El jueves temprano, Amalia tenía la carpeta abierta junto a la ventana. Había colocado dos hojas sobre la mesa. Las demás seguían pegadas.
—Estas salieron casi solas —dijo—. Las otras tendrán que esperar.
Intentó levantar una esquina de una de las hojas pegadas y se detuvo.
—Esta no quiere. No voy a obligarla.
—¿Puede salvar el dibujo?
—Puedo evitar romperlo. Para lo demás, buscaré a alguien que sepa más que yo.
Me señaló una de las hojas sueltas. Allí estaban las mujeres alrededor de la mesa, los niños con sus libros y la niña de la silla. En una esquina se leía: «Amalia Ríos. Septiembre de 1934».
—¡Es igual que la pared!
—Más pequeña. Y más fácil de llevar a casa.
Coloqué la hoja junto a la ventana y preparé la cámara. La luz de la mañana era suave. Miré los bordes, la fecha, cada figura.
—¿Así está bien? —preguntó Amalia.
—No se mueva, por favor —le dije a la hoja.
—Le hablas como si fuera una persona —dijo Amalia.
Tomé dos fotografías sin tocar el papel.
Mateo llegó cuando yo guardaba la cámara. Traía un cuaderno envuelto en una tela.
—Encontré esto entre los libros de la escuela. Los alumnos me daban más trabajo, pero los papeles se esconden mejor.
Era un libro de gastos. Pasamos las páginas hasta encontrar una nota de 1934: un pago a Amalia Ríos por pintar la pared del salón.
Amalia acercó la cara al cuaderno.
—Mira nada más. Hasta escribieron bien mi apellido.
En el periódico, mientras se secaban los negativos, Julia leyó mis notas y examinó el cuaderno. Después hice unas copias de las fotografías. Julia comparó el dibujo con las imágenes del mural.
—Fecha, nombre, trabajo —dijo—. Ahora tenemos pruebas.
Después revisó el artículo. Yo había incluido las palabras de Amalia sobre los vecinos que aparecían en el mural y la explicación de Esteban: necesitaba una entrada más ancha para recibir madera y sacar muebles.
—No es el enemigo —dijo Julia.
—Ya lo sé. Pero tenemos que hacer algo antes del viernes.
—¿Qué propones?
—Podríamos vender copias de mis fotografías, si Amalia está de acuerdo. Ese dinero ayudaría a pagar otra entrada.
Julia dejó el lápiz.
—¿Cuánto costaría?
—Todavía no tengo el presupuesto.
—¿Y por dónde entrarían los muebles?
Bajé la mirada.
—Un artículo no construye una puerta, Teresa. Primero necesitamos un presupuesto y un plan.
—Entonces pidamos más tiempo.
Julia asintió.
—Eso sí. Un plazo de dos semanas. No podemos resolverlo todo esta noche.
Volví a casa de Amalia con el texto. Revisamos juntas las fechas y sus palabras. También aceptó la venta de fotografías.
—Siempre que salgan derechas —dijo—. Mi niña ya lleva veinte años cargando esa silla. No necesita aparecer torcida.
Después fui a buscar a Esteban.
—Quiero que escuche nuestra propuesta —le dije.
Él dejó una cinta de medir sobre una mesa.
—La escucho.
Le pedí un plazo de dos semanas. Le hablé de las fotografías.
—Buscaremos a alguien que prepare un presupuesto para otra entrada —añadí.
—No puedo pagar dos semanas de renta sin trabajar —respondió.
—¿Podría trabajar en el patio mientras tanto?
Miró hacia la puerta.
—Algunas cosas, sí. Pero necesito apoyo de verdad, no solo gente que diga que la pared es bonita.
—Quizá los vecinos puedan echar una mano.
—Si vienen y ofrecen algo concreto, lo pensaré.
Regresé al periódico y se lo conté a Julia. Añadió al artículo una invitación para acudir a la escuela el viernes al amanecer. Luego lo mandó a la imprenta.
Aquella noche, las máquinas llenaban el edificio de ruido. Yo esperaba junto a la puerta cuando, de pronto, se hizo el silencio.
Un hombre salió con las manos negras de tinta.
—Una pieza se ha soltado. Hay que ajustarla.
Miré el reloj.
—¿Tardarán mucho?
—Tardaremos menos si nos deja trabajar.
Julia me llevó una taza de café.
—¿Cree que va a valer la pena? —pregunté.
—Espero que sí. Pero primero bebe.
Cuando la imprenta volvió a funcionar, ya casi amanecía.
En cuanto salieron los primeros ejemplares, tomé varios y corrí hacia la escuela. Las banquetas estaban mojadas y un autobús pasó levantando agua.
Esteban esperaba con dos trabajadores. Le entregué un ejemplar.
—Espero que vengan —dije.
Nadie respondió. Desde el patio llegó el ruido de las llaves de Mateo. Apreté los periódicos contra el pecho.
Esteban miró el reloj. Entonces llamaron a la puerta: primero una persona, después otra, y otra más.