El domingo, Vera llega temprano a la tienda. Pilar tiene el teléfono preparado.
—Primero miramos —dice la abuela.
—Después, bocadillo —responde Vera—. Pero primero, ese botón.
Pilar pulsa AYER. La pantalla muestra unas instrucciones:
«Puedes enviar tres mensajes más. Cada mensaje llega a este mismo teléfono veinticuatro horas antes. Después, el teléfono deja de funcionar».
Vera lee dos veces.
—¿Solo tres?
—Solo tres. Vamos a escribir la fecha y la hora.
Pilar acerca papel y lápiz. Vera escribe:
«Hoy: domingo, 17 de mayo. Ayer: sábado, 16 de mayo».
Debajo prepara tres líneas:
«Domingo, 9:30 → sábado, 9:30. Domingo, 10:15 → sábado, 10:15. Domingo, 18:05 → sábado, 18:05».
—La misma hora. Un día antes —dice Vera.
—Eso es. Cada mensaje muestra la fecha del día de envío.
—Por eso ayer leí la fecha de hoy.
Son las nueve y veintinueve. Vera escribe despacio:
«Sábado, diez: Hugo deja su bolsa roja en el banco de la plaza. Primero miramos. Después, bocadillo».
—No tengo que imaginar nada —dice—. Ayer pasó delante de mí.
A las nueve y media, pulsa ENVIAR.
La pantalla muestra: «Quedan dos mensajes».
Vera mira el papel.
—Ayer lo leí. Hoy lo he enviado.
—Y ayer pensaste: «Es una broma de Hugo».
—Pero Hugo solo tiene una bolsa llena de lápices.
Pilar ríe y abre la ventana. Entra aire fresco y olor a pan.
Mientras esperan, Vera ordena las piezas de una caja.
—¿Podemos reparar este teléfono después?
—Podemos mirarlo. Pero sus instrucciones dicen que va a dejar de funcionar.
—No me gusta tirar cosas.
—A mí tampoco. Podemos guardar sus piezas para otras reparaciones.
Vera encuentra un tornillo pequeño entre dos cables.
—Ayer vi el peligro, pero necesité ayuda.
—Y la pedimos —responde Pilar—. Ver un problema no es resolverlo.
—Mateo ha cerrado el paso. Hugo ha llevado libros.
—Y tú has avisado. No has tenido que hacerlo todo sola.
A las diez y quince, Vera envía el segundo mensaje:
«Sábado, seis: cae el cartel junto al puente. Busca a la abuela».
La pantalla muestra: «Queda un mensaje».
—Este aviso ya nos ha ayudado —dice Vera.
Pilar le aprieta suavemente la mano.
Por la tarde compran el hornazo. Huele a pan y a carne. Vera lleva el paquete junto al teléfono.
A las seis, los cuatro se encuentran cerca del Tormes. El puente romano brilla bajo el sol. Unos estudiantes hablan sobre la hierba.
La zona del cartel sigue cerrada, lejos de ellos.
Mateo extiende un mantel y saca un paquete enorme de servilletas.
—Somos cuatro —observa Hugo.
—Lo he comprobado —responde Mateo.
—¿Y las servilletas son para toda la universidad?
Mateo sonríe.
—Vamos a compartir el hornazo, no las manchas.
Hugo deja su bolsa roja junto a un banco. Da dos pasos y vuelve.
—Esta vez me he acordado solo.
Todos ríen. Pilar corta el hornazo en cuatro partes.
—Me gusta merendar aquí —dice Vera.
—Y compartir —añade Hugo, con la boca casi llena.
A las seis y cinco, Vera mira la hora. Escribe el último mensaje:
«Domingo, seis: hornazo para cuatro. Todo está bien. Primero miramos. Después, bocadillo».
Pulsa ENVIAR. Ya ha enviado los tres mensajes que recibió ayer.
El teléfono se apaga.
—¿Y mañana? —pregunta Hugo.
Vera sonríe.
—Mañana vamos a merendar otra vez.