La tienda de Pilar huele a pan caliente. La ventana está abierta y llega el ruido de la calle. Es sábado. Vera tiene las manos dentro de una caja.
—Abuela, aquí hay teléfonos para toda Salamanca.
—Entonces, tenemos trabajo para toda la mañana —responde Pilar.
Vera levanta un teléfono sin tapa. Después encuentra otro con una pantalla rota.
—Este también puede funcionar —dice.
—¿Y ese sin botones? —pregunta Pilar.
—Primero miramos. Después, bocadillo.
Pilar se ríe. Solo abre la tienda los viernes y sábados, pero siempre tiene trabajo. Hay personas que dejan teléfonos viejos junto a su puerta.
—Mucha gente tira las cosas demasiado pronto —dice Pilar.
Vera busca una tapa entre los cables. Entonces ve una luz.
Un teléfono pequeño tiene la pantalla encendida.
—¿Lo has conectado tú, abuela?
—No. No está conectado a ningún cargador.
Vera lo levanta. Es gris, con un botón redondo. La pantalla muestra una fecha: domingo, doce de abril.
—Hoy es once —dice Vera—. Este teléfono vive mañana.
Busca los contactos. No hay nombres ni números. Solo aparece un mensaje.
Vera lee en voz alta:
—«Sábado, diez: Hugo deja su bolsa roja en el banco de la plaza. Primero miramos. Después, bocadillo».
Pilar deja un cable sobre la mesa.
—Ese bocadillo es tuyo.
—Y la broma es de Hugo.
Vera mira el reloj. Son las nueve y media. Ha quedado con Hugo en la Plaza Mayor.
—Voy a preguntarle.
—Lleva el teléfono. Pero no lo pierdas.
—No voy a dejar un teléfono tan raro en cualquier sitio.
Pilar le da un trozo de pan.
—Para mirar mejor.
Fuera, la piedra dorada de Salamanca brilla con el sol de primavera. Vera camina deprisa. Dos estudiantes pasan con libros bajo el brazo. Junto a una panadería, el aire huele todavía mejor.
Vera mira otra vez la pantalla. La fecha sigue allí: mañana.
Hugo está en un banco de la Plaza Mayor. Tiene un cuaderno abierto sobre las rodillas. Cerca, junto a una columna, un estudiante dibuja la plaza.
—Llegas pronto —dice él.
—¿Has tocado los teléfonos de la tienda?
Hugo levanta la cabeza.
—Buenos días también, Vera.
—Perdona. Buenos días. ¿Has dejado un mensaje para mí?
—No. He dejado un lápiz en casa. Eso sí.
Vera mira la bolsa junto a los pies de Hugo.
Es azul.
—Tu bolsa no es roja.
—Gracias. Me gustan las noticias claras.
Vera le enseña el teléfono. Hugo lee el mensaje dos veces.
—¿Mañana? —pregunta—. Pero habla de hoy.
—Exacto. ¿Es una broma tuya?
—No. Además, mi bolsa es azul.
Vera sonríe. El mensaje está equivocado. El teléfono solo tiene una fecha rara.
Hugo cierra el cuaderno y busca algo en su bolsa.
—Llevo demasiadas cosas. Lápices, dibujos, agua… Me faltan manos.
Saca una bolsa de la compra, pequeña y doblada.
Es roja.
Vera deja de sonreír.
—¿Para qué es esa bolsa?
—Para estos libros. Son para el intercambio junto al río. Allí llevas libros y puedes llevarte otros.
Hugo pasa tres libros de la bolsa azul a la roja. Después deja la bolsa roja en el banco.
Vera aprieta el teléfono.
—¿Qué hora es? —pregunta despacio.
—Casi las diez. ¿Tienes hambre otra vez?
El mensaje sigue en la pantalla. Vera mira la bolsa, después a Hugo.
—No te vayas todavía.
—Solo voy a mirar aquel dibujo. Mira, junto a la columna.
El reloj marca las diez. Hugo se levanta. La bolsa roja sigue en el banco.