Mariela lleva una lista, dos bolsas y un lápiz. Rosa lleva una bolsa grande y ninguna prisa.
En el Mercado San Camilo, las dos caminan entre voces y colores. Hay tomates rojos, cebollas brillantes y montañas de papas. El olor del pan caliente llega desde un puesto.
—¡Pan, casera! ¡Todavía está caliente!
—¡Rocotos grandes! ¡Mire estos rocotos!
Mariela mira su lista. Después mira a su abuela.
—Ocho rocotos, carne, cebolla, pasas, queso… Abuela, vamos a llegar tarde.
—El concurso es mañana, hijita.
—Sí, pero tengo que practicar. Es mi primer concurso.
Rosa se acerca al puesto de verduras. Toma un rocoto rojo entre las manos.
—Este tiene buena cara.
—Abuela, es un rocoto. No tiene cara.
—Entonces no va a hablar durante la comida. Mejor.
Mariela sonríe, pero vuelve a mirar la lista. Quiere preparar el rocoto relleno de Rosa. Exactamente igual. Ni más dulce ni más picante.
Rosa ha trabajado muchos años en una picantería de Arequipa. Ahora ya no trabaja allí, pero sigue cocinando para todos. En su mesa siempre hay lugar para una persona más. Pone otro plato, acerca una silla y pregunta quién tiene hambre.
Mariela quiere cocinar así. Pero primero necesita hacerlo todo bien.
—Este pesa más —dice Mariela—. Los ocho tienen que ser iguales.
—Parecidos —responde Rosa—. No son soldados.
Escogen los rocotos despacio. En otro puesto compran carne. Después, Rosa compra pan caliente.
—El pan no está en la receta —dice Mariela.
—Está en mi desayuno.
Le ofrece un pedazo. Mariela lo acepta. El pan está suave y le calienta los dedos.
En casa, Mariela pone la receta junto a la cocina. Rosa la ha escrito a mano. Hay una pequeña mancha de aceite sobre una palabra.
—¿Aquí dice sal?
—Sí. No dice toda la sal de Arequipa.
Mariela coloca ocho rocotos sobre la mesa. Corta la parte de arriba y saca las semillas con cuidado. Luego los hierven en agua y cambian el agua varias veces.
—Así van a estar menos picantes —dice Rosa.
Mariela mira el reloj.
—¿Ya están?
—Vamos a probar un pedacito.
Dejan enfriar un pedacito y Mariela lo prueba. Todavía pica mucho. Mariela bebe agua y abre los ojos.
—¡Este rocoto tiene fuego dentro!
—Entonces necesita otro baño.
Mientras esperan, Mariela empieza a picar la cebolla. Sus manos trabajan rápido. Ha practicado muchas tardes con su abuela.
—Puedo picar la cebolla más pequeña, pesar la carne y preparar…
—Primero puedes respirar —dice Rosa.
Mariela deja el cuchillo un momento.
—¿Y si hago algo mal mañana?
Rosa le acerca un plato.
—Ahora vamos a preparar el relleno. Mañana todavía no está aquí.
La cebolla suena en la sartén. Mariela añade ajo, carne y un poco de sal. Después pesa las pasas y las deja en un plato. El olor llena la cocina.
Revisa las cantidades otra vez. Todo está bien.
—Es hora de probar —dice Rosa.
Mariela prueba el relleno con una cucharita. Está rico. La carne está suave. Pero falta algo.
Prueba otra vez.
No sabe como el relleno de su abuela.
—He seguido la receta —dice muy rápido—. He pesado todo. No falta carne. No falta cebolla. Las pasas también están listas.
Rosa prueba también. Sonríe.
—Tú has trabajado bien, hijita.
—Pero el sabor es diferente. ¿Solo faltan las pasas?
Rosa abre su bolsa del mercado.
—En el papel falta un paso pequeño.
Mariela mira la receta. Después mira la bolsa.
Rosa pone una naranja sobre la mesa.
—La receta no está completa —dice.