En nuestra finca, cerca de Salento, las mañanas olían a café recién hecho y a arepa caliente. Las botas esperaban junto a la cocina, casi siempre llenas de barro. Mamá organizaba el trabajo del café mientras Tomás buscaba algo que comer. Yo ponía la mesa y escuchaba.
Aquella mañana olió también a quemado.
—Eso no es una arepa —dije—. Es una piedra.
Mi hermano levantó la arepa negra.
—Sirve para arreglar el camino. Nada se pierde en esta finca.
Mamá abrió la ventana.
—Entonces sácala al camino. Aquí necesitamos aire.
Vera se rio sin levantar los ojos de su cuaderno. Llevaba una semana con nosotros y estudiaba las palmas de cera cerca del valle de Cocora. Tenía treinta y cuatro años, muchas preguntas y una capacidad especial para olvidar el desayuno.
—Miren esto —dijo, señalando una fotografía.
Vi unas hojas pequeñas entre otras plantas.
—¿Eso es una palma de cera? —pregunté.
—Una muy joven. Todos miran las altas, pero estas pequeñas también importan. Si no sobreviven, dentro de muchos años no habrá palmas grandes.
Tomás miró su arepa.
—Como nosotros. Sin desayuno, tampoco crecemos.
Vera empezó a explicar cómo medía las hojas y observaba la humedad del suelo. Hablaba rápido, con los ojos brillantes. Su café dejó de echar humo.
—Ese café ya está estudiando el frío —le dije.
Ella tomó la taza, pero una pregunta de mamá la hizo dejarla otra vez sobre la mesa.
Mamá quería saber su plan. En la finca recibíamos visitantes, pero nadie salía a la montaña sin ponerse de acuerdo sobre la ruta y la hora de regreso.
Vera abrió el mapa.
—Voy por el sendero de siempre, hasta la zona donde revisamos las palmas jóvenes. Tengo permiso para hacer ese recorrido. No saldré del camino.
Señaló una línea junto a un río.
—Aquí está el puente de madera. Después empieza la parte más húmeda del bosque de niebla.
Yo conocía aquel bosque: los árboles cubiertos de verde, las gotas que caían incluso cuando no llovía. Me gustaba caminar allí. A veces creía que conocía todos sus sonidos.
—Quiero volver a tiempo para almorzar tarde —añadió Vera—. A las tres estaré aquí. Si me atraso, a esa hora aviso por radio.
Darío, nuestro amigo y guía de montaña, le había prestado una radio. La otra estaba en la cocina. Vera comprobó la batería y habló con él antes de salir.
—Espero que no llueva mucho —dije.
—Llevo ropa impermeable y comida.
Tomás le ofreció dos panes más.
—La ciencia da hambre.
Vera aceptó uno. A las siete y media salió con su mochila. Su taza quedó junto a la ventana.
La mañana siguió como siempre. Mamá habló con los trabajadores sobre la cosecha. Tomás reparó una máquina. Yo ayudé a separar unos sacos y después preparé el almuerzo. De vez en cuando miraba la taza.
—Cuando vuelva, podemos servirle el mismo café —bromeé—. Ya será una costumbre.
A las dos empezó a llover. A las tres, el agua golpeaba el techo con tanta fuerza que teníamos que hablar más alto.
Vera no volvió.
Mamá la llamó por radio. Esperó y repitió su nombre. Nadie respondió.
—Tal vez está donde no llega la señal —dije.
—Puede ser —contestó mamá—. Pero tenía que avisar a las tres.
A las tres y cuarto llamó a Darío. Después avisó al equipo local de rescate. Dio la ruta, la hora de salida y el lugar de estudio.
Yo miré la silla vacía. El café frío ya no me pareció gracioso.
Darío llegó antes de las cuatro, con el pelo mojado y un mapa bajo el brazo.
—La lluvia está complicando el acceso al valle —explicó—. Hay barro en la carretera. El equipo está revisando las condiciones.
—Yo conozco esos caminos —dije—. Podemos salir.
—Conocerlos no hace que deje de llover, Marina.
Habló sin dureza. Aun así, me quedé callada.
Entonces recordé el dedo de Vera sobre el mapa.
—El puente. Nos habló del puente antes del bosque de niebla.
Darío lo señaló en el mapa. Él y mamá empezaron a ponerse de acuerdo con los rescatistas. Tomás reunió linternas y ropa impermeable. Yo extendí otro mapa sobre la mesa, lejos de la taza.
La radio hizo un ruido seco. Todos dejamos de movernos.
Entre los ruidos de la radio, reconocí la voz de Vera:
—El puente… No crucen el puente.
Después, silencio.