—Tomás, toca tú.
Me levanté del banco y le puse la partitura delante. Las teclas seguían bajando solas, cada vez más despacio.
—No puedo estar pendiente del piano y mirarla al mismo tiempo.
Tomás se sentó sin hacer preguntas. Esperó un compás y apoyó las manos sobre el teclado. La música recuperó el ritmo.
Berta se quedó junto a mí. No me explicó qué debía hacer ni qué significaba aquella noche. Su hombro rozaba el mío. Por una vez, no traía café.
Busqué mi cara en la ventana. Al lado estaba Celia, tan pálida que podía ver el balcón de enfrente a través de su vestido. Su reflejo seguía perdiendo fuerza. No podía esperar a sentirme preparada.
Abrí la boca.
—Quise cerrar la puerta para que no te marcharas…
La voz me salió temblando. Aquellas palabras eran de mi abuela, pero el aire, la vergüenza y el miedo eran míos.
—Y te herí con las palabras que sabía que te dolían…
Fallé la nota siguiente. Un sonido demasiado agudo se quedó suspendido sobre el piano. Cerré la boca.
Celia levantó una ceja.
—Para desafinar también hace falta valor. En esta familia preferimos morir antes que repetir una nota.
Solté una carcajada corta, casi un golpe de tos. Berta se tapó la boca, pero se le escapó la risa. Hasta Tomás sonrió sin perder el ritmo.
—Muy amable —dije.
—No he esperado tantos años para que ahora te pongas fina.
Volví a respirar. Ya no estaba haciendo un examen. Había alguien esperando una respuesta.
Celia cantó su primera estrofa. Su voz era clara y tenía una alegría que me sorprendió:
—Quiero conocer caminos que me lleven lejos de aquí; quiero cantar en otras casas sin dejar de ser de aquí.
Miró hacia el lugar vacío a mi lado.
—No te pido que me sigas, ni que te alejes por mí. Deja abierta nuestra puerta: llevo esta casa dentro de mí.
Tomás llegó al estribillo y tocó un poco más suave. Esta vez reconocí el silencio: no faltaba música. Me tocaba entrar.
—Tuve miedo de perderte y quise decidir por ti. Pero el miedo no me daba el derecho de herir.
Me temblaron las rodillas. Berta me ofreció el brazo y seguí.
—No era tu voz la pequeña; era yo quien no escuchaba. Quise retenerte en casa y te cerré la ventana.
Celia dejó de mirar el reflejo de la calle. Ahora me miraba a mí. Todavía podía ver el balcón a través de ella, pero su cara ya no se desdibujaba.
—No debió decir aquello —susurró.
Tomás sostuvo el acorde.
—No —contesté.
No añadí que Ofelia había sufrido, que era joven o que tenía miedo. Todo eso explicaba sus palabras; nada las volvía menos crueles.
Canté los últimos versos de la respuesta:
—No te pido que lo olvides, ni que vuelvas por piedad. Hoy te escucho sin pedirte que renuncies a cantar.
Celia cerró los ojos.
—Quería hacer las paces —dijo—. Pero también quería irme. Las dos cosas.
—Ahora lo sé.
—Ella también lo supo. Tardó bastante, la muy terca.
Sonrió, aunque le brillaban los ojos. Después volvió la cara hacia el espacio vacío a mi lado.
—Me dolió, Ofelia. Pero esta vez me has contestado.
Tomás repitió el estribillo. Yo ya no temía desafinar. Canté con Celia hasta que llegó aquella frase que siempre había quedado a medias. Entonces dejé que la cantara sola.
Su voz sonó firme:
—Quien me quiere abre la puerta; yo sabré cómo volver.
En la ventana apareció otra mujer. Joven, de mejillas redondas, con la cabeza ligeramente inclinada: mi abuela antes de ser mi abuela. La reconocí por la fotografía de las dos hermanas.
Los dos reflejos estaban sentados juntos. Ofelia abrió los labios, pero no oí palabras. Celia le dio un pequeño golpe con el hombro, como quien reclama sitio en un banco demasiado estrecho.
Después se apagó el último acorde.
Tomás se levantó. El banco quedó vacío y en la ventana solo vi nuestras tres caras.
Desde la calle llegó el ruido de una bicicleta. Alguien llamó a un vecino. Yo tenía la cara mojada.
—Cantaste hasta el final —dijo Berta.
—Y desafiné.
—Muchacha, no abuses. Ya nos dimos cuenta.
Aquella vez solté una carcajada de verdad.
A la mañana siguiente llamé para aplazar los trámites de la venta.
No prometí conservar la casa para siempre. Había goteras, gastos y una vida esperándome fuera de Cuba. Quería averiguar si podía cuidarla sin arruinarme ni quedarme solo por culpa. Me daría algo más de tiempo para revisar las cuentas y pensar qué podía hacer allí.
Si hubiera leído antes aquella carta, habría entendido mejor a mi abuela. Si hubiera hablado con ella sin tanta prisa, quizá nos habríamos dicho cosas importantes. Eso no habría evitado su muerte. Pero yo todavía podía terminar algunas conversaciones con quienes seguían aquí.
Dos semanas después organizamos una noche de música. Cada cual trajo algo: café, pan, una silla. Berta anunció que todos podían sentirse como en su casa, siempre que luego ayudaran a recoger.
Repartí copias del bolero: «Música y letra de Celia. Verso de respuesta de Ofelia».
Cantamos el estribillo dos veces. Nadie quiso quedarse a medias.
Pasaron las doce. El piano guardó silencio hasta que yo lo toqué.
Hacer las paces no había arreglado el techo. Pero aquella noche había sitio para todos.
Un vecino que acababa de llegar se acercó al piano con una copia del bolero en la mano.
—¿Y cómo termina? —preguntó.
Sonreí y puse las manos sobre las teclas.
—Esta vez, lo cantamos juntos.