Llego diez minutos antes a la clase de tango. Afuera, Mendoza todavía tiene el calor de marzo. Adentro, las ventanas están abiertas. Hay música y varias personas hablan junto a las sillas.
Una pareja practica un paso cerca de la puerta. Ella gira. Él sonríe. Sus pies saben adónde van.
Los míos quieren volver a casa.
Miro mi bolso. Tengo las llaves. Todavía puedo salir.
—¿Clara? Vení, soy Elena.
La profesora tiene una sonrisa grande y zapatos rojos.
—Tu papá dice que sabés mucho de uvas.
—De uvas, sí. De bailar, nada.
—Entonces estás en el lugar correcto.
Dejo el bolso en una silla. Me seco las manos en el pantalón.
—Tengo un poco de vergüenza —digo.
—Acá todos aprendemos. Mirá, tu pareja también empieza hoy.
Un hombre levanta la mano desde otra silla.
—Soy Tomás. ¿Querés bailar?
Miro a Elena. Después miro los zapatos de Tomás. Son marrones.
—No sé.
—Yo tampoco sé —dice él—. Por eso pregunto.
Me río, pero no me acerco.
Tomás mira la puerta.
—Ya la miré dos veces. Estoy buscando el mejor momento para escapar.
—Yo casi me voy al llegar.
—Entonces somos una buena pareja. Vos buscás la salida. Yo llevo los bolsos.
Ahora sí me acerco.
Elena baja la música.
—Primero vamos a caminar. Nada de pasos difíciles. Despacio. Escuchen la música y caminen juntos.
Tomás me ofrece la mano.
—Otra vez: ¿querés bailar?
—Sí. Pero despacio.
Su mano está tibia. La mía, también. Demasiado tibia.
Damos un paso. Después otro.
—Ahora, paramos —dice Elena.
Yo paro. Tomás da otro paso y queda muy cerca.
—Perdón —dice.
—Todavía tenés los dos pies. Vamos bien.
Empezamos otra vez. Miro el suelo, sus zapatos, mis zapatos.
—Clara, levantá un poquito la cabeza —dice Elena—. El suelo no va a cambiar de lugar.
Levanto la cabeza.
Y piso a Tomás.
—¡Perdón!
—No pasa nada.
Un momento después, él pisa mi zapato.
Nos quedamos quietos.
—Ahora estamos iguales —dice muy serio.
Me río fuerte. Una mujer nos mira y sonríe.
Ya no tengo tanta vergüenza.
La música sigue. Caminamos despacio. Un paso, otro paso, una pausa. No hacemos nada especial. Pero, por primera vez, siento que puedo bailar.
Al terminar la clase, busco mi bolso.
—¿Venís la semana que viene? —pregunta Tomás.
—Sí. Voy a practicar caminar sin pisar personas.
—Yo voy a traer zapatos más grandes.
Quiero preguntarle dónde vive. O qué hace. O si siempre hace tantos chistes.
Pero digo adiós y salgo.
En la calle, todavía sonrío.
A la mañana siguiente estoy en nuestro viñedo, en Maipú. Los Andes se ven a lo lejos. El aire fresco huele a tierra.
Acá mis manos saben qué hacer.
Reviso las uvas y preparo las canastas. Corto uvas y las pongo en una canasta. Tengo los dedos violetas antes del desayuno.
Mi padre aparece con el mate.
—Tomá, Clara. Hoy tenemos ayuda.
—¿Quién viene?
—Ayer contraté a un muchacho para la cosecha. Parece trabajador.
Deja el mate sobre una mesa.
—Explicale todo despacio. Las uvas no hablan, pero escuchan.
—Papá, por favor.
Él camina hacia la entrada.
Me doy vuelta. Primero veo unos zapatos marrones.
Conozco esos zapatos.
Tomás está junto a mi padre. Los dos sonreímos.
—Hola, compañera. ¿Acá también vamos a bailar?