Elena acercó la lista y señaló el tercer título.
—Yo autoricé el envío de dos cuadros al taller, no de tres.
Tomás miró el papel.
—Será un error. Lo comprobaré.
—Compruébalo antes de traerme otro documento.
Elena habló con calma, pero dejó la hoja sobre la mesa sin firmarla. Tomás salió. Inés lo oyó bajar hacia la sala donde trabajaba aquella mañana.
Elena esperó unos segundos.
—Vamos a aplazar el envío.
Buscó el número del taller en la agenda del museo. No utilizó el que aparecía en el documento de Tomás.
—Buenos días. Soy Elena, del Museo del Patio. Necesito confirmar los cuadros que esperan mañana.
Inés miraba sus propias manos. Ahora que Elena hacía preguntas, tenía más miedo de estar equivocada.
—Sí, esos dos —continuó la directora—. ¿Y «Patio de Lavapiés»?
Hubo una pausa.
—Entiendo. Vamos a aplazar todas las recogidas. Les avisaré cuando tengamos una nueva fecha.
Colgó y miró a Inés.
—Nadie ha pedido tu cuadro. En el taller solo esperan los otros dos.
Inés quiso contestar, pero se quedó en blanco. Durante toda la mañana había buscado una explicación. Ahora prefería pensar que todo era un error.
—¿Qué hacemos? —preguntó al fin.
—Comprobar las cajas del almacén. Y desde ahora me encargo yo.
Elena llamó a Rafa por el teléfono interior. Cuando llegó, le explicó la conversación.
—Quiero que te quedes con nosotras —dijo—. Revisaremos el material siguiendo las normas.
Rafa miró a Inés.
—Bueno, hoy no tendremos una tarde aburrida.
La broma no consiguió hacerla sonreír, pero agradeció que Rafa estuviera allí.
El almacén era una habitación pequeña al fondo de la sala de conservación. Olía a madera y a papel. Desde la calle llegaba el ruido de una terraza, como si al otro lado del edificio aquel domingo no pasara nada especial.
Elena colocó en la puerta de la sala de conservación un aviso: «Recogidas aplazadas».
—Inés, espera aquí, en la entrada —indicó—. Rafa y yo abriremos las cajas. Apuntaremos todo lo que hagamos.
Inés asintió. Desde allí veía la mesa de trabajo y, al fondo, la puerta abierta del almacén.
Elena comparó los números de las cajas con la lista. Rafa anotó la hora y tomó fotografías con el móvil del museo.
Las dos primeras contenían los cuadros autorizados. La tercera era más estrecha. Entre los dos la llevaron hasta la mesa de la sala de conservación.
—Aquí pone «marco vacío» —leyó Rafa.
Elena revisó el documento.
—Ábrela con cuidado.
Dentro había un paquete envuelto en papel marrón. Inés observó cómo Rafa lo levantaba con las dos manos.
—Pesa bastante para ser un marco vacío.
Lo dejaron sobre la mesa, junto a la caja. Elena fotografió el paquete antes de retirar el papel.
Inés reconoció primero un trozo de cielo gris. Después apareció el balcón del patio, con su ropa tendida.
Sintió que se le secaba la boca.
—La ventana —dijo.
Elena terminó de retirar el papel.
Allí estaba la grieta. Cruzaba la ventana como una línea de lápiz. Y, junto a la puerta pintada, la flor roja tenía un lado más grande que el otro.
—Es este —dijo Inés—. Mirad la flor.
Dio un paso hacia la mesa, pero se detuvo.
—Quédate en la entrada, por favor —le pidió Elena con suavidad—. Desde aquí vemos bien los detalles.
Rafa apartó las manos del cuadro.
—Un marco vacío con patio y ventanas. Bastante completo.
Esta vez nadie se rio.
Inés miró la caja y luego el papel marrón. El cuadro iba a salir entre materiales de un envío autorizado. Mientras tanto, la copia seguiría arriba, en el marco de siempre. Quizá pasarían meses antes de que alguien notara algo. Ahora entendía cómo podía funcionar el plan.
—La copia era para que no notáramos que faltaba el original —dijo.
Elena asintió despacio.
—Eso parece. Esta caja es una prueba importante. Tenemos que avisar a la policía.
Hizo la llamada desde allí y explicó lo que habían encontrado. Después cerró el almacén con llave. El cuadro quedó sobre la mesa de la sala de conservación, junto a la caja abierta.
—Nadie más entra ni toca nada —dijo—. Rafa, quédate aquí conmigo. Vigilaremos la entrada hasta que llegue la policía.
Inés volvió a su sitio junto a la puerta. Poco después oyó pasos.
Tomás apareció en el pasillo.
—He venido por mi maletín de herramientas.
Vio el aviso de las recogidas aplazadas. Luego miró hacia el interior de la sala. Elena se colocó en la entrada, pero detrás de ella se veía la caja abierta.
Tomás dejó de sonreír.
—Esa caja no deberían haberla abierto.