Lucía, una de las rescatistas, levantó la vista.
—Te vemos, Vera. Sigue nuestras indicaciones.
Yo apreté las manos contra mi chaqueta. Quería echar una mano, pero no sabía cómo.
Darío señaló el lugar donde estábamos.
—Nos quedamos aquí. Marina, sigue hablándole. Que sepa que la estamos esperando.
Mientras los rescatistas preparaban la cuerda, busqué algo que contar. Tenía la cabeza llena de agua y miedo.
—Vera, mamá guardó tu taza —grité—. Nadie se ha atrevido a usarla.
Ella levantó un poco la cara.
—¿Todavía tiene café?
—Espero que no.
Me pareció oír una risa entre el ruido del arroyo.
El equipo trabajaba con cuidado. Lucía revisó la cuerda y habló con sus compañeros. Uno de ellos llegó hasta Vera con ayuda de las cuerdas y del equipo de seguridad. Se agachó a su lado, le explicó lo que iban a hacer y le puso el equipo necesario para llevarla hasta nuestra orilla con el pie levantado.
El agua ya mojaba el borde del refugio.
Di un paso sin pensarlo. Darío extendió el brazo.
—Desde aquí, Marina.
Me detuve.
—Vera, Tomás tiene comida para todo el valle —continué—. Así que no te preocupes por el almuerzo.
—Es material de emergencia —dijo mi hermano, bastante serio.
Los rescatistas empezaron a traerla hacia nuestra orilla. La cuerda quedó tensa. Vera avanzaba despacio, acompañada por el rescatista, mientras los demás controlaban el movimiento.
Yo no apartaba los ojos de ella.
—Aquí estamos —repetí—. Aquí estamos, Vera.
Finalmente, la recibieron en terreno firme. Solo entonces solté el aire. Sentía que llevaba una hora sin respirar.
—El rescate no termina aquí —nos recordó Darío—. Dejemos trabajar al equipo médico.
Una mujer le puso una manta sobre los hombros. Otro compañero revisó su tobillo y le hizo preguntas. Vera temblaba, pero contestaba con claridad.
—¿Te duele algo más?
—Tengo frío. Y hambre.
Tomás miró sus sándwiches.
—Por fin alguien entiende mis prioridades.
Vera sonrió. Después de revisarla, le dieron algo caliente para beber. Luego la acomodaron en una camilla para llevarla hasta el vehículo que la esperaba junto al camino.
Darío llamó a mamá por la radio.
—La encontramos. Está a salvo. Ahora la llevan a recibir atención médica.
Por la radio llegó un suspiro.
—Gracias. Avísenme cuando lleguen ustedes.
Tomás se ajustó la mochila.
—Yo también pienso volver sano y salvo. Estos sándwiches no se van a llevar solos.
Esta vez me reí, aunque todavía me temblaban las piernas.
Cinco días después, Vera volvió a la finca con el tobillo protegido por una bota especial y un hambre enorme.
Mamá le acercó una silla junto al fuego y le dio una manta.
—Para recuperarse hay que descansar.
—Y comer —añadió Vera, mirando las arepas.
La cocina olía a café recién hecho. Darío estaba sentado junto a la ventana. Tomás llevó otro plato a la mesa.
—Según mi versión, los sándwiches fueron esenciales para el rescate.
—Según la mía, trajiste tantos que todavía quedan —dije.
—Mi versión es más corta —intervino mamá—. Dejaron barro hasta debajo de la mesa.
Darío levantó su taza.
—Yo recuerdo que todos escucharon cuando hacía falta.
Bajé la mirada hacia mis manos.
—Yo casi no hice nada.
—Me hablaste —dijo Vera—. Entre tanto ruido, reconocía tu voz. Eso me ayudó.
Me quedé callada un momento.
—Quería echar una mano de verdad.
—Lo hiciste —respondió ella.
Después nos contó que había tenido miedo de perder sus apuntes. Por eso había dejado la bolsa en la caja, protegida de la lluvia.
—Esos datos van a servir para estudiar las palmas pequeñas. Pero pedir ayuda era más importante que salvar el cuaderno.
—Para seguir trabajando, primero hay que recuperarse —dijo mamá, sirviéndole otra arepa.
Vera asintió.
—Y salir con compañía. Volver sano y salvo vale más que terminar una ruta.
Miré las botas junto a la cocina. Antes pensaba que ser valiente era seguir cuando los demás dudaban. Ahora sabía que también podía ser esperar, escuchar y dejar que las personas preparadas para un rescate dirigieran el trabajo.
—¿Volverás a ver las palmas? —pregunté.
—Cuando pueda caminar bien. Con buen tiempo y con compañía.
—Así sí —dijo Darío—. Sin correr riesgos innecesarios.
—La próxima vez llevaré menos sándwiches —anunció Tomás.
Nadie le creyó.
Vera acercó su silla al fuego y sonrió.
—La próxima vez iremos juntos.
Mamá le llenó la taza.
—Sí, pero primero te tomas el café caliente.