El barco se aleja. Doy un paso hacia la puerta.
—Voy a correr al muelle.
—No, Clara —dice Elena—. La policía ya tiene la información.
—Pero la llamada...
—Vamos a llamar otra vez. Nico necesita compañía, no una carrera.
Vuelvo a sentarme. Nico aprieta el lápiz entre los dedos.
—¿Tomás sabe que he hablado?
—Estamos contigo —responde Elena—. Aquí estás a salvo.
Elena marca el número. Solo escuchamos las últimas gotas sobre el techo.
Nadie responde.
Miro mi cuaderno abierto. He escrito muchos detalles. Ahora no sé qué escribir.
Elena vuelve a llamar.
—¿Hola? Sí, soy Elena.
Su cara cambia. Parece más tranquila.
—Gracias. Estamos en la oficina, con el niño.
Deja el teléfono sobre la mesa.
—La policía ha parado el barco en el muelle.
—¿Y la caja? —pregunto.
—Han encontrado huevos de tortuga debajo de las herramientas.
Nico deja el lápiz.
—Entonces mis dibujos y los ruidos del motor han servido de algo.
—Sí —dice Elena—. Tus detalles han ayudado mucho.
—¿Dónde está Tomás?
—La policía se lo ha llevado. Van a hacerle preguntas.
Miro mis notas sobre las huellas en la arena.
—Yo solo miré las huellas —digo—. Nico también escuchó.
Él sonríe por primera vez desde la llamada.
—Los motores hablan muy fuerte.
Un rato después llegan dos personas del equipo de conservación. Saben cuidar los huevos de tortuga. Hablan con Elena antes de ir al muelle a revisarlos.
—¿Ya están a salvo los huevos? —pregunta Nico.
—La policía ha encontrado los huevos —explica Elena—. Ahora necesitan cuidados especiales.
—¿Van a salir tortugas de todos?
—No lo sabemos. Algunos pueden morir antes de nacer.
La respuesta me pone triste. Pero Elena nos habla con palabras claras.
—Encontrar los huevos es importante —añade—. También tenemos que cuidar la playa.
La madre de Nico llega poco después. Lo abraza durante un buen rato.
—La policía me ha contado cómo has ayudado.
—Salí sin permiso —dice él, mirando sus zapatos.
—Sí. Vamos a hablar de eso en casa. Necesitamos saber dónde estás.
Nico baja más la cabeza.
—Pero el robo no es culpa tuya —añade ella—. Has hecho bien en contarlo.
Elena mueve la cabeza para decir que sí.
—Hoy tu familia está aquí. Y tú estás a salvo.
Nico busca algo en su bolsillo. Saca una hoja doblada.
—También he encontrado mi balón —dice—. Pero solo he dibujado el barco.
Varias semanas después, volvemos a la playa con su familia. Es una visita con permiso del proyecto. Elena dirige al grupo.
Estamos en otra zona de la playa, lejos del nido robado. Todavía queda un poco de luz del día. Las linternas están apagadas. Esperamos detrás de Elena y dejamos libre el camino al mar.
Una pequeña tortuga sale de la arena. Después aparece otra.
—¡Qué pequeñas! —digo en voz baja.
Las tortugas dejan pequeñas huellas en la arena. Todas avanzan hacia el agua.
—Necesitan llegar al mar sin ayuda —explica Elena—. Nosotros vamos a darles espacio.
Nico mira sus manos.
—Entonces cuidar también es no tocar.
—Exactamente —responde Elena.
Con la última luz del día, Nico abre mi cuaderno. Dibuja las huellas pequeñas en una página. Seguimos detrás de Elena, lejos de las tortugas.
—Ahora tu cuaderno tiene el tamaño correcto —dice Nico.
Me río bajito. Ya no me parece demasiado grande.
La primera tortuga llega al agua con una ola. Otra sigue avanzando. El camino parece muy largo para unas tortugas tan pequeñas.
—Mañana voy a dibujar más huellas —dice Nico.
Por ahora, seguimos las pequeñas huellas hasta el mar.