El lunes llegué a la antigua escuela con la cámara bajo el abrigo. Llovía sobre la colonia Guerrero, y los autobuses pasaban junto a la banqueta entre el ruido del agua y de los motores. En la esquina, una mujer vendía tamales envueltos en hojas de maíz. Yo tenía prisa, pero el olor me hizo volver la cabeza.
En el periódico, Julia me había dado una orden sencilla:
—Dos fotografías del nuevo taller de muebles. Y pregunta cuándo abrirá.
Otra puerta, otro dueño mirando a la cámara. A mis veintitrés años, ya había fotografiado suficientes puertas para llenar una calle.
Mateo me recibió con un manojo enorme de llaves.
—¿Todas abren algo? —pregunté.
—Antes, sí. Ahora algunas solo me hacen compañía.
Cruzamos el patio. La lluvia golpeaba los azulejos y caía dentro de una cubeta. En un salón había herramientas, tablas y una escalera. Olía a madera mojada.
—El agua entró por el techo —explicó Mateo—. Tengo que quitar estas tablas antes de que se dañen más.
Metió una herramienta entre dos tablas que cubrían la pared. Tiró despacio. La madera hizo un ruido largo y triste.
—¿Aquí daba clases usted?
—Yo cuidaba la escuela. Las clases eran más difíciles. Una escoba no te pregunta por qué.
Me reí. Él dejó una tabla en el suelo y pasó la mano por otra.
—En este salón aprendían a leer. Cerraron la escuela en el treinta y seis. Después guardaron cajas, sacos… De todo.
La segunda tabla se separó de la pared. Cayó un poco de polvo blanco.
Entonces vi el ojo.
Era enorme, oscuro, con una línea azul encima. Durante un momento me pareció que alguien nos observaba desde dentro de la pared.
—Espere. Ahí hay algo.
Mateo miró el hueco y dejó de mover las manos.
—Una pintura vieja.
Me acerqué. Bajo el ojo se veía parte de una mejilla de color café.
—¿Puede quitar otra tabla?
—Primero voy a buscar dónde poner estas.
Hablaba de la madera, pero miraba hacia el patio.
Dejé la cámara sobre una caja y lo ayudé. Las tablas estaban húmedas y me dejaron manchas en los dedos. Al quitar la siguiente, descubrimos una mano pintada. Después apareció una mujer inclinada sobre una mesa.
—No es un cuadro —dije—. Es un mural.
Mateo no respondió.
Quitamos dos tablas más. El polvo me hizo toser, pero ya no quería alejarme. Había dos mujeres construyendo una mesa y, más abajo, unos niños con libros abiertos. Junto a ellos, una niña llevaba una silla amarilla, casi tan grande como ella.
Levanté la cámara. El clic sonó seco en el salón vacío.
Aquellas personas no llevaban trajes elegantes ni cortaban cintas. Trabajaban, leían, cargaban cosas. Me interesaban mucho más que los señores serios de mis fotografías habituales.
—¿Eso saldrá en el periódico?
Un hombre esperaba en la puerta. Tenía una cinta de medir en la mano.
—Esteban Mora —se presentó—. Voy a abrir el taller aquí.
—Teresa Vidal. Vine por las fotografías, pero acabo de darme cuenta de que aquí hay otra noticia.
Esteban miró el mural.
—Puede fotografiarlo. El viernes tiraremos esta pared.
Bajé la cámara.
—¿Este viernes?
—Hoy es lunes. Necesito una entrada más ancha para las entregas. Por la puerta de delante no pasa un armario grande.
—¿Y no podrían meter los muebles por el patio?
—Tendría que cambiar otras cosas. Costaría dinero.
No parecía enfadado, sino cansado.
—Mire, yo también quiero que quede bonito —añadió—. Pero necesito trabajar. Haga sus fotos, sin retrasar la obra.
Salió a medir la puerta. Yo miré otra vez a la niña. Su silla amarilla parecía iluminar la pared húmeda.
—¿Quién pintó el mural? —pregunté.
Mateo recogió una tabla.
—Aquí venía mucha gente.
—Usted recuerda a los alumnos.
—A algunos. Uno escondía ranas en su bolsa.
Sonrió, pero no consiguió hacerme reír.
Esperé mientras colocaba las tablas contra la pared. Afuera, un vendedor anunciaba sus precios a gritos. Yo ya no tenía prisa.
—Mateo… ¿conoció a la persona que lo pintó?
Se limpió el polvo de las manos.
—Sí. La conocí.
Miré a la niña.
—¿Podría hablar con ella?
Mateo bajó la voz.
—La mujer que pintó esto vive a tres calles. Pero no creo que quiera verte.