Raúl deja el abrigo sobre una silla y mira la luz roja apagada.
—Me dan el casete, lo rompemos y se termina el problema —dice—. Todos podremos seguir adelante.
Sigo detrás de la mesa. La puerta queda a mi izquierda, libre. Inés está cerca de Bruno. Podríamos salir sin pasar junto a Raúl.
—¿Por qué amenazaste al padre de Inés? —pregunto.
Raúl suspira. Parece que le estoy pidiendo dinero.
—Porque no sabía callarse.
Inés aprieta la bolsa contra su cuerpo.
—Mi padre quería proteger a las familias.
—Tu padre trabajaba para nosotros.
—No era una cosa tuya —responde ella.
Raúl pierde la sonrisa.
—Yo di la orden de quemar el edificio. Había que sacar a esa gente. Él solo tenía que dejar una puerta abierta.
Durante un segundo, solo oigo el ventilador. Después pasa un colectivo y los vidrios tiemblan.
—Había chicos —digo.
—La gente tenía que salir. Nadie tenía que hacerse el héroe.
Lo dice sin bajar la voz. Acaba de admitir algo que me quitó el sueño durante veinticuatro años y parece más preocupado por su abrigo.
—Ahora escuchen —continúa—. Si hablan, cierro la radio. Se quedan sin trabajo, sin programa y sin micrófono.
Bruno me mira. Toca apenas su micrófono y mueve los labios: «Al aire».
No necesito otra respuesta de Raúl.
—Ya hay copias —digo—. La policía tiene una. También tiene tu mensaje. Ya les contamos lo que pasa.
Su mirada va hacia la consola.
—¿Qué hiciste?
—Lo que teníamos que hacer.
Da un paso y estira la mano hacia el equipo de grabación.
—Vamos —dice Bruno.
Inés sale primero. Yo la sigo y Bruno entra detrás de mí en la pequeña oficina de al lado. Cerramos la puerta. Bruno gira la llave.
Raúl golpea una vez.
—¡Abran!
Saco el teléfono y llamo de nuevo a la policía. La mujer que me atiende me pide la dirección otra vez. Le digo dónde estamos y que tenemos miedo.
—Quédense ahí. Ya va un móvil.
Inés me toma la mano.
—Vamos a estar a salvo.
Quiero creerle. Cuento hacia atrás en voz baja. Esta vez, cuando llego a siete, Inés empieza a contar conmigo.
Pocos minutos después oímos voces nuevas.
—Policía. Aléjese de esa puerta.
No abrimos hasta que una agente nos llama por nuestros nombres y nos dice que podemos salir. Raúl está junto a la entrada, hablando demasiado rápido.
—Fue una conversación privada. Ellos entendieron mal.
Pero su voz quedó grabada. Esta vez no puede decidir quién la escucha.
La agente nos acompaña afuera. El aire de la mañana está frío.
—Tendrán que prestar declaración —nos explica.
—La voy a acompañar —dice Inés, sin soltarme.
—Y yo iré con ustedes —añade Bruno.
Miro a mis amigos. Estar a salvo todavía me parece algo extraño, pero ya no estoy sola.
Varias semanas después, me preparo para otro programa de medianoche.
Raúl está bajo investigación. La policía conserva el casete y la grabación de aquella mañana. Nosotros guardamos copias. Ya fuimos a prestar declaración; tal vez tendremos que volver.
La radio sigue abierta con una directora temporal que pregunta antes de tocar los botones. Bruno considera que eso demuestra una gran inteligencia.
No todo se arregla de golpe. Algunas noches todavía huelo humo donde solo hay café. Me cuesta admitir que tengo miedo, pero ahora lo digo.
También puedo admitir otra cosa: me he quitado un peso de encima. No desaparecieron todos los recuerdos, pero ahora entiendo que no fui responsable del incendio.
Inés viene seguido. Esta noche trae facturas.
—Lejos de la consola —advierte Bruno—. Mis equipos no comen.
—Con los golpes que les das, pensé que tenían hambre —le digo.
Inés se ríe y deja la bolsa sobre mi mesa.
—A mí también me ayudó hablar —dice—. Ya no tengo que guardar el secreto de mi padre.
Compartimos el mate. Del otro lado del vidrio, Bruno levanta un dedo: falta un minuto.
—Podríamos ir al café mañana —propongo.
—Dale. Te acompañaré —dice Inés.
Empezamos el programa. Afuera pasan camiones; adentro quedan algunas migas y tres personas que están aprendiendo a seguir adelante.
—Esta noche pueden llamar para contar algo, pedir una canción o simplemente escuchar —digo—. Nos acompañaremos un rato.
Bruno pone un poco de música y cierro el micrófono. Inés se levanta y va a sentarse junto a él.
Suena el teléfono. Inés llama desde el otro lado del vidrio. Me mira con el celular junto a la oreja. Atiendo y Bruno baja la música.
—Esta noche no tengo ningún secreto. Solo quería pedir una canción.
Sonrío y abro el micrófono.
—Entonces, quedate. La noche recién empieza.