En el punto de entrada al Camino Inca corto, Maribel mostró nuestros permisos. Yo revisé las bolsas que protegían el diario. Después de unos días tranquilos en el valle, me sentía preparada para caminar. Mateo, por supuesto, se sentía preparado para subir cualquier montaña.
—Hoy llegaré primero —anunció.
—Hoy llegaremos juntos —respondió Maribel.
El camino subía entre plantas brillantes. Las hojas mojadas nos rozaban los brazos y, entre los árboles, un pájaro cantaba con un sonido parecido a una pregunta. Abajo, el río parecía una cinta oscura.
Mateo empezó con pasos largos. En pocos minutos, su mochila ya estaba unos metros por delante de nosotros.
—Se ha llevado toda la comida —dije.
—No irá muy lejos —contestó Maribel—. La comida siempre se detiene.
Maribel le pidió que nos esperara. Cuando lo alcanzamos, estaba sentado junto a un escalón alto. Tenía la frente empapada de sudor.
—Estaba mirando el paisaje —explicó.
Le ofrecí mi botella.
—Claro. El paisaje de tus zapatos. Bebe un poco.
Mateo aceptó el agua.
—Quiero que descanses —le dijo Maribel—. Después seguiremos a un ritmo más lento.
—No estoy cansado.
—Mejor. Así podrás descansar muy bien.
A partir de entonces caminamos juntos. Había que tener cuidado: algunos escalones estaban húmedos y me llegaban por encima de las rodillas. Cuando mi bota resbaló un poco sobre una piedra, agarré con fuerza mi bastón.
—Cuidado, puedes resbalar —advirtió Maribel—. Pasos cortos.
Mateo ya no protestaba por el ritmo. Hasta empezó a ofrecerme la mano en los escalones difíciles.
Poco a poco, las nubes cubrieron las montañas.
—Espero que podamos verlo —dije.
—¿Al perro del abuelo? —preguntó Mateo.
Asentí. Había imaginado una vista clara desde la Puerta del Sol. Ahora apenas distinguía las formas al otro lado del valle.
—Puede despejarse más tarde —dijo Maribel—. Aquí el tiempo cambia rápido.
Cerca de Wiñay Wayna, descansamos en un lugar permitido junto al camino. Me dolían las piernas, pero el aire olía a tierra mojada y las construcciones de piedra aparecían entre las plantas. Durante un momento me quedé sin palabras.
Mateo abrió una bolsa de frutos secos.
—Yo también estoy emocionado, pero puedo comer.
Saqué el diario. Quería comparar otra vez el dibujo con las montañas, aunque seguían detrás de las nubes. Lo puse abierto sobre mis rodillas.
Entonces llegó un golpe de viento.
Las páginas se levantaron. Intenté sujetarlas, pero el diario se me escapó de las manos.
—¡Lo alcanzo! —gritó Mateo.
Se inclinó hacia los escalones, pero Maribel levantó un brazo.
—¡Quieto! No corras. Puedes resbalar.
Mateo se detuvo. El diario cayó sobre la mochila que Maribel tenía a sus pies. Ella lo sujetó contra la mochila antes de que pudiera caer al suelo.
Yo solté el aire.
—Gracias.
—Primero las personas; después, los libros —dijo.
Empezaron a caer unas gotas. Guardamos las cosas, pero una página ya estaba húmeda.
—Está empapado —murmuré.
—No —dijo Mateo, mirando con cuidado—. Solo está un poco mojado. Tus siete bolsas todavía tienen trabajo.
Una nota escrita a lápiz se había borrado un poco: «Comprar pan para el camino». Todavía se entendía. Sequé la página suavemente con mi pañuelo.
Al mirar el dibujo, noté algo extraño.
—Esto no es un camino.
Seguí con el dedo dos líneas curvas junto a la puerta azul.
—Miren estas rayitas. Son agua. Es un canal.
Maribel acercó la cabeza.
—Sí, parece un canal pequeño.
Recordé los canales de Ollantaytambo y el sonido del agua entre las casas.
—Entonces la puerta podría estar en el pueblo —dije.
—Podría —respondió ella—. Pero ahora toca guardar el diario.
Lo metí en sus bolsas. Esta vez Mateo me ayudó sin hacer bromas.
Seguimos subiendo. Cada escalón parecía más alto que el anterior. Cuando alcanzamos la Puerta del Sol, tenía las piernas cansadas y la camiseta húmeda.
Delante de nosotros, Machu Picchu apareció entre las nubes. Mateo abrió la boca, pero no dijo nada.
Era raro verlo quedarse sin palabras.
Yo tampoco hablé.
Entonces Maribel señaló el cielo.
—Está empezando a despejarse.
Pensé en la frase del abuelo y me di la vuelta. Una montaña apareció lentamente entre la niebla: el cuerpo largo, la cabeza baja, una oreja caída. Parecía un perro dormido.
—El perro —susurré.
Saqué el diario para comparar. Al abrirlo bien, vi la esquina de un papel doblado entre dos páginas, junto al dibujo. Antes no la había visto. Lo saqué con cuidado y lo abrí.
El papel decía: «Después de Machu Picchu, vuelve al pueblo. Busca la puerta azul y pregunta por Elvira».
Maribel dejó de sonreír.
—Elvira es mi madre.