Darío sostuvo la radio cerca de la boca y repitió nuestra posición. Después leyó la nota de Vera. Al decir «tobillo», levantó los ojos hacia nosotros.
La respuesta llegó entre ruidos.
—Recibido. El equipo ya va hacia ustedes. Pueden revisar el camino hasta el refugio. No crucen el arroyo ni salgan del sendero. Avisen de cualquier cambio.
—Entendido —respondió Darío.
Yo ya estaba cerrando la bolsa.
—Entonces vamos. Si le duele el tobillo, quizá no pudo caminar mucho.
—Vamos, sí. Pero despacio.
—Darío, lleva toda la noche…
—Lo sé, Marina. No quiero que ahora tengamos que buscarte a ti también.
Me quedé con la bolsa entre las manos. El agua caía de las hojas aunque ya casi no llovía. Cada gota me parecía un segundo perdido.
Darío habló con mamá por radio. Le explicó nuestro siguiente paso y le pidió ayuda con las comunicaciones. Su respuesta fue breve.
—Aquí estoy. Mantengan la calma.
Era fácil decirlo desde una cocina. Enseguida me sentí injusta: mamá tampoco debía de estar tranquila.
Tomás se acercó mientras Darío guardaba la radio.
—Tengo miedo —dijo.
Lo miré. Mi hermano llevaba comida suficiente para alimentar a medio Salento, pero en ese momento no tenía ningún chiste preparado.
—Yo también —admití.
—Ya me di cuenta. Parece que quieres empujar la montaña para llegar más rápido.
Solté una risa pequeña, sin ganas.
—¿Se nota tanto?
—Bastante.
Respiré despacio. Mantener la calma no era lo mismo que no tener miedo. Tal vez podía intentar una cosa sin conseguir la otra.
Antes de seguir, sacamos de la bolsa el cuaderno de Vera. Lo revisamos bajo el pequeño techo que protegía la caja de seguimiento. Vera había dibujado mapas sencillos entre sus observaciones. Había dibujos de pequeñas palmas junto a números, fechas y frases cortas: «Hoja nueva», «Suelo muy húmedo», «Sigue creciendo».
En una página encontramos un cruce de caminos. Al lado, Vera había dibujado un tronco caído y tres palmas jóvenes.
—Conozco ese sitio —dije—. El tronco está cubierto de musgo. El camino de la derecha sube hacia unos potreros.
—¿Y el otro? —preguntó Tomás.
—Sigue por el bosque. Creo que pasa cerca del refugio.
Darío abrió su mapa.
—Vamos a comprobarlo. Un recuerdo ayuda, pero no basta.
Comparó el dibujo con el mapa y señaló nuestra posición.
—Sí. Seguiremos el sendero de la izquierda. Está dentro de la ruta permitida.
Guardé el cuaderno en la bolsa. Me gustó pensar que las pequeñas palmas de Vera nos estaban ayudando a encontrarla.
La niebla se movía entre los árboles. A ratos veía la mochila de Darío con claridad; después parecía que alguien había puesto una cortina blanca delante. Seguíamos juntos, con cuidado sobre las raíces mojadas.
A lo lejos sonó un pájaro. Levanté la cabeza demasiado rápido.
—¿Fue ella?
Darío escuchó.
—Un pájaro. Seguimos atentos.
Cuando llegamos al cruce de caminos, reconocí el tronco. Pero había algo nuevo: una tela naranja atada a una rama, justo al lado del sendero izquierdo.
—Eso no estaba antes —dije.
Darío se acercó sin salir del camino. Era una funda impermeable para proteger una mochila de la lluvia.
—Vera llevaba una funda naranja —dije.
Tomás miró el nudo.
—La dejó bien sujeta. Quería mostrarnos el camino.
Darío informó por radio del hallazgo. Dejamos la funda donde estaba y seguimos.
Pronto empecé a oír el arroyo. Normalmente era un ruido suave, pero aquella mañana llenaba el bosque. No me había dado cuenta de cuánto había crecido con la lluvia hasta que lo vimos entre los árboles: agua oscura que corría sobre las piedras.
Darío levantó una mano.
—Hasta aquí.
Nos detuvimos en una parte ancha y firme del sendero, lejos de la orilla. Desde allí se veían unas rocas al otro lado, aunque la niebla ocultaba su parte baja.
Darío sacó el silbato y dio varias señales. Esperó.
Solo respondió el agua.
Volvió a usar el silbato.
Entonces oí algo a lo lejos. Un sonido débil, irregular.
—Esperen —susurré.
Tomás dejó de moverse.
El sonido volvió desde las rocas: dos notas cortas y una más larga.
Darío respondió con el silbato. Luego nos indicó con la mano que debíamos quedarnos allí.
La niebla se abrió un momento. Bajo una gran roca, alguien levantó una mano.