Levanté la tapa del banco. Dentro había unas partituras, un sobre amarillento y una cinta de casete. En el sobre, mi abuela había escrito un nombre: Celia.
Miré hacia la ventana. El reflejo había desaparecido.
—¿Se fue? —pregunté.
—No la veo —respondió Tomás—. No sé si es lo mismo.
Berta acarició el sobre con un dedo.
—Esa letra no cambia. Hasta para escribir una dirección parecía estar dando órdenes.
Dejé todo sobre el piano. Afuera arrancó una moto, y el ruido me tranquilizó más de lo razonable.
—Necesitamos escuchar la cinta —dijo Tomás—. Conozco a alguien que todavía tiene un aparato.
—¿Que funcione?
—No prometo tanto antes del desayuno.
Volvió por la mañana con un reproductor prestado. Berta llegó detrás con café. Yo seguía mirando el sobre cerrado.
—No era para mí —dije.
—Ya vimos el nombre, mi hija.
—Abrirlo sería meterme donde no me llaman.
Berta dejó las tazas sobre una bandeja.
—Respetar a los muertos no es dejar todas sus cosas sin tocar. A veces hay que atreverse a escuchar lo que no pudieron decir.
Metí un dedo bajo la solapa. El papel cedió con un ruido seco.
La carta comenzaba sin fecha.
«Celia:
»No sé pedir perdón sin empezar a explicar. Voy a intentar hacerlo al revés. Perdóname por lo que te dije».
Me senté.
Celia había recibido una oferta para cantar con un pequeño grupo fuera de La Habana. Quería probar durante unos meses. Ofelia quería que se quedara. Primero habían discutido por el dinero del viaje; después, por quién cuidaría la casa.
«Te dije que nadie iba a querer escucharte cantar. No lo pensaba. Sabía que era mentira y lo dije porque quería que tuvieras miedo de irte».
Leí aquella frase dos veces.
—Qué cosa más… —empecé.
—Cruel —dijo Berta—. Se puede querer mucho a alguien y ser cruel.
La enfermedad había llegado pocos días después. Fue tan rápida que la discusión seguía pendiente cuando Celia murió.
«Pensé: mañana hablamos. Después ya no hubo mañana para eso».
La carta me pesó entre las manos.
Ocho años fuera, y yo había dejado tantas conversaciones para después. Cuando mi abuela preguntaba cuándo volvería, yo hablaba del precio de los pasajes. Si mencionaba la soledad, le preguntaba por una gotera. También sabía evitar una conversación sin dejar de contestar.
Seguí leyendo.
Años más tarde, Ofelia había oído el bolero a medianoche. Reconoció la pausa donde debía entrar su voz, pero no se acercó al piano.
«Creí que habías vuelto para echarme en cara mis palabras. Me tapaba los oídos. Ya ves: tú esperando una respuesta y yo haciendo oídos sordos otra vez».
Había escrito una estrofa para responderle. Estaba en la partitura, bajo la melodía original. Nunca se había atrevido a cantarla.
—Pero grabó algo —dije.
Tomás colocó la cinta en el aparato.
Se oyó un golpe, una respiración y, de pronto, la voz de mi abuela.
—¿Ya está encendido esto? Bueno. Celia, escucha primero y protesta después.
Solté una risa que me dolió.
La voz era algo ronca, lenta, conocida.
—Tenía miedo de quedarme sola. Por eso… No. Así parece que la culpa la tuvo el miedo.
Hubo un roce de papel.
—El miedo explica lo que hice. No lo vuelve justo. Tú querías cantar. Yo quería que me necesitaras.
Berta bajó la cabeza.
—No puedo dar marcha atrás —continuó Ofelia—. He pensado mucho en lo que diría si pudiera, pero pensar no es pedir perdón. Perdóname por haberte herido para que no te fueras.
Después recitó la estrofa. Se equivocó, volvió al principio y terminó casi sin aire.
—Tu camino no era mío, ni tu voz me pertenecía. Por miedo cerré la puerta cuando tú salir querías.
El aparato siguió girando unos segundos.
—Ahora habría que cantarlo —murmuró Ofelia—. Mañana pruebo.
Tomás detuvo la cinta.
Nadie dijo nada.
A las doce estábamos los tres junto al piano. El calor nos pegaba la ropa al cuerpo. Antes de la primera nota, los ruidos de la calle parecieron alejarse.
Celia apareció reflejada en el cristal oscuro.
Puse en marcha la grabación. Esperaba que, al escucharla, sonriera y pudiera irse. Una solución sencilla: pulsar un botón, cerrar una herida.
Pero cuando terminó, Celia seguía allí.
—La oigo —dijo—. Pero no puedo responderle a una máquina.
—Es su voz.
—Sí. Y me alegra escucharla. Pero la cinta no me escucha a mí.
Miró la partitura.
—Esto es un dúo. Hace falta alguien vivo al otro lado.
—Soy pianista, no cantante.
—Tienes voz.
—También tengo pies y no por eso bailo bien.
Sonrió apenas.
—No quiero quedarme con las ganas otra vez, Alma.
Conté cuatro compases con los dedos sobre mis rodillas.
—¿Y si lo hago mal?
—Entonces lo haces mal. Pero me respondes.
Las teclas comenzaron a moverse y sonó la introducción. Busqué la primera frase en la partitura, deseando que hubiese tiempo para ensayar. El reflejo de Celia empezó a desvanecerse.
La música se hizo más lenta.
No podía volver atrás ni conseguir que el miedo desapareciera de golpe. Podía esperar a estar segura y dejar aquella respuesta sin cantar. O podía abrir la boca.
—No necesito que tengas su voz —dijo Celia, cada vez más transparente—. Necesito que no te calles tú también.