Inés cerró su cuaderno y lo apretó contra el pecho. Tomás seguía mirando la caja, sin acercarse.
—Es un trabajo normal del taller —dijo—. Si me dejas explicarlo…
—No voy a discutir contigo —respondió Elena—. La policía está de camino.
Tomás miró hacia el pasillo. Inés dio un paso atrás para dejar libre la puerta.
—Habéis entendido mal los documentos.
—La lista dice «marco vacío» —dijo Elena—. Pero dentro estaba el original de «Patio de Lavapiés». Además, he hablado con el taller. Nadie pidió ese cuadro.
—A veces las listas tienen errores.
—Un error no explica la copia que está en nuestra pared.
Tomás se quedó callado. Desde la calle llegó el ruido de una moto. Fuera seguía siendo un domingo normal. A Inés le pareció extraño.
—Podemos arreglarlo —dijo él al fin.
Elena no se movió.
—¿Arreglar qué?
Tomás bajó los ojos.
—La venta. Todavía no me han pagado.
A Inés se le secó la boca. Hasta aquel momento, una parte de ella todavía esperaba otra explicación.
—¿Hiciste tú la copia? —preguntó Elena.
—Sí.
—¿Para vender el original?
—A un comprador particular. Era un cuadro pequeño. Nadie preguntaba por él. Pensé que nadie iba a prestar atención.
Inés miró la caja abierta. Aquel patio tenía ropa tendida, ventanas desiguales y una flor mal pintada. Para ella, esas cosas merecían atención.
Cuando llegaron dos policías, Elena les entregó los documentos. Hablaron con Tomás y después hicieron preguntas a cada uno por separado. Inés contó lo que había visto, desde la grieta desaparecida hasta el título en la lista.
Esta vez no bajó la voz.
Antes de marcharse, una agente le pidió que conservara todas las páginas del cuaderno.
—No voy a borrar ni una línea —respondió Inés.
El domingo siguiente, el sitio del cuadro estaba vacío. Inés se detuvo delante de la pared. Habían podido recuperar la pintura, pero aún faltaban varias comprobaciones.
Elena la llamó a su despacho.
—Quiero pedirte disculpas —dijo, sin abrir ninguna carpeta—. No te escuché como debía.
Inés apretó las manos sobre las rodillas.
—Tomás sabía mucho más que yo.
—Sabía de pintura. Pero no decía la verdad. Tú nos mostraste detalles y nos hiciste preguntas. Yo preferí confiar en él.
Inés no sabía qué contestar.
—Debí prestar atención —añadió Elena—. Tengo que reconocer mi error, no buscar una excusa.
Aquello sorprendió a Inés casi tanto como la confesión de Tomás.
—Gracias por decirlo.
—Y gracias a ti por insistir. Pedir disculpas no basta. Vamos a cambiar algunas cosas.
Le mostró una hoja nueva: cada trabajo necesitaría fotografías, un informe y la firma de dos personas. También revisarían el contenido de las cajas antes de cerrarlas.
Días después, una especialista que no trabajaba para el museo confirmó que el cuadro de la caja era el original. La pintura que habían colgado en su lugar era una copia reciente.
Rafa recibió la noticia junto a Inés, mientras tomaban café con tostadas de tomate.
—Sesenta y un años, y todavía aprendo —dijo.
—Eso está bien.
—Conozco todas las puertas que hacen ruido. Pero a veces vale más saber mirar una ventana pintada.
Inés sonrió.
—También ayudaste tú.
—Claro. Alguien tenía que abrir las puertas.
Varias semanas después, «Patio de Lavapiés» volvió a su sala. Inés llegó temprano y lo encontró bajo una luz suave. La grieta cruzaba la ventana. La flor roja seguía un poco torcida.
Elena se acercó con una propuesta.
—¿Nos dejarías mostrar aquel dibujo de tu cuaderno, con la fecha en que lo hiciste? Haremos una pequeña exposición sobre cómo mirar.
Inés abrió el cuaderno y observó la página, llena de líneas y notas.
—No está terminado.
—No importa. Enseña cómo trabajabas y en qué detalles te fijabas.
—Entonces sí.
El domingo de la apertura, las terrazas cercanas estaban llenas. Desde los balcones colgaban sábanas que se movían con el aire. Llegaron visitantes de El Rastro con bolsas enormes.
Rafa miró la entrada de la sala.
—Ahora hacen cola hasta las bolsas.
Inés se rio. Una niña señaló el dibujo y después buscó algo en el cuadro. Su padre se inclinó a su lado.
Había merecido la pena volver a preguntar. También reconocer un error había cambiado algo: Elena estaba allí, escuchando a los visitantes.
Inés se quedó cerca, con el cuaderno abierto.
Junto al dibujo de Inés había una pregunta: «¿Puedes encontrar la pequeña flor roja?» Por primera vez, había cola para mirar aquel cuadro.