Hugo camina hacia la columna. La bolsa roja sigue en el banco.
—¡Hugo! ¡Tu bolsa!
Él vuelve y recoge la bolsa con los libros.
—Gracias. Mi cabeza tiene menos espacio que mi bolsa.
Vera no se ríe. Le enseña el teléfono.
—Lee otra vez.
—«Sábado, diez: Hugo deja su bolsa roja en el banco».
Hugo mira el banco. Después mira el reloj.
—He dejado la bolsa ahí. A las diez.
—Ha pasado de verdad —dice Vera.
—Sí. Ha pasado. Pero alguien sabe lo que hago.
—¿Quién?
Hugo mira a los estudiantes bajo las columnas. No ve a nadie mirando hacia ellos.
—Puede ser una broma. O la fecha está mal.
—¿Y mi frase?
Al final aparece: «Primero miramos. Después, bocadillo».
—La dices mucho —responde Hugo—. Incluso después de comer.
Vera mira debajo del banco. No hay nada.
—Vamos a comprobar una cosa.
—¿Debajo del banco?
—En la tienda. Vamos a preguntar a mi abuela.
Regresan entre la gente. La piedra dorada brilla al sol. De una panadería sale olor a pan caliente.
Pilar está junto a una caja de teléfonos.
—¿Ya habéis perdido algo?
—Solo la tranquilidad —dice Hugo.
Vera deja el teléfono sobre la mesa.
—Ha llegado un mensaje con la fecha de mañana.
Pilar se pone las gafas. Mira la pantalla y los pequeños botones.
—Conozco este modelo. Es un modelo de prueba. Nos lo dieron con otros aparatos, en una caja.
—¿Lo has usado? —pregunta Vera.
—Nunca lo he visto funcionar.
Pilar lo gira con cuidado.
—¿Cómo puede pasar esto? —pregunta Hugo.
—No lo sé. Primero vamos a comprobar lo que vemos.
En ese momento, el teléfono suena.
El reloj de la tienda marca las diez y cuarto.
Vera abre el nuevo mensaje. Arriba aparece la fecha del domingo.
Lee despacio:
—«Sábado, seis: cae el cartel junto al puente. Busca a la abuela».
Pilar deja las gafas sobre la mesa.
—Esta tarde voy al intercambio de libros, junto al puente romano.
—¿Hay un cartel? —pregunta Hugo.
—Mateo tiene uno de madera. Es bastante alto.
Vera acerca su silla a Pilar.
—Abuela, es mejor quedarse en casa. Allí no hay peligro.
—Un mensaje no va a organizar mi sábado.
—Abuela, lo del primer mensaje ha pasado de verdad.
Pilar le toca la mano.
—Entonces vamos juntos. Vamos a mirar y a tener cuidado.
Por la tarde, los tres caminan hacia el Tormes. Hugo lleva los libros. Vera lleva el teléfono.
Hay viento junto al río. Las hojas nuevas se mueven sobre el camino.
Mateo coloca libros en unas mesas, cerca del puente.
—¡Qué bien! ¡Seis manos más! —dice.
—Cuatro —responde Pilar—. Las mías ya estaban en tu lista.
Mateo sonríe y señala una mesa.
—Esta es la tuya.
Detrás hay un cartel alto: «Intercambio de libros».
—Vamos a comprobar el cartel —dice Pilar—. Con este viento, hay que tener cuidado.
Mateo mira la base y la toca suavemente.
—Parece firme. He puesto peso sobre la base, a los dos lados.
Vera observa la madera. Hugo deja sus libros sobre otra mesa.
—¿Los de dibujos van aquí?
—Sí. Los de cocina, a la derecha —responde Mateo.
Pilar empieza a ordenar unos cuentos.
Un golpe de viento levanta varias hojas de papel. El cartel se mueve.
Vera deja de mirar el teléfono. Mira arriba, después a Pilar.
La mesa de la abuela está bajo el cartel. Son las cinco y media.