Empujé la puerta con el hombro. La madera, hinchada por la humedad, no se movió.
—Ocho años sin verme y me recibes así.
La casa de mi abuela no respondió. Insistí hasta que la puerta rozó el suelo con un quejido. Entré sudando, con la maleta detrás y una semana por delante: siete días para ordenar las cosas de Ofelia antes de organizar la venta. Me parecía suficiente. Yo había dado por hecho muchas cosas antes de llegar.
Dentro olía a madera húmeda y al jabón que mi abuela guardaba entre las sábanas. En la pared quedaba un rectángulo más claro donde había estado su retrato de boda. Junto a la ventana, las patas de su sillón habían dejado cuatro marcas en el suelo.
Me resultó más difícil mirar aquellas marcas que el certificado de defunción.
—Bueno —dije—. Primero, las ventanas.
—Primero, el café.
Berta apareció en la puerta con un termo y dos tazas. A sus setenta y seis años seguía entrando sin avisar, como si las casas de Cayo Hueso fueran habitaciones de una sola vivienda enorme.
—¿Cómo sabías que había llegado?
—Te oyó medio barrio peleando con la puerta. Toma, mi niña.
El olor del café recién colado llenó el recibidor.
—Solo tengo una semana, Berta.
—Ya me lo dijiste por teléfono.
—Necesito separar los papeles, regalar la ropa, hablar con alguien que me ayude a vender…
—¿Y despedirte? ¿Eso va entre la ropa y los papeles?
Conté cuatro tiempos con los dedos contra la taza.
—Despedirme no arregla el techo.
—Vender tampoco lo arregla todo.
—No estoy intentando arreglarlo todo.
Berta me miró por encima de sus gafas.
—Eso espero. Porque sería mucho trabajo para siete días.
Sonreí a pesar mío.
Desde el balcón vecino llegó una voz pidiendo sal. Una moto pasó por la calle; más lejos, alguien practicaba un ritmo con una insistencia que recordaba de mi infancia.
—El barrio sigue igual —dije.
—No te creas. Cambiamos hasta los viejos. Despacio, para no marearnos.
Berta dejó el termo en una mesa y señaló la sábana que cubría un bulto en la sala.
—Tu abuela nunca quiso quitarlo.
Tiré de la tela. Una nube de polvo me hizo estornudar. Debajo apareció el piano vertical, con una esquina rota y dos teclas amarillentas.
Toqué un acorde.
—El piano desafinado —murmuré—. Faltaba él.
—Te estaba esperando.
—Pues podía haber aprovechado para afinarse.
Berta soltó una carcajada.
De niña, yo tocaba mientras Ofelia cocinaba. Ella cantaba desde la cocina, golpeando una cuchara contra el borde de la olla.
—¡Más despacio, Alma! ¡Que el arroz no puede bailar tan rápido!
Ahora la cocina estaba vacía. No había olla ni cuchara. Aparté la mano del teclado.
Recordé una cinta familiar: conversaciones, canciones, el ruido de platos. En ella había un bolero que empezaba con cuatro notas suaves. Cada vez que sonaba, mi abuela cruzaba la habitación y apagaba el aparato.
—Esa está mal grabada —decía.
Nunca dejaba que la canción llegara al final.
—¿Te acuerdas de un bolero que Ofelia no quería escuchar? —pregunté.
Berta dejó de frotar con el dedo una mancha de su taza.
—Tu abuela tenía sus cosas.
—Eso no es una respuesta.
—Es la que tengo ahora.
Antes de irse, me apretó el brazo.
—Si necesitas algo, llamas. Aunque sea para decir: «Berta, ven, que esta casa me queda grande».
—¿Y si es de madrugada?
—También. Pero a esa hora el café lo pones tú.
Aquella noche abrí la maleta sobre la cama de mi antiguo cuarto. El calor me pegaba la sábana a las piernas. Me dormí escuchando un televisor al otro lado del patio.
Me despertó un silencio extraño. El televisor ya no se oía. Tampoco llegaban voces ni motores de la calle.
Entonces sonaron las cuatro notas.
Miré el teléfono: las doce.
Hasta el ventilador parecía haberse callado para escuchar el piano desafinado.
Me levanté.
En la sala, las teclas bajaban solas.
No había nadie sentado.
Se me puso la piel de gallina antes de que pudiera encontrar una explicación.
—Un altavoz —dije—. Tiene que haber un altavoz.
Encendí la luz. La música continuó. Miré detrás del piano, debajo del banco, entre los pedales. Busqué cables, un mecanismo, cualquier cosa que me permitiera pensar que aquello tenía una explicación normal.
Nada.
—Muy gracioso —murmuré, sin saber a quién se lo decía.
El bolero avanzó hasta una pausa. Esperé la última frase.
No llegó.
Las teclas quedaron quietas. Luego sonaron otra vez las cuatro notas del principio.
Aunque seguía teniendo la piel de gallina, empecé a escuchar como pianista. La melodía pedía una respuesta, una pequeña bajada hacia el acorde final. Pero volvía a quedarse a medias.
—Así no se termina —dije.
Me senté. Si alguien esperaba que saliera corriendo, tendría que esperar. Conté los compases con los dedos sobre mis rodillas y, cuando llegó el silencio, puse las manos en el teclado.
Toqué un final sencillo. No era brillante, pero cerraba la frase.
Apenas levanté las manos, la tapa del teclado se cerró de golpe. No llegó a tocarme los dedos, pero el ruido resonó por toda la casa.
Me quedé inmóvil, con las manos suspendidas en el aire. A mi lado, el banco se hundió ligeramente, como si alguien acabara de sentarse.
Entonces una mujer habló junto a mi oído:
—Ese no es el final, Alma.