A las diez del domingo, Inés terminó su café y el último trozo de tostada con tomate. Desde la puerta del Museo del Patio veía los balcones de la calle, llenos de plantas, y las terrazas que empezaban a llenarse cerca de la calle de Argumosa. Los primeros visitantes llegaban de El Rastro con bolsas enormes.
Rafa miró una que parecía contener una silla.
—Un día traerán un armario y nos preguntarán dónde pueden dejarlo.
Inés se rio y abrió la puerta.
—Mientras no quieran colgarlo en una pared…
—No les des ideas. Tenemos poco espacio.
A sus veintidós años, Inés trabajaba allí los fines de semana y estudiaba arte de lunes a viernes. Le gustaba aquel museo pequeño, donde podía oír la lluvia desde casi todas las salas. Rafa llevaba tantos años allí que reconocía cada puerta por su ruido.
Inés subió a la primera planta. Su cuadro favorito estaba al fondo: un patio de Lavapiés, con ropa tendida, una ventana abierta y una maceta con flores rojas. Casi nadie se paraba delante. No era famoso ni grande, pero se parecía al patio de su abuela.
Lo había dibujado varias veces para un ejercicio de clase.
Aquella mañana se acercó y notó algo extraño.
Se fijó en la ventana. Recordaba una grieta muy fina en la pintura, desde el cristal de la ventana hasta la pared del patio. Ahora no estaba.
Inés dio un paso a la izquierda. Después, otro a la derecha.
—¿Buscas algo? —preguntó Rafa desde la entrada.
—La grieta.
—Espero que no sea una de verdad. Elena acaba de pagar al albañil.
—La del cuadro. Ven, por favor.
Rafa se acercó. Inés señaló la ventana sin tocar la pintura.
—Pasaba por aquí. Estoy segura de que estaba.
—Será la luz. Por la mañana cambia mucho.
—La semana pasada lo miré a esta misma hora.
—Tienes razón. Mi explicación acaba de perder fuerza.
Inés sonrió, pero siguió mirando. Entonces se dio cuenta de otro detalle: una flor roja tenía los bordes demasiado limpios. Antes parecía una pequeña mancha de forma irregular.
—Y esa flor no era así.
Rafa miró el cuadro y luego a ella.
—Habla con Elena. Pero deja que termine el café.
La directora la recibió en su despacho, entre carpetas y una impresora que hacía ruido sin sacar papel. Inés explicó lo que había visto. Al hablar con Elena, las palabras le salían más despacio.
—Puede que me equivoque, pero… parece otro cuadro.
Elena abrió el inventario en el ordenador.
—«Patio con ventana», sala dos. Según el inventario, no ha salido del museo.
—¿Podría haber cambiado algo?
—Cualquier cambio tendría que aparecer aquí.
En ese momento llegó Tomás. Llevaba una chaqueta clara y una pequeña cartera negra. Había ido a revisar una pintura de la planta baja.
—¿Tenemos un misterio? —preguntó con una sonrisa.
Elena le explicó la duda. Los tres subieron y Tomás miró el cuadro unos segundos.
—El barniz antiguo cambia mucho con la luz —dijo—. Puede confundir a alguien con poca experiencia.
Inés sintió calor en la cara.
—Pero yo me fijo en esa ventana cada semana.
—Eso está muy bien. Sigue observando. Con los años aprenderás a distinguir estas cosas.
Su voz era amable. Aun así, Inés se sintió como una niña que había interrumpido una conversación importante.
No contestó. Quizá tenían razón. Quizá había mirado tanto el cuadro que ya no lo recordaba bien.
A la hora de comer, se sentó en la pequeña cocina con su bocadillo y el cuaderno de dibujos. Lo abrió para pensar en otra cosa.
Encontró el dibujo del domingo anterior.
Dejó el bocadillo sobre el papel que lo envolvía.
Allí estaba la grieta: una línea fina sobre la ventana. Había escrito al lado: «No es una sombra».
Pasó el dedo por debajo de la línea. Su dibujo no se parecía a lo que acababa de ver arriba.
En la misma página había dibujado también el marco. En una de sus esquinas inferiores, una pequeña hoja de madera tenía la punta rota.
Inés volvió a la sala con el cuaderno de dibujos abierto. Se agachó ante el marco. La pequeña hoja seguía allí, rota exactamente igual. Después buscó la grieta una vez más.
Inés miró su dibujo y después el cuadro. El marco era el mismo. Lo que había dentro, no.