Inés encontró a Elena junto a la entrada. La directora recogía unos folletos que un niño había dejado en el suelo.
—Quiero comprobar una cosa —dijo Inés, con el cuaderno contra el pecho—. ¿Podemos mirar la fotografía del cuadro del patio?
Elena dejó los folletos sobre la mesa.
—Ya hemos mirado el registro. El cuadro no ha salido.
—Lo sé. Pero quiero comprobar la grieta.
Le enseñó el dibujo. Elena lo observó unos segundos y después miró hacia la sala.
—Ven a mi despacho.
Por la ventana del despacho llegaban voces de una terraza de la calle de Argumosa. Alguien reía y una camarera pedía paso. Inés seguía de pie mientras Elena buscaba en el ordenador la carpeta de fotografías de la colección.
La fotografía apareció en la pantalla.
Allí estaba la ventana pintada. Y sobre ella, la línea fina.
—¿Puede hacerla más grande? —preguntó Inés.
Elena amplió la imagen. La grieta cruzaba la madera clara de la ventana. La flor roja tenía un lado más ancho que el otro.
Inés sintió ganas de sonreír, pero esperó.
—Es diferente —dijo Elena.
Llamaron a la puerta abierta. Era Tomás, con una taza de café.
—¿Todo bien?
—Estamos comparando el cuadro del patio con su fotografía —explicó Elena.
Tomás se acercó a la pantalla. No parecía sorprendido.
—Ah, claro. Esa fotografía es anterior a la limpieza.
Inés apretó el cuaderno contra el pecho.
—¿Qué limpieza?
—La del viernes. Una limpieza y una pequeña restauración pueden cambiar bastante el aspecto de un cuadro.
Hablaba despacio, como un profesor que repetía una explicación sencilla.
—Pero la grieta… —empezó Inés.
—Se puede cubrir. Es parte del trabajo.
Elena se volvió hacia él.
—No recuerdo ninguna restauración de ese cuadro.
—Lo comentamos el viernes. Hablamos de varias reparaciones.
Elena se pasó una mano por la frente.
—Es verdad que hablamos de varias cosas. Tenía prisa por terminar las cuentas. Quizá no lo apunté.
Inés notó calor en las mejillas. Tomás sabía mucho más que ella. Sin embargo, en clase siempre les pedían fotografías y notas de cada trabajo.
—Entonces… ¿dónde está el informe? —preguntó.
Tomás la miró.
—¿Qué informe?
—El informe de la restauración. Con las fotos de antes y después.
Durante un momento solo se oyó el ruido de una moto en la calle.
—Estará entre los papeles del viernes —respondió Tomás—. Tengo que comprobar unas medidas arriba.
Se marchó con su taza.
Elena abrió un cajón.
—Tienes razón, Inés. El informe tiene que estar aquí. Espero que no falte también el permiso para hacer el trabajo.
Inés se sentó al borde de una silla. Elena revisó dos carpetas y después una bandeja llena de facturas.
—¿Falta el informe? —preguntó Inés.
—De momento, no lo encuentro.
Rafa apareció con las llaves en la mano.
—¿Buscamos algo pequeño? Porque mis gafas están encima de mi cabeza. Eso ya lo he comprobado.
Inés soltó una risa breve. Elena no levantó la vista.
—Busca el registro de movimientos, por favor. Y los permisos del viernes.
Rafa dejó de sonreír.
—Ahora mismo.
Volvió con un libro grande y una carpeta. Abrió el libro sobre una esquina libre de la mesa. Inés conocía aquellas páginas: Rafa apuntaba cada traslado, incluso cuando un cuadro solo cambiaba de sala.
—El viernes pasaron dos obras a la sala de conservación —dijo él—. Aquí están. Con el permiso de Elena.
Recorrió la página con un dedo.
—El cuadro del patio no aparece.
Elena miró otra vez sus carpetas y revisó los permisos que había traído Rafa.
—Aquí tampoco hay ningún informe. Ni permiso para una restauración de ese cuadro.
—No tiene sentido —dijo Inés.
Esta vez las palabras salieron con claridad.
Rafa cerró el libro, pero mantuvo la mano encima.
—Tomás se quedó hasta tarde el viernes. Yo cerré después.
Inés levantó la cabeza.
—¿Se quedó solo?
—Sí, en la sala de conservación. Estaba terminando el trabajo del cuadro grande. Tenía permiso para eso.
Elena miró la puerta antes de hablar.
—La falta de un papel no demuestra un robo. Pero tenemos que comprobar qué pasó.
Inés asintió. No quería acusar a nadie sin pruebas. Solo quería una explicación clara para todos aquellos cambios.
—Voy a cerrar un momento —dijo Elena.
Antes de que llegara a la puerta, apareció Tomás con varios documentos.
—Necesito una firma para la recogida de mañana. La furgoneta vendrá a primera hora y tendrán prisa.
Dejó una hoja sobre la mesa.
Inés vio una lista de títulos. El tercero decía «Patio de Lavapiés».
Su cuadro.
Miró a Elena, pero Tomás habló antes.
—Mañana se lo llevan —dijo Tomás—. A primera hora.