El martes encontré a Amalia Ríos en una escalera, pintando letras azules en el letrero de una panadería. Olía a pan caliente y a tierra mojada. Un autobús pasó junto a la banqueta. La madera tembló y ella esperó un momento antes de seguir pintando.
—¿La señora Amalia Ríos?
—Depende. Si viene a cobrar, está en otro barrio.
—Soy Teresa Vidal, del periódico La Voz de Guerrero.
Levantó el pincel, pero no me miró.
—Entonces no viene a comprar pan.
—Mateo me habló de usted. Del mural de la escuela.
Yo esperaba una mirada triste, quizá un largo silencio. Amalia señaló la parte baja de la escalera.
—Pues empiece por sujetar eso. La pata izquierda baila más que yo.
Dejé la cámara colgada contra mi pecho y agarré la escalera. Ella terminó una letra, bajó dos escalones y examinó el letrero.
—Ahora sí. ¿Qué quiere saber?
—Cómo se sintió cuando cubrieron su pintura.
Me miró por primera vez. Tenía manchas azules en los dedos.
—Todavía no sabe si la pinté yo y ya quiere que llore.
Sentí calor en las orejas.
—Tiene razón. Empecé mal.
—Bastante. Pero sostuvo bien la escalera.
Guardó sus pinceles en una caja. Después señaló un puesto al otro lado de la calle.
—Vamos por un café. Hablo mejor con algo caliente en las manos.
Nos sentamos bajo una lona. La vendedora servía café de olla y sacaba de una olla grande tamales envueltos en hojas de maíz. El olor a canela llegaba hasta nuestra mesa.
Saqué mi libreta.
—¿Puedo apuntar?
—Mientras no escriba que soy una pobre señora.
—¿Cuándo pintó el mural?
—En 1934. Tenía treinta y cinco años y más energía que dinero.
—¿Quiénes eran las personas de la pared?
—Vecinos. Una costurera, el carpintero de la esquina, niños de la escuela. Mateo también. Le di un martillo para la pintura. Así parecía todo un trabajador.
Sonrió antes de beber otro poco de café.
—Trabajaba mucho, pero con aquel martillo parecía a punto de romperse un pie.
—¿Y las mujeres que construyen la mesa?
—Sabían hacerla. Yo quería mostrarles eso a los niños.
Apunté sus palabras. Detrás de nosotros, un vendedor ofrecía naranjas a gritos.
—¿Qué pasó después?
—La escuela cerró en 1936. Usaron los salones para guardar cajas y muebles. Luego pusieron tablas delante de la pared.
—¿Usted intentó impedirlo?
—Fui a preguntar. Nadie quiso hacerse responsable. Yo tenía que pagar la renta.
Miró sus manos.
—Pintar letreros era una manera de ganarse la vida. Y sigue siéndolo. Las letras también tienen su dificultad, aunque nadie vaya a verlas los domingos.
—Me gustaría contar su historia.
—¿La de una mujer olvidada que necesita dar lástima?
—No era eso…
—No quiero dar lástima. Quiero que miren mi trabajo. No es lo mismo.
No quise cerrar la libreta tan pronto.
—Podríamos explicar quién aparece en el mural. Y por qué lo pintó.
Amalia dejó la taza sobre la mesa.
—Eso sería mejor.
Le pedí permiso para hacerle un retrato. Se negó a posar con el pincel levantado.
—Ya terminé de trabajar.
—Entonces mire hacia aquí. Un poco más seria.
Amalia apretó los labios y levantó la barbilla tanto que parecía enfadada con las nubes.
—¿Así? ¿Con cara de que me robaron el desayuno?
Me eché a reír.
—Ustedes ponen esa cara detrás de la cámara —dijo—. Parece que llevan un costal de piedras, no una cámara.
Bajé la cámara. Por primera vez, sentí que hablábamos de verdad.
Saqué de mi bolsa una pequeña copia de la fotografía que había preparado la noche anterior. Se la pasé sin decir nada.
Amalia la acercó a sus ojos. Su dedo se detuvo junto a la silla que yo había visto pintada de amarillo.
—¿La reconoce? —pregunté.
No respondió enseguida.
—Quieren tirar esa pared el viernes —añadí—. Esteban necesita una entrada para los muebles.
—¿Este viernes?
Asentí. Amalia dejó el café sin terminar.
—Mañana iré. Pero quiero una promesa: no publique nada sin revisar conmigo los datos.
—Se lo prometo.
—Una promesa no es un adorno, Teresa.
—Lo sé. Llevaré mis notas.
Amalia señaló a la niña de la foto.
—Esa soy yo. Me pinté de niña. Y si van a tirar la pared, quiero verla antes.