Miro a Tomás. Él espera junto a la mesa.
—¿Qué querés hacer? —pregunto.
—Podemos merendar acá, después del trabajo. Vos y yo.
—¿Sin mi padre y sus chistes?
—Sí. Pero puedo traer mis chistes.
Sonrío. La invitación me gusta.
—Mejor traé comida.
—Voy a traer pan y queso.
—Yo voy a traer fruta y dos tazas. Y un termo con té.
Durante la tarde pienso en la merienda. Corto uvas, lleno canastas y miro la hora.
Al terminar, me lavo las manos dos veces. Siguen violetas.
Tomás ya está en el patio. Sobre la mesa hay pan, queso y un pequeño dibujo.
—¿Es para mí?
—Sí. Es tu canasta. Hoy descansa.
Me río y pongo la fruta junto al pan. Sirvo el té en las dos tazas.
Nos sentamos. A lo lejos, los Andes tienen un poco de nieve. El patio está tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Sin canastas ni música, no sé qué decir. Parto una pera. Tomás corta el pan en pedazos cada vez más pequeños.
—¿Dibujás desde chico? —pregunto.
—Sí. Ahora hago carteles y menús.
—¿Y tenés clientes acá?
—Dos. Con tu padre, tres.
Me muestra su cuaderno. Hay mesas, ventanas y caras.
—Esta cara es muy seria —digo.
—Es un señor que espera su empanada.
—Entonces lo entiendo.
Tomás se ríe. Después me mira.
—¿Y vos? ¿Qué tenés ganas de hacer cuando no trabajás?
Pienso un momento.
—Tengo ganas de bailar sin pensar en la gente que me mira.
—Yo no miro a la gente. Miro la puerta.
—Yo también.
Ahora el silencio es más cómodo.
—Me pongo nervioso cuando quiero invitarte a algo —dice—. Los chistes son más fáciles.
—Yo me pongo nerviosa hasta para decirte que sí.
—Pero dijiste que sí.
—Sí. Me gusta esta merienda.
Él deja el cuchillo.
—¿Y te gusta como primera cita?
Lo miro y sonrío.
—Sí, Tomás. Como primera cita.
En la siguiente clase, Elena nos espera con música.
—Hoy vamos a hacer algo corto. Caminar, parar y girar un poquito.
Tomás me ofrece la mano.
—Sin cuchillo y sin pan —dice.
—Pero con pies. Cuidado.
Caminamos despacio. Al girar, miro mis zapatos.
—Mirá hacia adelante, Clara —dice Elena—. Tus pies ya están abajo.
Levanto la cabeza. Tomás sonríe.
Después, Elena habla de nuestra fiesta.
—Voy a llevar música al viñedo. Todos pueden bailar, si quieren.
Siento que me pongo nerviosa. Pero nadie me pide nada.
Miro a Tomás.
—Tengo ganas de probar un tango con vos en la fiesta.
—Yo también. Uno, despacio.
El sábado, Tomás termina el cartel sobre la mesa del patio. Dice: «Bienvenidos a nuestra vendimia».
Abajo hay dos personas pequeñas. Bailan con las manos violetas.
—¿Es pintura? —pregunto.
—No. Trabajan demasiado con uvas.
Toco una mano del dibujo con mi dedo violeta.
Por la tarde colgamos el cartel junto a la entrada. Después llevamos las mesas al patio. Papá trae sillas y cuenta los platos.
—¿Cuántas empanadas necesitamos? —pregunta.
—Muchas —contestamos los dos.
El aire está más fresco. Las hojas se mueven y el cielo cambia.
Tomás mira hacia arriba.
—Va a llover.
—Quizás no —digo.
Papá sale con otra silla.
—Sí, va a llover.
Una gota cae sobre el cartel. Después cae otra. Mi padre mira las mesas.
—Tenemos que entrar todo. Ahora.