Elvira me entregó la caja y abrió la puerta.
—Vamos. El huerto está cerca.
Seguimos un sendero entre casas. Mateo llevaba la cesta; yo sujetaba la caja contra el pecho. Maribel caminaba junto a su madre. Olía a tierra húmeda y a comida recién hecha.
No había ninguna entrada escondida. Solo una puerta baja que Elvira abrió con una llave.
Dentro crecían lechugas, flores y plantas de maíz. Un canal rodeaba las plantas y, al fondo, volvía a unirse con una corriente de agua más grande.
—Aquí es —dijo Elvira—. Tomás lo llamaba «Donde vuelve el agua».
Miré a Mateo.
—Por eso no aparecía en el mapa.
—Tu abuelo les puso nombre hasta a mis gallinas —respondió Elvira—. Tampoco encontrarán esos nombres en un mapa.
Mateo soltó una carcajada.
Dejé la caja sobre una mesa, bajo un árbol. Habíamos buscado una señal entre montañas, pero el lugar del abuelo era un huerto donde alguien lo esperaba.
Junto a la pared había varias herramientas.
—¿Él ayudó aquí? —pregunté.
—Daba una mano con los vecinos. Después de una lluvia fuerte, arreglamos el canal entre todos. Pero había que vigilarlo: agarraba una herramienta y parecía que iba a luchar contra la tierra.
—Eso explica sus plantas de Lima —dijo Mateo—. Nunca parecían contentas.
—Era mejor contando chistes que usando las manos —añadió Elvira—. Trabajábamos todos y él nos hacía reír. Después tocaba compartir la comida.
Pasó un dedo por nuestros nombres, escritos en la tapa de la caja.
—Ábrela, Irene.
Dentro había una carta y dos cucharitas de madera. Una tenía el mango demasiado ancho. La otra estaba torcida.
—Las hizo él —explicó Elvira—. Le prestamos una herramienta pequeña. Tardó tres tardes y nos dijo que no eran para cocinar.
—Por seguridad —dijo Maribel.
Reconocí la letra del abuelo y leí en voz alta:
«Irene y Mateo:
Si están leyendo esto, ya conocen a Elvira. Seguro que ya les dio algo de comer. Si no, pregunten la hora: entenderá.
Quería traerlos para presentarles a las personas de mis mejores historias. Les hablé de montañas, pero muchas veces lo mejor venía después: dar una mano, compartir una sopa, quedarse a conversar después de comer.
Aquí aprendí a hacer cucharas. Como pueden ver, también aprendí que algunas cosas no se me dan bien.
Espero que se sientan como en casa, aunque estén tan lejos de Lima.
Si yo no puedo acompañarlos, vayan igual. Elvira siempre prepara sopa para tres personas más de las que llegan.
Los quiere, Abuelo».
Una lágrima cayó sobre mi mano. Aparté la carta enseguida.
—Tantas bolsas para proteger el diario de la lluvia —murmuré—, y ahora lo voy a mojar yo.
Mateo me rodeó los hombros con un brazo.
—Yo esperaba… no sé. Quería escuchar otra vez al abuelo. Por eso seguía las pistas.
—Lo hemos escuchado un poco —dije.
Elvira nos dejó estar así un momento.
—Bueno, ahora prepararé el almuerzo. Quiero que se queden.
—¿Podemos ayudar? —preguntó Mateo.
Maribel señaló las hojas caídas en el canal.
—Podemos empezar por ahí.
Mientras Elvira entraba en la cocina, nos arrodillamos junto al agua. Maribel nos mostró cómo quitar las hojas con las manos, sin mover las piedras.
Mateo sacó un montón demasiado grande. La mitad volvió a caer.
—Me toca volver a empezar.
—Es de familia —dije.
Trabajamos despacio. Cuando el agua corrió libre otra vez, sentí una alegría tranquila. No habíamos descubierto una ruina. Habíamos conocido a una amiga del abuelo y ayudado un poco en su huerto.
Elvira salió con una olla.
—A comer. Hasta las herramientas descansan.
Durante el almuerzo le pregunté:
—¿Podemos contar nuestra visita en el diario? También queremos escribir sobre ti, el canal y las cucharas.
—Claro. Pero escriban que su abuelo trabajaba poco y conversaba mucho.
—Mandaremos fotos —prometió Mateo—. De ahora en adelante, no tendrás que esperar años para saber de nosotros.
—Y volveremos —añadí.
—Eso espero. Sentirse como en casa también significa ayudar a lavar los platos.
Seguimos comiendo y conversando. Maribel contó historias de viajeros y Elvira nos enseñó otras fotografías. De ahora en adelante, aquellas caras tendrían nombres para nosotros.
Abrí el diario. Ya no necesitábamos otra pista. Podíamos empezar a contar nuestras propias historias, sin dejar atrás la suya.
Escribí en la última página: «Abuelo, encontramos el lugar».
Mateo acercó su silla a la mesa.
—Ahora habrá que volver.
Elvira nos sirvió más sopa.
—Claro. Pero la próxima vez, no tarden tanto.