El viento sopla más fuerte junto al Tormes. Pilar sujeta los cuentos. Vera mira el cartel, muy alto sobre su abuela.
—Abuela, ven aquí, por favor.
Pilar se acerca. Vera enseña el teléfono a Mateo.
—Esta mañana ha llegado un mensaje sobre Hugo y su bolsa roja.
—Y he dejado la bolsa en un banco —añade Hugo—. Exactamente a las diez.
—Después ha llegado este —dice Vera.
Mateo lee la pantalla.
—«Sábado, seis: cae el cartel junto al puente. Busca a la abuela».
Mira la fecha del domingo.
—Es extraño. Pero una fecha rara no demuestra nada.
—Entonces vamos a mirar el cartel —dice Hugo—. Sin tocarlo. Pesa más que mis libros.
Se quedan a unos pasos. Vera mira la base. Con cada golpe de viento, un lado sube un poco.
—La base se mueve —dice.
Hugo señala una pieza de madera detrás.
—Mira ese apoyo. Tiene una grieta.
La grieta parece una línea oscura en la madera. Se abre más cuando el cartel se mueve.
Mateo lo observa desde el camino. Ahora habla sin dudar.
—Tenéis razón. Hay que cerrar esta zona.
Busca una cuerda y habla con la gente.
—Por favor, alejaos del cartel. Podéis pasar por el otro camino.
Dos estudiantes le ayudan a cerrar el paso.
—Pilar, espera junto a los estudiantes. Vamos a mover tu mesa.
Mateo llama al equipo de mantenimiento.
—Tenemos un cartel con una grieta en un apoyo. Puede caer. La zona ya está cerrada.
Después revisa el camino hasta un espacio lejos del cartel.
Vera da un paso hacia los libros.
—Espera —dice Mateo.
Mira otra vez el cartel y la cuerda.
—Este lado es seguro. Primero llevamos los libros. Después vamos a mover la mesa por aquí.
Hugo y Vera llevan montones pequeños. Pilar los recibe lejos del cartel.
—Primero miramos. Después, bocadillo —dice Vera.
—Primero, los libros de poesía —responde Mateo—. Por orden alfabético.
Hugo mira los montones.
—¿El viento también conoce el alfabeto?
Mateo sonríe, pero sigue mirando la zona cerrada.
Con los libros a salvo, Mateo y Pilar llevan la mesa al nuevo sitio.
A las seis, llegan dos personas del equipo de mantenimiento. Todavía están junto al camino cuando el viento sopla con más fuerza.
La base se levanta. Suena un golpe seco en la madera.
El cartel empieza a caer.
Golpea el suelo dentro de la zona cerrada. El ruido llega hasta el río.
Durante unos segundos, nadie habla.
—¿Todos bien? —pregunta Mateo.
Todos responden. Nadie se ha hecho daño.
Pilar abraza a Vera.
—Nos hemos alejado a tiempo.
Vera mira la mesa y los libros.
—El mensaje no ha parado el cartel.
—No —dice Pilar—. Pero nos ha ayudado a ver el peligro.
Vera respira despacio. No han esperado sin hacer nada. Han buscado el problema, han pedido ayuda y han actuado a tiempo.
A las seis y cinco, el teléfono suena.
«Domingo, seis: hornazo para cuatro. Todo está bien. Primero miramos. Después, bocadillo».
Hugo lee por encima de su hombro.
—Este mensaje me gusta más.
Más tarde, vuelven a la tienda. La piedra dorada brilla bajo el sol. Dentro huele a metal y al pan de la mañana.
Pilar pone el teléfono sobre la mesa.
—Vamos a mirar por dentro.
Quita la tapa trasera con cuidado. Vera acerca la lámpara.
—Hay algo pequeño ahí —dice—. ¿Es el botón de encender?
Pilar mira las letras junto a él.
—No. Este botón es distinto.
Bajo la tapa hay un botón: AYER.
—Creo que los mensajes son míos —dice Vera.