Salimos de la finca cuando apenas había luz. Mamá nos esperaba junto a la puerta con la radio en una mano y tres arepas envueltas en un paño en la otra.
—Una para cada uno —dijo—. Y quiero que vuelvan los tres.
Tomás abrió su mochila para guardarlas. Dentro llevaba tantos paquetes de comida que parecía preparado para pasar un mes fuera.
—Por si encontramos a alguien con hambre.
Mamá le cerró la mochila sin reírse, pero le acarició el brazo.
Durante la noche no habíamos vuelto a oír a Vera. Los rescatistas habían intentado comunicarse con ella mientras revisaban los accesos al valle. Ahora un equipo venía hacia Cocora. Nosotros revisaríamos una parte de la ruta conocida, sin salir de los senderos abiertos.
Darío habló por radio antes de subir al vehículo.
—Vamos al punto de estudio por el sendero autorizado. Marina y Tomás vienen conmigo.
El coordinador confirmó el plan. Mamá se quedó en la finca para recibir nuestros mensajes y mantener el contacto con el equipo.
—Aquí estaré —dijo.
Todavía no habíamos salido y nuestra cocina ya me parecía muy lejos.
Cuando empezamos a caminar, la lluvia era fina, pero todo estaba mojado. Las hojas nos dejaban gotas en los hombros. El barro se pegaba a las botas y hacía un ruido desagradable a cada paso.
Normalmente me gustaban los sonidos del bosque: los pájaros escondidos, el agua entre las piedras, las ramas que se movían arriba. Aquella mañana, cada ruido parecía otra cosa.
Una rama cayó detrás de nosotros. Me volví de golpe.
—Solo una rama —dijo Darío.
—Ya lo vi.
No lo había visto. Él no dijo nada.
En una parte ancha del sendero, Darío se detuvo.
—Tres reglas. Nos quedamos juntos. Avisamos de nuestra posición. Si el tiempo empeora, regresamos.
—Aunque estemos cerca… —empecé.
—Aunque estemos cerca. Tener cuidado también es saber volver.
Tomás ajustó las correas de su mochila.
—Y seguir las señales, ¿cierto?
—Exacto. Nada de atajos.
Seguimos entre árboles cubiertos de pequeñas plantas. Más allá aparecieron las palmas de cera, altísimas, con las hojas perdidas en las nubes. Yo conocía aquellas montañas desde niña, pero esa mañana apenas reconocía sus formas.
El agua sonaba cada vez más fuerte.
Darío levantó una mano antes de una curva.
—Esperen aquí.
Avanzó unos pasos por terreno firme y miró hacia abajo. Después nos indicó dónde podíamos acercarnos.
Faltaba una parte del puente. Varias tablas colgaban sobre el agua; otras habían desaparecido. Al otro lado, una cuerda se movía con la corriente.
Tomás dejó de sonreír.
—Vera tenía razón.
Sentí frío dentro del impermeable.
—¿Ella pasó por ahí?
—No lo sabemos —respondió Darío—. Nosotros no vamos a pasar.
Nos alejó del borde y comunicó el daño por radio. Después abrió el mapa y consultó con el coordinador.
—El sendero de arriba llega al mismo lugar de estudio. Está en buen estado y sigue abierto. El coordinador acaba de confirmarlo.
Tuvimos que retroceder hasta un cruce. Allí seguimos las señales hacia la parte alta. El camino era más largo, pero el suelo estaba firme bajo el barro.
—Despacio aquí —me avisó Tomás—. Te puedes torcer el tobillo si pisas una piedra suelta.
Bajé la vista. Llevaba demasiado tiempo mirando entre los árboles, buscando un impermeable, una mano, cualquier cosa.
El último tramo subía entre raíces. Darío comprobaba el suelo antes de avanzar. Yo quería preguntarle cuánto faltaba cada dos minutos.
Por fin vimos una caja verde junto al sendero. Tenía un número pintado y un pequeño cartel del proyecto de investigación.
—Vera guarda aquí algunos materiales —expliqué.
Darío examinó el lugar antes de abrirla. Dentro había una bolsa impermeable.
Reconocí enseguida el cordón amarillo.
—Es de ella.
Darío avisó por radio de que habíamos encontrado la bolsa. Luego la abrió. Había un cuaderno, unos lápices y una hoja doblada encima.
La fecha era del día anterior.
La primera parte de la nota decía que Vera había encontrado el puente dañado. Había intentado regresar por otro sendero, distinto del que habíamos seguido nosotros, pero un derrumbe le había bloqueado el paso. Les conté a los demás lo que decía.
—Un derrumbe —repitió Tomás, muy bajo.
La nota explicaba que no había intentado pasar sobre la tierra caída. Se dirigía al refugio bajo una gran roca, cerca del arroyo.
—Conozco ese refugio —dijo Darío—. Primero avisaremos al equipo.
Yo seguía mirando el papel. Todavía quedaba una línea.
Al final de la nota, debajo de una mancha de barro, leí en voz alta:
—Me duele el tobillo. No sé si podré llegar.