Dormimos en Machupicchu Pueblo, aunque yo pasé parte de la noche pensando en una puerta azul. A la mañana siguiente, Mateo miró mis ojeras durante el desayuno.
—Tienes cara de haber subido otra montaña.
—He subido la misma unas veinte veces. En sueños.
Maribel nos esperaba con las entradas preparadas. Nuestra visita a Machu Picchu tenía un horario y un circuito reservado.
—Hoy seguiremos este recorrido —explicó—. El misterio puede esperar.
Entre las construcciones de piedra, el aire olía a tierra húmeda. Las montañas nos rodeaban y las nubes pasaban despacio sobre ellas. Guardé el diario. Quería mirar sin buscar una pista en cada rincón.
El abuelo había estado allí. Había visto aquellas montañas y, después, había escrito: «Todavía faltaba el mejor lugar».
Por fin empecé a entenderlo. No nos pedía pasar de largo. Quería compartir con nosotros la experiencia de conocer Machu Picchu, pero el viaje no terminaba allí.
—¿Crees que valdrá la pena buscar la puerta? —preguntó Mateo.
—Creo que ya está valiendo la pena.
Maribel nos dejó contemplar el paisaje antes de hablar.
—Mi madre conoció a muchos viajeros. Algunos volvían cada año.
—¿Y nunca te habló de Tomás? —pregunté.
—No recuerdo ese nombre. Y menos una historia sobre él y un secreto. Pero tiene mejor memoria que yo.
—¿Guardará algún tesoro? —preguntó Mateo.
—Si es comida, no lo habrá guardado tantos años —respondió Maribel.
Su respuesta nos hizo reír.
Cuando regresamos en tren a Ollantaytambo, Maribel llamó a su madre. Yo estaba a punto de sacar el diario, pero me quedé quieta para escuchar.
—Mamá, estoy con dos jóvenes. Su abuelo se llamaba Tomás. Viajaba mucho por aquí.
Maribel escuchó y nos miró sorprendida.
—Sí, de Lima… Irene y Mateo.
Al oír nuestros nombres, mi hermano dejó de jugar con la tapa de su botella.
—Se acuerda de él. Dice que vayamos —anunció Maribel al terminar—. Y pregunta si tienen hambre.
—Eso parece una buena señal —respondió Mateo.
Seguimos una calle pública junto a un canal. El agua corría entre las piedras con un sonido suave. Un vecino nos saludó desde su puerta y Maribel le preguntó por su familia.
Mateo se acercó a mí.
—¿Y si todo esto era una invitación para almorzar?
—Entonces almorzaremos.
—Me refiero a una invitación de hace treinta años. Sería un poco raro.
Yo también tenía dudas. Habíamos imaginado tantas cosas que una parte de mí tenía miedo de llegar al final.
La puerta azul apareció después de una curva. Tenía la pintura gastada cerca del suelo. Maribel estaba a punto de llamar cuando se abrió.
—¡Pasen! —dijo una mujer de cabello gris—. Soy Elvira. Déjenme verlos.
Nos miró con atención.
—Mateo tiene la sonrisa de su abuelo. Irene, tú miras como él cuando quería hacer una pregunta.
Dentro había tejidos de muchos colores y una mesa junto a la ventana. En una pared vi una fotografía casi sin color.
Reconocí al abuelo, mucho más joven, con los pantalones llenos de barro. Estaba junto a otros hombres y mujeres, levantando piedras.
—¿Qué hacían? —pregunté.
—Arreglaban el canal del jardín. Había llovido muchísimo. Un vecino llamó a otro y al final vinieron todos. Tomás también quiso ayudar.
—¿Sabía arreglar canales? —preguntó Mateo.
Elvira soltó una risa breve.
—No. Pero sabía escuchar al vecino que sí sabía.
Me acerqué a la foto. Era una parte de su vida que no conocíamos.
—Volvió varias veces —continuó Elvira—. Después nos mandaba cartas. Siempre decía que un día vendría con ustedes.
Mateo bajó la mirada.
—Nunca nos habló de esa promesa.
—Quería darles una sorpresa. Luego le costaba más viajar. No pudo cumplir aquella promesa, y le hacía mucha ilusión.
El agua seguía sonando al otro lado de la ventana.
—Nos habría gustado venir con él —dije.
—Lo sé, hijita.
Elvira nos dejó un momento en silencio. Después señaló una cesta pequeña.
—He guardado algo para ustedes. Pero primero, ¿me ayudarán a llevar esto al jardín?
—Claro —respondió Mateo, levantándola—. Por lo menos, sabemos cargar cosas.
—Cumplir una promesa también puede empezar así —dijo Maribel.
Pensé que conocer aquella pequeña historia del abuelo ya era una buena razón para estar allí. El diario nos había llevado hasta una persona que todavía lo recordaba.
Elvira levantó una caja de madera. En la tapa estaban nuestros nombres.
—Su abuelo me pidió guardar esta caja para ustedes. Sabía que algún día llegarían.