Elena pone una mano sobre mi hombro.
—Vamos a la oficina. Ahora necesitamos llamar.
—¿Y el barco? —pregunto.
—No vamos a seguirlo. Vamos a esperar con Nico.
Regresamos al proyecto por el camino público. Nico camina junto a mí, con los ojos bajos.
—Has hecho bien —le dice Elena—. Ahora nos toca a los adultos.
Entramos justo cuando empieza la lluvia. Primero caen unas gotas grandes. Después, el agua golpea el techo de metal con fuerza.
Elena llama por teléfono. Yo acerco dos sillas a la mesa.
—Este techo hace más ruido que diez motores —digo.
Nico no sonríe. Mira hacia la puerta.
—¿Tomás sabe que he hablado?
—No se lo hemos dicho —responde Elena.
Ella levanta un dedo. Alguien ha contestado.
—Sí, el barco es verde. Tiene un asiento amarillo.
La lluvia golpea todavía más fuerte. Apenas puedo oír su voz.
—¿Dónde están los policías? —pregunta Elena.
Me acerco un poco, pero solo oigo palabras sueltas.
—Muelle... caja... sí, gracias.
Elena termina la llamada.
—Ya hay policías en el muelle principal. Van a revisar el barco allí.
—¿Y nosotros? —pregunto.
—Nosotros vamos a esperar.
Abro mi cuaderno. La página está un poco mojada.
—Puedo escribir los detalles.
—Eso sí —dice Elena—. Tu cuaderno no necesita correr detrás de nadie.
Nico levanta la cabeza. Por fin aparece una pequeña sonrisa.
Entonces oigo otro motor bajo la lluvia. Miro por la ventana.
El barco verde está otra vez junto al pequeño muelle. Tomás baja y camina hacia nuestro almacén.
—Ha vuelto —digo.
Elena se acerca a la ventana. La caja sigue dentro del barco, bajo la tela oscura.
Tomás recoge un recipiente de plástico junto al almacén.
—Es gasolina para el motor —dice Elena—. La guardamos lejos de la cocina y la oficina.
Él pasa frente a nuestra puerta con el recipiente.
—¡Tomás! —lo llama Elena desde la entrada—. ¿Tienes un momento?
—Ahora no. Tengo trabajo.
—Una pregunta sobre tu viaje.
—No tengo tiempo para hablar.
Su voz ya no parece amable. Pasa el recipiente a la otra mano.
Nico me toca el brazo.
—La bota —dice muy bajo.
Miro los pies de Tomás. Lleva botas amarillas. Una está rota por un lado.
—¿Qué pasa con la bota? —pregunto en voz baja.
Nico mira el suelo.
—Anoche vi una bota así. Cuando esa persona subió la caja al barco.
Elena vuelve a nuestro lado. Tomás sigue hacia el barco.
—Era amarilla —añade Nico—. Y estaba rota por el mismo lado.
Lo escribo todo en el cuaderno.
—Entonces es él —digo.
Elena me mira con calma.
—Es otro detalle importante. Los policías tienen que investigar.
No digo nada más. Otra vez creo saberlo todo demasiado pronto.
Elena vuelve a llamar. Nico se sienta cerca de mí.
—¿Puedo esperar aquí?
—Claro —digo—. Voy a quedarme contigo.
La lluvia pierde fuerza. Ahora escucho las gotas sobre el techo, una por una.
Desde la ventana vemos a Tomás subir el recipiente al barco. La caja sigue cubierta. Él arranca el motor.
—¿Hola? —dice Elena al teléfono—. Tengo otro detalle. Una bota amarilla...
Elena deja de hablar y mira el teléfono.
—¿Hola? A veces se corta la llamada con esta lluvia.
El barco sale del pequeño muelle. Elena levanta el teléfono y camina hacia la ventana.
—¿Me oye? ¿Hola?
La llamada se corta. El barco de Tomás va hacia el muelle principal.