—Es mi radio —añade—. No hagan esto más difícil.
Me quedo detrás de la mesa. La puerta está libre a mi izquierda.
Bruno baja la música y abre los micrófonos. Después mueve la mano hacia otro interruptor. Lo conozco: solo apaga el cartel rojo. La transmisión y la grabación siguen en marcha.
Apoyo las manos junto al micrófono para que no se note cuánto tiemblan.
Raúl mira la luz apagada y sonríe.
—Ahora que nadie nos escucha, podemos hablar del incendio.