A las nueve de la mañana, la casa volvía a tener explicaciones. La humedad hinchaba las puertas; una guagua hacía temblar los cristales al pasar. Hasta el piano parecía incapaz de guardar un secreto.
Llamé a Tomás, el afinador cuyo número Berta había escrito junto al teléfono.
—El piano lleva años sin revisarse. Quisiera que vinieras a mirarlo.
Lo de los años era verdad. Lo de la mujer junto a mi oído podía esperar.
Tomás llegó con una caja de herramientas y la camisa pegada a la espalda. Quitó la tapa superior y examinó el interior.
—El fieltro está gastado. Aquí hay una pieza suelta. ¿Qué ruido escuchaste?
—Una melodía.
Me miró.
—Eso ya exige más organización.
Su calma me permitió respirar. Mientras ajustaba un tornillo, le conté que las teclas se habían movido. Evité mencionar la voz.
—Si hubiera algún mecanismo escondido, tendríamos que dar con él —dijo—. Pero aquí solo veo un piano viejo.
—¿La humedad podría hacerlo tocar?
—Podría dejar una tecla atascada. Un bolero, no. Ni aunque se quedara a medias.
Me tranquilizó que pudiera hablar de aquello sin bajar la voz.
Berta apareció con café y tres tazas, como si hubiera sabido cuántos éramos antes de salir de su casa.
—¿Ya resolvieron?
—Estamos resolviendo —dije—. Con herramientas y sin milagros.
Para mí, resolver siempre había sido eso: encontrar una solución práctica con lo que hubiera a mano. Ocho años fuera de Cuba no me habían quitado aquella costumbre.
Berta me pidió que tocara lo que había oído. Levanté la tapa del teclado. Al llegar al punto donde la melodía siempre se detenía, ella dejó la taza.
—Ese bolero es de Celia.
—¿Qué Celia?
—La hermana mayor de tu abuela.
Solo conocía su nombre, mencionado alguna vez con tanta rapidez que parecía una equivocación.
—¿Ofelia tenía una hermana que componía?
—Y que cantaba. Escribió eso para que lo cantaran las dos.
—Mi abuela nunca me lo contó.
Berta pasó un dedo por el borde de su taza.
—Tu abuela sabía hacerse la sorda cuando una pregunta no le convenía. Te ofrecía comida hasta que se te olvidaba lo que querías saber.
Reconocí el método.
—¿Qué pasó?
—Discutieron. Poco después, Celia enfermó de repente y murió. Tenía veintisiete años.
—¿Por qué discutieron?
—No estaba allí, mi niña. Sé lo que vi y lo que me contaron. Lo demás no voy a inventártelo.
Esa tarde busqué entre las fotografías del aparador. Quería dar con alguna prueba de que Celia había existido fuera de aquella melodía.
La encontré al fondo de una caja: dos jóvenes junto al piano. Ofelia estaba sentada; la otra se inclinaba sobre su hombro. Sonreían como si acabaran de esconder algo. En el reverso ponía: «Celia y yo. Ensayo muy serio».
Mi abuela también había sido aquella muchacha. No solo la mujer que mandaba callar, servía porciones enormes y nunca parecía dudar.
Cuando Tomás volvió para recoger una herramienta que se había dejado, le enseñé la foto. Luego le conté lo de la voz.
No se rio.
—Si te hubieras quedado medio dormida, podrías haber mezclado el sueño con la música.
—También podría estar perdiendo la cabeza.
—Una cosa cada vez.
Conté cuatro compases con los dedos sobre la mesa.
—¿Te quedarías hasta las doce?
Miró mis dedos.
—Sí. Quiero ver qué ocurre.
—Y no quieres dejarme sola.
—También. Tengo varias cualidades.
Berta volvió después de cenar. Dijo que no pensaba perderse una investigación importante por acostarse temprano.
Cerca de medianoche, el calor seguía encerrado en las paredes. Desde un balcón llegó una discusión sobre una olla prestada. Después, hasta los perros callaron.
El silencio me apretó el pecho.
La primera tecla bajó.
Tomás dejó su taza sin hacer ruido. Otra tecla se hundió, y luego otra.
—Lo estás viendo —susurré.
—Sí.
Busqué su mirada, pero él observaba la ventana de la pared de enfrente del piano. En el cristal oscuro había un reflejo que no era nuestro.
Una joven estaba sentada al teclado.
Me volví hacia el piano. El banco estaba vacío.
Miré de nuevo el reflejo. La reconocí por la fotografía.
—Celia.
—Por fin —dijo ella—. Pensé que ibas a tocarme otra vez ese final tan apurado.
Tomás se acercó un paso al piano y se detuvo.
—Esto no tiene ni pies ni cabeza.
—Cabeza tengo. Y pies también —respondió Celia.
Yo no sabía si reír o correr. Su reflejo parecía sólido, pero en el banco solo había aire.
—¿Qué quieres?
—Que dejen de tocar donde tiene que cantar mi hermana. Ese silencio no está vacío.
En el reflejo, señaló las teclas.
—Es un dúo, Alma. Yo canto, ella responde. Hay pausas para que entre su voz. No es una pieza para que tú luzcas las manos.
—No intentaba lucirme.
—Pues mejor.
Su impaciencia me daba menos miedo que la posibilidad de que estuviera esperando algo imposible.
—Ofelia no va a cantar.
—Dices las cosas como si cerraras una puerta.
—Murió, Celia. Por eso estoy aquí.
La sonrisa desapareció del reflejo.
Durante unos segundos no se movió. Después bajó los ojos, como si buscara a alguien sentado a su lado.
—Yo la oía caminar —dijo muy bajo—. Últimamente caminaba despacio.
Berta se llevó una mano a la boca.
—Guardaba algo —añadió Celia—. La vi esconderlo.
La mujer señaló el banco del piano.
—Si Ofelia no dejó una respuesta ahí dentro, ya no podré escucharla.