—Acá vamos a trabajar —le digo—. Primero, mirá mis manos.
Tomás mira mis dedos violetas. Después mira las uvas.
—Mis zapatos están listos. Mis manos, no sé.
Caminamos entre las plantas. El sol de marzo ya calienta mi espalda.
Le muestro cómo cortar las uvas con una tijera.
—Con cuidado. Poné una mano abajo. Así no caen al suelo.
Tomás prueba. Corta unas uvas y las deja en la canasta.
—¿Así está bien?
—Muy bien. Ahora vamos a probar con estas.
En el viñedo no tengo miedo de explicar las cosas. Las palabras salen solas.
Tomás escucha y mira mis manos. Trabaja despacio.
Cuando la canasta está llena, intenta levantarla lejos del cuerpo.
—Pará. Acercá la canasta al cuerpo. Usá las dos manos.
—¿Ahora?
—Sí. La llevamos juntos hasta la mesa.
Caminamos con pasos cortos.
—Despacio —digo—. Juntos. Pará acá.
Dejamos la canasta en el suelo, junto a la mesa.
—Una pregunta importante —dice Tomás—. ¿La uva también tiene que seguir la música?
Me río tan fuerte que mi padre aparece entre las plantas.
—La uva no baila —dice—. Pero durante la cosecha todos terminamos pisando algo.
—Papá, eso no es una explicación.
—Es una advertencia.
Un rato después, descansamos bajo un árbol. A lo lejos se ven los Andes. Papá trae empanadas y prepara el mate.
Siempre encuentra una razón para invitar a alguien a comer.
—Comé, Tomás. Para la cosecha hacen falta manos y comida.
Tomás acepta una empanada.
—Gracias, Rubén. Esto es mejor que mi desayuno.
—¿Qué desayunás? —pregunto.
—Pan. A veces, más pan.
Me cuenta que llegó de Córdoba hace un mes. Dibuja carteles y menús para pequeños negocios.
—Busco clientes. Mientras tanto, trabajo en la cosecha.
—¿Y te gusta?
Mira sus dedos violetas.
—Estoy aprendiendo. Pero mis dibujos tienen menos manchas.
Tiene jugo de uva en la mejilla. Abro la boca.
—Vos tenés...
Él espera.
—¿Más hambre? Sí.
—No. Tenés jugo de uva acá.
Señalo mi propia mejilla. Él se limpia del lado equivocado.
—Del otro lado.
—Ah. Necesito instrucciones para todo.
Le paso una servilleta. Nuestros dedos se tocan. Esta vez, no encuentro ninguna explicación.
En la siguiente clase de tango, reconozco su sonrisa desde la puerta.
—Hoy tengo las manos limpias —me dice.
—Vamos a probar con los pies.
Elena pone música. Tomás y yo empezamos a caminar.
Estoy nerviosa. No puedo dejar de mirar nuestros zapatos.
—Despacio —dice él—. Juntos. Pará acá.
Levanto la cabeza.
—Esas instrucciones son mías.
—También funcionan sin canasta.
Me río. Ahora camino más tranquila y seguimos la música.
Me gusta conocerlo en los dos lugares. En el viñedo sabe escucharme. Acá sabe hacerme reír.
Al día siguiente, papá nos llama a la mesa del patio.
—Vamos a hacer una pequeña fiesta por la vendimia.
—¿Vas a invitar a alguien de la clase? —pregunto.
—A Elena. Va a ayudarnos con la música.
Después mira a Tomás.
—Necesitamos un cartel. ¿Querés dibujarlo?
Tomás acepta. Busca papel y empieza a dibujar unas uvas.
Papá vuelve al trabajo. Yo me quedo junto a la mesa.
—¿Necesitás saber la hora de la fiesta? —pregunto.
Tomás mira hacia las plantas.
—Quiero hablar con vos. A solas.
Espero otra pregunta sobre el cartel.
Tomás deja el lápiz sobre la mesa.
—Clara, quiero invitarte a algo. Pero esta vez no es trabajo.