Mariela mira al juez. Tiene las manos muy quietas, pero habla deprisa.
—Sí, yo. Con la receta de mi abuela. He pesado todo. Bueno, también he probado…
El juez sonríe.
—Puedes respirar. Está muy rico.
Mariela toma aire. A su lado, Rosa sonríe también.
—El relleno tiene un sabor un poco dulce —continúa él—. Va muy bien con el rocoto. ¿Qué lleva?
—Pasas. Las he dejado en un poco de jugo de naranja. Es la receta de Rosa, mi abuela.
Señala a Rosa, que levanta una mano.
—En mi cocina nos gusta así —dice la abuela.
—Hoy he aprendido a probar con calma —añade Mariela—. La receta ayuda, pero también hay que probar.
El juez toma otra cucharada.
—Se nota.
Mariela vuelve junto a su mesa. Ahora puede oler la comida otra vez: carne, papas calientes, rocoto.
Beto se acerca.
—Mis papas están muy contentas con su nuevo relleno.
—¿Y tú?
—Yo también. Pero tengo más hambre que ellas.
Mariela se ríe. Rosa le aprieta la mano.
—Estoy orgullosa de ti, hijita.
—Todavía no sabemos quién va a ganar.
—No hablo de ganar.
Mariela mira el tazón vacío de Beto. Después abraza a su abuela.
La campana de Pilar suena tres veces.
—¡Atención, por favor! Ya tenemos el resultado.
Todos se acercan. Mariela se queda junto a Rosa.
—El premio es para… ¡el rocoto relleno de Mariela!
Durante un segundo, Mariela no se mueve.
Beto empieza a aplaudir. Rosa también. Pronto toda la calle aplaude.
—¿He ganado? —pregunta Mariela.
—Has ganado —confirma Pilar—. Ven, tu premio te espera.
Mariela camina hasta ella. Las piernas le parecen de papa.
Pilar le entrega un sobre con dinero.
—Es un premio pequeño, pero ayuda con la próxima compra.
—Gracias. Muchas gracias.
—También te vamos a invitar a vender comida en nuestra próxima fiesta.
Mariela abre mucho los ojos.
—¿Vender? ¿Cuántos rocotos voy a necesitar? ¿Veinte? ¿Cuarenta? ¿Y cuánta carne?
Por un momento piensa en la lista que lleva en el bolsillo. Pero no la busca.
Mira a Rosa y después a Beto.
—¿Me ayudan a preparar todo?
—Claro —responde Beto—. Mis papas tienen muy buen gusto para elegir amigas.
Vuelve a aplaudir.
Rosa se ríe.
—Vamos a cocinar juntas. Y Beto puede pelar papas.
—¡Un trabajo muy importante! —dice él.
Pilar guarda su campana.
—Yo voy a invitar a los vecinos. Ustedes van a preparar la comida.
Poco a poco, la calle queda tranquila. Los jueces se van. Beto limpia su mesa.
Mariela guarda el sobre y busca los dos platos pequeños. Ha guardado dos porciones de rocoto.
Rosa sigue ayudando: recoge una cuchara, acerca una silla, dobla un mantel.
—Abuela, ahora vamos a sentarnos.
—Todavía queda…
—Queda comer. Hoy has ayudado a todos y no has comido.
Rosa mira los platos.
—¿Has guardado uno para mí?
—El mejor plato de la mesa.
Se sientan juntas. El rocoto está tibio. Mariela prueba despacio. Ahora reconoce la naranja, las pasas y el sabor de casa.
—Estoy orgullosa de nuestro plato —dice.
—Y yo de nuestra cocinera.
—Mañana vamos a comprar otra naranja —dice Mariela.
—Y pan. Para esperar sin hambre.
Mariela ríe. Ya no busca su lista.
Rosa prueba el último bocado.
—Mañana cocinas tú. Yo voy a comer.
Mariela ríe.
—Pero juntas.