—¡Vera! —grité.
La mano se movió otra vez. Después vi su cara, pequeña y pálida bajo la roca.
Quise acercarme a la orilla, pero Darío extendió el brazo.
—Desde aquí, Marina. Quiero que te quedes a mi lado.
Respiré antes de volver a llamarla.
—¡Somos nosotros! ¡Darío, Tomás y yo!
—¡Los veo! —respondió.
Su voz llegaba entre el ruido de la corriente. Tenía la chaqueta cerrada hasta el cuello y una pierna estirada sobre su mochila.
—¿Puedes oírme bien? —preguntó Darío.
Vera levantó la mano.
—¡Sí!
—¿Qué te duele?
—¡El tobillo! Está muy hinchado. No puedo caminar.
Darío hizo preguntas cortas y esperó cada respuesta. Vera había llegado al refugio la tarde anterior. Bajo la roca no se había mojado, pero tenía mucho frío. Le quedaban un poco de agua y dos galletas.
Tomás se tocó el bolsillo donde llevaba los sándwiches. Por primera vez, me pareció que no había traído suficientes.
Darío llamó al equipo por radio. Dio nuestra posición exacta, leyó los números del mapa y explicó cómo estaba Vera.
—Está consciente y responde bien. Dice que tiene el tobillo muy hinchado y no puede caminar. Nosotros estamos en terreno firme, lejos de la orilla.
Escuchó la respuesta con atención.
—Entendido. Esperaremos aquí.
Al otro lado, Vera intentó cambiar de postura y apretó los labios.
—¡No hace falta que te levantes! —le gritó Darío—. El equipo viene hacia acá.
Tomás señaló unas piedras río arriba.
—Allá parece menos profundo. ¿Y si pasamos por ahí?
Darío miró el lugar sin moverse.
—Parece. Pero no sabemos qué hay debajo. La corriente puede tumbarte aunque el agua solo te llegue a las rodillas. Y esas piedras están mojadas.
Mi hermano bajó la mano.
—Bueno. Entonces nada de cruzar.
—Lo importante es estar a salvo —añadió Darío—. Los tres, además de Vera.
Yo miraba aquellos pocos metros de agua. Nunca había sentido a alguien tan cerca y tan lejos.
—Marina, habla con ella —me pidió—. Hazle compañía mientras llegan.
Busqué algo que no fuera el tobillo, el frío o la corriente.
—¡Mamá te guardó la silla junto a la cocina!
Vera levantó la cabeza.
—¿Y el café?
—Frío. Como te gusta.
Su risa fue breve, pero la reconocí.
—No me gusta frío. Se me olvida tomarlo.
—Eso dices siempre. Mamá cree que estás estudiando cuánto tiempo puede pasar una taza sin que nadie la toque.
Tomás soltó una pequeña risa. Yo sentí que podía respirar mejor.
—¿Y tu palma más pequeña? —pregunté—. ¿La encontraste ayer?
—Sí. Tiene una hoja nueva.
Su voz tenía ahora un poco más de fuerza.
—¿Una sola?
—Para una palma tan pequeña, es bastante trabajo.
Miré las palmas altas que aparecían entre la niebla. Vera podía alegrarse por una hoja mientras tenía un tobillo enorme y dos galletas. Me dieron ganas de llorar, así que seguí hablando.
—Cuando vuelvas a la finca, quiero que me enseñes el dibujo.
Ella guardó silencio unos segundos.
—Pensé que nadie entendería la nota.
—La entendimos. Y encontramos tu señal naranja.
—No sabía qué más hacer.
Darío levantó la voz para que ella lo oyera, sin salir de nuestro lugar seguro.
—Hiciste bien en pedir ayuda y buscar refugio. Ahora vamos paso a paso.
Poco después oímos voces detrás de nosotros. Llegaron cuatro rescatistas con cascos, cuerdas y bolsas grandes. Una mujer se presentó como Lucía y habló con Darío. Luego nos indicó dónde debíamos esperar.
—Quiero que permanezcan en esta zona. Necesitamos espacio para trabajar.
Obedecimos enseguida. Darío se quedó con nosotros. Tomás dejó los sándwiches sobre su mochila, preparados para después.
Lucía observó la corriente y las dos orillas. Otro rescatista habló con Vera mientras los demás revisaban el terreno y el material.
—Vamos a ayudarte —le dijo—. Primero tenemos que preparar todo.
—Puedo aguantar —respondió ella.
Yo seguí hablando con Vera. Le conté que las botas de Tomás habían dejado barro por toda la cocina.
Entonces vi desaparecer una piedra junto al refugio. Antes tenía la parte de arriba seca. Ahora el agua pasaba sobre ella. El agua empezó a cubrir otra piedra, más cerca de Vera.
Darío también lo vio y avisó a Lucía. Ella miró hacia el refugio sin dejar de hablar por radio.
Vera bajó la mirada hacia sus botas.
—El agua está llegando hasta aquí —dijo.