La lluvia cae sobre las mesas. Corro hacia la primera.
—Tomás, llevá las sillas adentro. Papá, abrí la puerta del salón.
Usamos ese salón para trabajar. Hoy vamos a celebrar ahí.
—Somos pocos. Hay lugar para todos —digo.
Tomás toma dos sillas.
—¿Acá, junto a la pared?
—Sí. Dejá espacio en el centro.
Papá abre la puerta y entra con los platos. Yo limpio una mesa. Afuera, la lluvia hace pequeños ríos entre las plantas.
Tomás deja las sillas y vuelve por el cartel. Tiene una esquina mojada.
—Las manos violetas están bien —dice—. Pero los zapatos del dibujo están mojados.
Lo lleva hasta la puerta.
—Dejalo acá —le pido—. Después traemos la otra mesa.
—Sí, profesora de uvas.
—Ahora también de mesas.
Cuando llega Elena, todo está adentro. Sacude su abrigo en la entrada.
—¡Qué lluvia! ¿Dónde ponemos la música?
Le muestro un rincón seco, lejos de la puerta.
—Acá está bien —dice—. Y tenemos espacio para bailar.
Miro el centro del salón. Al entrar, solo veo mesas y sillas. Ahora veo un lugar para bailar.
Papá trae las empanadas calientes. El salón huele a empanadas, tierra mojada y uvas.
—Primero comemos —anuncia—. Nadie baila bien con hambre.
Compartimos el mate mientras llegan los últimos vecinos. Afuera, las nubes no dejan ver los Andes. Adentro hay voces, platos y manos todavía violetas.
Elena pone música. Al principio, todos comen y conversan. Después empieza un tango.
Yo tomo otra empanada.
No tengo hambre. Tengo ganas de quedarme junto a la mesa.
Tomás se acerca.
—¿Querés bailar?
Me ofrece la mano, pero espera.
Dar la mano parece fácil. Hoy me cuesta un poco.
Miro a los vecinos. Una mujer habla con papá. Elena mueve una silla. Nadie espera un gran baile.
No necesito bailar mejor que nadie. Solo quiero bailar con él.
Dejo la empanada en un plato y le doy la mano.
—Uno, despacio —digo.
—Juntos —contesta.
Caminamos. Paramos. Escuchamos.
Son los pasos de nuestra primera clase. El suelo es distinto. Mis zapatos, también. Pero conozco esa sonrisa.
Doy un paso antes de tiempo. Mi pie toca el suyo.
—Otra vez mis zapatos —dice.
Empiezo a reírme.
—Vos también podés equivocarte.
—Gracias. Voy a probar ahora.
Da un paso pequeño y toca mi zapato.
Seguimos bailando y nos reímos. Un error no termina el tango. A veces lo hace más divertido.
Cuando termina la música, papá levanta una empanada.
—Un premio para esos pies trabajadores.
Más tarde, Tomás y yo nos quedamos cerca de la entrada. Ahora llueve poco.
—La próxima vez quiero invitarte a salir —dice—. Sin trabajo. Sin clase.
—¿Otra merienda?
—Sí. Mañana, en un café de la ciudad. ¿A las cinco?
—Sí. Quiero ir.
Me acerco y le doy un beso en la mejilla.
Tomás sonríe. Después mira hacia el salón.
—¿El beso también es parte de la clase?
—No. Ese es para vos.
—Entonces, la próxima vez voy a llegar temprano.
Detrás de nosotros, Elena cambia la música. Papá ofrece otra ronda de mate. Yo miro nuestras manos, cerca, sin uvas entre los dedos.
—¿Y el próximo paso? —pregunta Tomás.
Le tomo la mano.
—Mañana. Vos y yo. Sin canastas.