Mariela mira la naranja.
—¿Eso falta? ¿Cuánto jugo necesito? ¿Dos cucharadas? ¿Tres?
Rosa levanta una mano.
—Primero vamos a cortarla. Hablas más rápido que mi cuchillo.
Mariela cierra la boca. Después las dos se ríen.
Rosa corta la naranja. El olor fresco llega hasta Mariela.
—Pon las pasas en ese tazón, hijita.
Mariela pasa las pasas del plato al tazón. Rosa echa un poco de jugo de naranja encima.
—Ahora vamos a dejar las pasas aquí unos minutos.
—Eso no está en tu receta.
—Por eso todavía necesitas a tu abuela.
Mariela sonríe y busca su lápiz.
—¿Todas las cocineras hacen esto?
—No. Es nuestra manera. En cada casa, el rocoto tiene su historia.
Mariela escribe: «Dejar las pasas en un poco de jugo de naranja».
Durante unos minutos, preparan el queso. Después, Rosa señala el tazón.
—Ahora añade las pasas al relleno.
Mariela mezcla todo y prueba una cucharadita. Abre mucho los ojos.
Ahí está. Es el sabor de los domingos con Rosa.
—¡Ahora sí! ¡Es tu relleno!
—Es el tuyo. Lo has preparado tú.
Mariela vuelve a probar. La carne, la cebolla y las pasas saben bien juntas. El jugo de naranja deja un sabor suave y dulce.
—Voy a medir el jugo para mañana.
—Está bien medir —dice Rosa—. Pero tu boca también trabaja.
Le da una cucharita limpia.
—Para, prueba y después decide.
Mariela deja el lápiz sobre la mesa.
A la mañana siguiente, la calle del concurso huele a comida caliente. Hay mesas, sillas y flores de papel. Cerca, alguien sirve pan.
Rosa saluda a todos, como en su antigua picantería.
—Hay sitio aquí, vecina. Puede acercar su silla.
Mariela lleva su fuente con las dos manos. Coloca ocho rocotos rellenos sobre la mesa. Cuenta otra vez.
Ocho. Todos tienen su queso dorado.
A su lado, un joven lleva un delantal azul.
—Soy Beto. Y estas son mis famosas papas rellenas.
Señala varias porciones de papa cocida y aplastada, todavía sin relleno.
—Todavía no están listas, pero ya son famosas —añade.
Mariela se ríe.
Beto toma una porción de papa con mucho cuidado.
—Esta señora viene del campo. Hoy va a llevar un vestido dorado.
—Todavía no lleva nada —dice Rosa.
—¡Está esperando su vestido!
Beto muestra un tazón lleno de carne.
Una campanita suena. Pilar camina entre las mesas.
—Buenos días. Tenemos seis jueces. Cada juez necesita una porción pequeña.
Mariela mira sus ocho rocotos.
—¿Un rocoto entero para cada uno?
—No. Una porción para probar. No hace falta un plato entero.
Pilar señala las mesas.
—Aquí vamos a compartir espacio. Necesitamos sitio para pasar, por favor.
Mariela mueve su fuente. Beto acerca el tazón de carne.
—Mis papas también saben compartir —dice él.
Entonces gira para buscar una cuchara. Su delantal se engancha en una esquina de la mesa. Beto tira del delantal sin mirar.
La mesa se mueve.
El tazón cae.
La carne termina en el suelo.
Nadie habla durante un momento.
Beto recoge el tazón vacío. Ya no presenta a sus papas.
—Tengo más carne en casa —dice al fin—. Pero está lejos.
Pilar mira el reloj.
—Lo siento, Beto. Falta poco para servir.
Mariela mira la carne del suelo. No pueden usarla.
Después mira sus ocho rocotos. Dentro de cada uno hay relleno.
Piensa en las seis porciones. Piensa en compartir.
Beto mira sus papas sin relleno. Mariela acerca una cuchara a sus rocotos.