El agua corría por el canal junto a nuestros pies. Yo revisaba mis reservas en el teléfono; Mateo miraba las montañas.
—Con el diario de viaje del abuelo seré un explorador experto —anunció.
—Primero aprende a llegar al hotel sin equivocarte de calle.
—No me equivoqué. Quería conocer otra parte del pueblo.
Llevábamos tres días tranquilos en Ollantaytambo para acostumbrarnos a la altura. Habíamos paseado por sus calles de piedra, descansado y bebido bastante agua. Al día siguiente empezaríamos la caminata.
Revisé mi lista: guía autorizada, permisos, entrada a Machu Picchu, alojamiento. Todo estaba confirmado.
—¿Cuántas veces vas a comprobar la entrada? —preguntó Mateo.
—Una más de las necesarias, por si acaso.
Él sacó el diario de viaje de su mochila. Yo extendí la mano.
—Cuidado con el agua.
—Está dentro de dos bolsas.
—Tres. La pequeña casi no se ve.
Mi hermano sonrió, pero acarició la tapa antes de entregármelo.
Cuando éramos pequeños, el abuelo Tomás nos dejaba dibujos por toda la casa. En la cocina aparecía un gato que parecía una papa. Dentro de mis cuadernos escondía pájaros con patas enormes. Mateo siempre decía que eran aviones enfermos.
El abuelo se reía y añadía otra pata.
Lo echábamos de menos. A veces hablábamos mucho de él; otras veces, como aquella mañana, nos quedábamos callados al ver su letra.
Abrí el diario por la página marcada. El abuelo había descrito Machu Picchu, la luz sobre las piedras y una conversación con otro viajero. Después escribió: «Todavía faltaba el mejor lugar».
La descripción terminaba allí.
Al lado había un dibujo de una montaña torcida, una puerta azul y unas palabras: «Donde vuelve el agua».
—Esta es la pista —dijo Mateo—. Solo tenemos que encontrar el lugar.
Busqué la frase en el mapa del teléfono. No apareció ningún resultado.
—Tal vez sea el nombre de una casa.
—O de una montaña —respondió él.
—¿Con puerta?
No conseguimos ponernos de acuerdo. Guardé el teléfono y seguimos junto al canal.
Encontramos a Maribel en una pequeña plaza. Nos esperaba junto a una mesa, con tres platos de choclo con queso. Llevaba un sombrero y una mochila mucho más pequeña que la de Mateo.
—Primero comemos —dijo—. Los planes salen mejor con el estómago contento.
El choclo estaba caliente. El queso, un poco salado. Mientras comíamos, Maribel revisó nuestros nombres y documentos.
—Los permisos están listos. Mañana saldremos desde el punto autorizado y caminaremos hacia Wiñay Wayna. Después llegaremos a la Puerta del Sol. Dormiremos en Machupicchu Pueblo y al día siguiente visitaremos Machu Picchu por el circuito reservado.
—Todo organizado —dije.
—Y sin carreras —añadió ella—. Quiero que disfruten del camino, no que lleguen sin aire.
Mateo abrió su mochila para buscar una botella. Salieron dos bolsas de frutos secos, varias galletas y un paquete enorme de pasas.
Maribel levantó las cejas.
—¿Vas a caminar o a abrir una tienda?
—Traje comida por si acaso.
—Bien. Pero no hace falta alimentar a toda la montaña.
Mateo guardó las pasas con cuidado. Después le mostramos el diario de viaje.
Maribel escuchó nuestra historia y estudió el dibujo de la puerta azul.
—Hay muchas puertas así en el valle. Esta no la reconozco.
—¿Y la pista del agua? —pregunté.
—También hay muchos canales. Si encontramos algo, lo veremos desde los caminos permitidos. Ninguna pista vale más que la seguridad.
—De acuerdo —respondimos los dos.
Por fin habíamos conseguido ponernos de acuerdo en algo.
Maribel giró un poco el diario.
—Pero esta montaña parece un perro dormido. Miren: aquí está la cabeza.
Mateo acercó la cara.
—¡Es verdad! Al abuelo le salían mejor los perros que los gatos.
Yo vi el lomo largo y una oreja caída. Sentí una alegría pequeña y repentina.
—Lo echo de menos —dije.
Mateo dejó de sonreír.
—Yo también.
Quise mirar mejor el dibujo y abrí el diario por completo. Un borde doblado se levantó. Lo alisé con un dedo y descubrí unas palabras escondidas.
—Habrá que darse la vuelta —murmuré.
—¿Dónde? —preguntó Mateo.
Debajo del dibujo había otra frase: «Cuando llegues a la Puerta del Sol, date la vuelta. El camino que buscas empieza detrás de ti».