El miércoles, Amalia llegó a la escuela antes que yo. Estaba junto a Mateo, mirando las tablas que todavía cubrían parte de la pared.
—Pensé que no vendría —dijo él.
—Y yo pensé que tendría menos llaves a estas alturas.
Mateo se rio. Sus llaves sonaron cuando se agachó para recoger el martillo.
La lluvia había dejado pequeños charcos en el patio. Dentro olía a madera mojada. Amalia tocó una tabla, pero retiró la mano enseguida.
—La humedad ha entrado por todas partes.
Mateo quitó los clavos con cuidado. Yo sostenía las tablas mientras él tiraba de ellas. Poco a poco aparecieron una mujer con un libro, dos hombres alrededor de una mesa y un niño que llevaba una caja demasiado grande.
Amalia nos indicaba dónde podíamos apoyar las manos.
—Aquí no. La pintura se está levantando.
Al descubrir la última parte, Mateo soltó una carcajada.
—¡Mira qué trabajador era yo!
En la pared, un joven sostenía un martillo.
—¿Es usted? —pregunté.
—Con más pelo y menos barriga. Amalia me prestó el martillo. Yo no sabía ni cómo agarrarlo.
—Eso no ha cambiado mucho —dijo ella.
Levanté la cámara. El clic sonó fuerte en el salón vacío.
—¿Todos eran vecinos?
—Todos —respondió Amalia—. La señora del libro vendía verduras. El hombre de la mesa arreglaba zapatos. Mi idea era mostrar a los niños a personas conocidas haciendo cosas importantes.
—¿Y usted con la silla amarilla?
—Alguien tenía que traer los muebles.
Busqué la firma cerca del suelo. Amalia señaló una esquina cubierta en parte por una capa de yeso dañado.
—La puse ahí. Amalia Ríos, 1934.
Entre los pedazos de yeso solo se veían unas manchas oscuras. No se podía leer nada.
—¿Podemos limpiar un poco?
—No con esas manos —contestó—. Podríamos borrar lo poco que queda.
Volví al periódico para revelar el rollo y preparar unas copias. A primera hora de la tarde, llevé las fotografías al escritorio de Julia. Ella las extendió frente a mí. Detrás de ella, las máquinas hacían temblar los vasos.
—¿Quién pintó esto?
—Amalia Ríos. Hablé con ella. Tengo sus palabras aquí.
Le pasé mi cuaderno. Julia leyó dos páginas.
—Hay una historia —dijo—. ¿Cómo vamos a comprobar la fecha?
—Mateo recuerda cuando Amalia lo pintó.
—¿Recuerda el año exacto?
Pensé en lo bien que recordaba a las personas del mural. No sabía si recordaba las fechas igual de bien.
—No estoy segura.
—Su memoria sirve, Teresa. Pero necesitamos otra prueba. Una firma, un papel, algo que podamos comprobar.
—La firma está bajo una capa de yeso dañado. No se puede leer.
Julia miró otra vez las fotos.
—No quiero que se pierda esta pared. Tampoco quiero publicar un dato equivocado.
Guardé el cuaderno. No necesitaba encontrar una firma escondida. Necesitaba preguntar mejor.
Volví a la escuela, donde Amalia seguía estudiando la pintura. Esteban me llamó desde la entrada.
Había puesto un plano sobre una caja.
—Venga. Quiero que tenga en cuenta esto.
Me mostró el camino que seguirían las mesas y los armarios.
—Por esta puerta no pasan. Si uso el patio, tendré que ampliar otra entrada y cambiar dos escalones. Además de pagar el trabajo, tendré que comprar los materiales.
—¿Y si encontramos ayuda?
Esteban apoyó las manos en la caja.
—Lo pensaría. Pero mientras nos ponemos de acuerdo, yo pago la renta. El edificio vacío también cuesta.
Por primera vez miré el plano tanto tiempo como había mirado el mural.
—Lo tendré en cuenta cuando escriba.
—Eso le pido. No soy enemigo de la pintura.
—Lo sé.
Amalia nos esperaba junto a la niña de la silla amarilla.
—Julia necesita una prueba de la fecha —le expliqué—. ¿Guardó algo del trabajo? ¿Un dibujo, una carta?
Se quedó pensando.
—Una carpeta. Hice varios dibujos antes de pintar. Debe de estar en casa.
Fuimos a buscarla al final de la tarde. En la calle, un vendedor abría una olla de tamales. El vapor olía a maíz y me recordó que no había comido.
Amalia vivía en dos cuartos detrás de una tienda. Sacó una carpeta de encima de un armario.
—Si no podemos ponernos de acuerdo con Esteban, por lo menos quedarán las fotografías —dijo.
La puso sobre la mesa. La cubierta tenía marcas de humedad.
Al abrirla, vimos que las hojas estaban pegadas unas a otras. En el borde de la primera reconocí parte de un dibujo: una mano sujetaba una silla.
Amalia intentó levantar la primera hoja y se detuvo.
—Si tiro más, el dibujo se romperá.